Marta Rivera de laCruz - En tiempo de prodigios

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En tiempo de prodigios: краткое содержание, описание и аннотация

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La novela finalista del Premio Planeta 2006 Cecilia es la única persona que visita a Silvio, el abuelo de su amiga del alma, un hombre que guarda celosamente el misterio de una vida de leyenda que nunca ha querido compartir con nadie. A través de una caja con fotografías, Silvio va dando a conocer a Cecilia su fascinante historia junto a Zachary West, un extravagante norteamericano cuya llegada a Ribanova cambió el destino de quienes le trataron. Con West descubrirá todo el horror desencadenado por el ascenso del nazismo en Alemania y aprenderá el valor de sacrificar la propia vida por unos ideales. Cecilia, sumida en una profunda crisis personal tras perder a su madre y romper con su pareja, encontrará en Silvio un amigo y un aliado para reconstruir su vida.

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– ¿Qué tal unos martinis en el Algonquin? Sé que ha llegado hoy el suministro de ginebra.

– Papá, llevas sólo unas horas en Nueva York y ya tienes noticia del aprovisionamiento de los bares. ¿Cómo te apañas?

– Veinte años en el servicio secreto dan para mucho. ¿Has descansado, Silvio? Tienes mejor aspecto, esta mañana parecías un muerto en vida.

– Zachary… ¿sería posible renunciar a esa copa para dar una vuelta por la ciudad? No he podido ver nada… y la idea de sacudirme el estómago con una ginebra me pone los pelos de punta.

– La verdad es que los jóvenes de hoy estáis hechos de mantequilla. ¿Te ha contado que se mareó en el avión? Bueno, ahora hablaremos de eso. Tenemos un par de horas antes de la cena. Mary Jo y sus padres nos esperan a las ocho en el 21.

No puedo decirte la impresión que me causó aquel paseo por las calles de Manhattan, sombreadas por los edificios altísimos, como colosos desafiantes. Recuerdo las calles llenas de gente y de vida, el paso rápido de los neoyorquinos, los escaparates tentadores donde era imposible encontrar la sombra de la escasez en que vivía aún la vieja Europa. Hasta los bocinazos de los coches parecían cargados de energía. Pensé que en aquella metrópolis rutilante casi cualquier cosa podía ser posible, y también que debía de ser muy fácil acostumbrarse a vivir allí, como es fácil sucumbir al encanto de una mujer hermosa.

Llegamos al 21 un poco antes de la hora de la cita, y tomamos una copa en el bar mientras esperábamos a Mary Jo y a los suyos.

– Ah, ahí vienen. Puntuales, como siempre.

Tuve que hacer un esfuerzo supremo para disimular mi sorpresa. Delante de mí estaba una joven muy guapa, de largos cabellos cobrizos y ojos oscuros… y una piel blanca como la leche. Elijah me miraba, divertido y consciente de mi desconcierto. Había dado por hecho que la familia del rey de las mediasuelas era de raza negra…

– Mary Jo, éste es Silvio.

– Menos mal que has venido -dijo, mientras me estrechaba la mano-. Temía que Elijah se negara a casarse si no estabas tú también en la iglesia… Dice que eres como su hermano, así que supongo que tú y yo vamos a convertirnos en una especie de cuñados…

Mientras avanzábamos hacia la mesa, Elijah se dirigió a mí en un susurro.

– Dime la verdad, ¿qué posibilidades habría de que los padres de una chica blanca le permitieran casarse con un negro? ¿Una entre un millón? No me negarás que soy un tipo con mucha suerte.

En los días siguientes, la familia de Mary Jo organizó toda una batería de actividades sociales en mi honor y en el de otros parientes desplazados a Nueva York para asistir a la boda. El tiempo se nos iba en cenas, tés danzantes y picnics en Central Park con canapés de salmón ahumado y champán servido en copas de cristal. Los Connors componían un nutrido y aristocrático clan extendido por ambas costas estadounidenses, aunque, tal como me había advertido Mary Jo, los Connors del sur poco o nada tenían que ver con los Connors de Pennsylvania, Maryland o Massachusetts. Era divertido observarles a todos juntos pues, a pesar del tiempo transcurrido desde que el primero de ellos se bajara del Mayflower , todos conservaban un inequívoco aire de familia en el particular color del cabello y el aire de languidez en las maneras aprendidas en alguna escuela privada.

No todos los parientes de Mary Jo habían recibido a su prometido negro con la misma franca calidez con que lo habían hecho el magnate del calzado y su jovial esposa. En aquellos días, aguzando el oído pude escuchar comentarios despectivos venidos de primos y tíos más o menos lejanos. Elijah era consciente de la situación, pero no le quitaba el sueño.

