– Mi esposa es la secretaria de la sociedad histórica local -explicó Henry, con un dejo de disculpa filtrándose en su voz.
– He publicado una serie de pequeños folletos sobre la zona. Casi todos sobre historias de familias locales, sitios de importancia, grandes casas. El más reciente es sobre el contrabando. Estamos a punto de publicar todos los artículos en una página de Internet.
– Se ha propuesto tomar el té en todas las grandes casas del condado.
– Sin embargo, he vivido en este pueblo toda mi vida y nunca he puesto siquiera un pie en este viejo lugar. -Robyn sonrió de modo que le brillaron las mejillas-. No me avergüenza decírselo, tengo más curiosidad que un gato.
– Jamás lo habríamos sospechado, querida -dijo cansadamente Henry, indicando la colina-. Tenemos que continuar a pie de aquí en adelante, el camino ya no sigue más allá.
Robyn abrió la marcha, caminando decidida por el estrecho sendero entre los pastos. Al ascender, Cassandra comenzó a observar a los pájaros. Cientos de pequeñas golondrinas marrones, llamándose unas a otras mientras pasaban de una rama espinosa a otra. Tuvo la extraña sensación de ser observada, como si los pájaros se empujaran para echarles un ojo a los intrusos humanos. Tembló levemente, y luego se reprendió por actuar de modo infantil, inventando misterios donde sólo había un ambiente peculiar.
– Fue mi padre quien se encargó de la venta a su abuela -dijo Henry, acortando sus largos pasos para caminar detrás de Cassandra-. En el setenta y cinco. Yo había comenzado en el negocio, como escribano, pero me acuerdo de la venta.
– Todos recuerdan la venta -añadió Robyn-. Fue la última parte de la propiedad que se vendió. Había gente que juraba que la cabaña nunca se vendería.
Cassandra miró hacia el mar.
– ¿Por qué? La casa ha de haber contado con una bella vista.
Henry miró a Robyn, que había detenido su marcha para recobrar el aliento, una mano sobre el pecho.
– Bueno, eso es bien cierto -contestó-, pero…
– Corrían algunos chismes por el pueblo -dijo Robyn entre jadeos-. Rumores y cosas así… sobre el pasado.
– ¿Qué clase de cosas?
– Rumores absurdos -señaló Henry con firmeza-, cosas sin sentido, de esas que se dan en cualquier pueblecito inglés.
– Se decía que estaba encantada -continuó Robyn, en voz baja.
Henry rió.
– Encuéntrame una casa en Cornualles que no lo esté.
Robyn hizo un gesto con sus pálidos ojos azules.
– Mi esposo es un pragmático.
– Y mi esposa una romántica -respondió Henry-. La Cabaña del Acantilado es de piedra y mortero, al igual que todas las casas de Tregenna. No está más encantada que yo.
– Y tú te dices hombre de Cornualles. -Robyn se acomodó un mechón de cabellos detrás de la oreja y miró a Cassandra con ojos entornados-. ¿Cree en fantasmas, Cassandra?
– Me parece que no. -Cassandra pensó en la extraña sensación que le habían producido los pájaros-. Al menos no en los que se presentan haciendo ruido por las noches.
– Entonces es una muchacha sensata -dijo Henry-. Lo único que ha entrado y salido de la Cabaña del Acantilado en los últimos treinta años es algún gracioso de la zona que ocasionalmente quiere darle un susto a sus amigos. -Henry sacó un pañuelo con sus iniciales bordadas del bolsillo de su pantalón, lo dobló por la mitad y se secó la frente-. Vamos, querida Robyn. Estaremos todo el día si no seguimos y el sol está que arde. Esta semana tenemos los coletazos del verano.
La pronunciada pendiente y el angosto sendero hacían que cualquier conversación resultara dificultosa, y caminaron los últimos metros en silencio. Ralos pastos pálidos brillaban trémulos mientras el viento susurraba suavemente entre ellos.