– Supongo que no se puede esperar otra cosa. Me imagino lo que dicen: «Debe de ser muy decepcionante para Jack y Eunice: tienen una sola hija, la envían a un internado suizo y luego a Vasaar… y resulta que la chica termina casada con un salvaje.» La verdad es que no pienso mucho en ello. He encontrado a tanta gente para la que mi color de piel era un motivo de disgusto, que me he acostumbrado. Incluso en Harvard tuve problemas por ser negro…

La intensa vida social de los días previos a la ceremonia no nos había dejado a Elijah y a mí muchos momentos para hablar sin testigos. Él no había vuelto a mencionar a Ithzak, pero yo no podía quitarme de la cabeza nuestra conversación del primer día. Y cuantas más vueltas daba a las sospechas de Elijah, más visos de realidad encontraba en ellas. La certeza de que nuestro amigo había conseguido salvarse del traslado al gueto y de las deportaciones era vagamente tranquilizadora pero, en mi fuero interno, me parecía detestable la idea de que Ithzak hubiese sido capaz de trapichear con los nazis. Claro que, ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Entrar en el gueto como una oveja camino del matadero? ¿Malvivir allí en unas condiciones miserables y completamente solo? Si alguien, quienquiera que fuese, había ofrecido a mi amigo una sola oportunidad de salvación, hizo bien en aceptarla. Cuando llegué a esa conclusión, me avergonzó un poco haber tenido la osadía de juzgar el comportamiento del joven Sezsmann. Había hecho lo correcto, aquello a lo que todos estamos obligados: sobrevivir. En Polonia y en 1940, un muchacho judío no podía aspirar a mucho más.

Hannah Bilak llegó a Nueva York cuatro días antes de la boda, con el tiempo de asistir a una cena de gala en el hotel Plaza, a un té de damas en la residencia de los Connors y al baile que se celebraría la noche previa a los esponsales. El programa era tan apretado que temí no tener tiempo para hablar con ella, pero Elijah me tranquilizó.

– No te preocupes, he organizado las cosas para que Hannah sea tu pareja en todas las fiestas. No creas que ha sido fácil: las primas de Mary Jo estaban deseando que las acompañase un joven y apasionado español.

– No soy muy buen partido…

– Ya, pero ellas sí. Y estos americanos ricos encuentran distinguido todo aquello que viene de Europa.

Hannah iba a alojarse en casa de una tía de Mary Jo, una anciana viuda que vivía en la avenida Madison. Nos encontraríamos un poco antes de la cena para tener oportunidad de charlar a solas. Confieso que dormí mal la noche previa al reencuentro, y me desperté malhumorado y sin poder entender qué era lo que me ponía nervioso. Hannah y yo sólo habíamos pasado juntos cuatro semanas hacía once años, y en aquel tiempo los dos éramos unos niños que sólo podíamos hablar por señas. ¿Qué era entonces lo que me inquietaba? ¿Algún presagio inexplicable? ¿La intuición de que había cosas a las que debía tener miedo?

Volví a ver a Hannah Bilak en el vestíbulo del hotel Plaza, la tarde del 10 de abril de 1946. Llegó del brazo de Zachary West, que había ido a recogerla a la casa donde se alojaba, y no sé por qué pedí a la suerte que me permitiese poder observarla durante unos segundos sin que ella me viera. Hannah ya no era la niña que había conocido en Varsovia, sino una mujer espléndida que atraía las miradas de todos los hombres presentes. Llevaba un vestido de fiesta de color verde agua y el pelo recogido, y no lucía más joyas que unos sencillos pendientes de oro. Hannah avanzó hacia nosotros indiferente a la expectación que había despertado su entrada, y me di cuenta de que al caminar se aferraba al brazo de Zachary West. Como yo, ella también estaba asustada.

– Silvio…

Los ojos grises se le empañaron, y yo no supe qué hacer, salvo estrechar la mano que me ofrecía y mirarla, once años después de que nos despidiésemos, en aquella estación de tren en Varsovia. Busqué en Hannah algunos rasgos que me recordasen a la niña que había sido, y descubrí que seguía teniendo la misma piel que entonces, y conservaba un aliento adolescente en la sonrisa tímida. Pero eran detalles menores, porque en realidad Hannah había cambiado: en toda ella se había obrado una metamorfosis fabulosa de la que pensé que deberían haberme advertido, porque ahora me costaba disimular la sorpresa. Mirándola recordé a su madre, y el corazón se me alborotó al darme cuenta del asombroso parecido entre Edith Griessmer y su hija, que, supuse, iría intensificándose con el paso de la edad.

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