Por fin, después de pasar a través de una desordenada maraña de setos, llegaron a un muro de piedra. Tenía al menos tres metros de altura, y resultaba fuera de lugar después de la caminata sin haber visto una sola cosa hecha por la mano del hombre. Un arco de hierro flanqueaba la puerta de la entrada, los fibrosos zarcillos de una enredadera se habían enroscado en ella, calcificándose con el paso del tiempo. Un cartel que en su día debió de haber estado adherido a la verja colgaba ahora de una esquina. Líquenes verde pálido y marrón habían crecido como costras en su superficie, llenando las curvas hendiduras de las letras. Cassandra inclinó la cabeza para leer las palabras: «Manténgase alejado o aténgase a las consecuencias».
– Este muro es un añadido relativamente reciente -indicó Robyn.
– Cuando dice reciente, mi esposa se refiere a que tiene sólo cien años de antigüedad. La cabaña debe de tener tres veces esa edad. -Henry se aclaró la garganta-. Ahora, se dará cuenta de que este viejo lugar está necesitado de arreglos.
– Tengo una fotografía -dijo Cassandra sacándola de su bolso.
Henry enarcó las cejas mientras la examinaba.
– Diría que fue tomada antes de la venta. Ha cambiado bastante desde entonces. No ha sido muy cuidada, como verá. -Extendió el brazo izquierdo para abrir la verja de hierro e hizo una señal con la cabeza-. ¿Entramos?
Un sendero de piedra llevaba a la casa bajo un emparrado de viejos rosales con ramas artríticas. La temperatura descendió al pasar al jardín. La impresión general era de oscuridad y abatimiento. Y quietud, una extraña quietud. Incluso el ruido del mar parecía apagado. Era como si la tierra dentro de los confines del muro de piedra estuviera dormida. Esperando algo, o a alguien, que la despertara.
– Cabaña del Acantilado -anunció Henry, al llegar al final del sendero.
Los ojos de Cassandra se abrieron como platos. Ante ella había una enorme maraña de arbustos, gruesos y nudosos. Hojas de hiedra, verde oscuro de bordes angulosos, colgaban de todas partes, extendiéndose por delante de los espacios donde debían de estar las ventanas. Si no hubiera sabido que el edificio estaba allí se habría visto en dificultades para distinguirlo bajo las enredaderas.
Henry tosió; las disculpas enrojecieron una vez más su rostro.
– Sin duda ha sido abandonada a su suerte.
– Nada que una buena limpieza no pueda arreglar -dijo Robyn, con forzado optimismo, capaz de reflotar barcos hundidos-. No hay por qué desesperar. ¿Han visto lo que hacen en esos nuevos programas de la televisión? ¿Les llegan a Australia?
Cassandra asintió distraída, intentando distinguir el tejado.
– Dejaré que usted tenga el honor -ofreció Henry, buscando la llave en su bolsillo.
Era sorprendentemente pesada, larga y con un remate decorado, unos bucles de bronce con un bello diseño. Mientras la tomaba, Cassandra sintió un destello de reconocimiento. Ya había sostenido una llave como ésa. ¿Cuándo?, se preguntó. ¿En el stand de anticuario? La imagen era poderosa, pero el recuerdo no se aclaraba.
Cassandra avanzó hasta el umbral de piedra de la puerta. Podía distinguir la cerradura, a pesar de la telaraña de hiedras adherida a la puerta.
– Con esto conseguiremos nuestro objetivo -indicó Robyn, sacando unas tijeras de podar de su bolso-. No me mires así, querido -le dijo a Henry cuando éste enarcó una ceja-. Soy una muchacha de campo, siempre estoy preparada.
Cassandra tomó la herramienta y cortó los tallos, uno por uno. Cuando todos colgaron, desprendidos, hizo una momentánea pausa y pasó suavemente la mano sobre la madera quemada por la sal. Una parte de ella no quería avanzar, satisfecha con quedarse en el umbral del conocimiento, pero cuando miró sobre su hombro tanto Henry como Robyn asintieron, alentándola. Empujó la llave en la cerradura con ambas manos y la hizo girar.
El olor fue lo primero que le impactó, húmedo y fértil, rico en estiércol de animales. Como las selvas tropicales en Australia, cuyas frondas ocultaban un mundo diferente de húmeda fertilidad. Un ecosistema cerrado, alerta ante los desconocidos.
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