Kate Morton - El jardín olvidado

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Una niña desaparecida en el siglo XX…
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– Buenos días, señorita -dijo-. Mi nombre es Mary y le he traído algo de desayuno. La señora Hopkins dijo que podía tomarlo en su cuarto, hoy, en consideración al largo viaje que ha hecho.

Eliza se apresuró a sentarse frente a la pequeña mesa. Sus ojos se desorbitaron cuando vio el contenido de la bandeja: panecillos calientes, untados con manteca derretida, tarrinas blancas llenas hasta el borde con más mermeladas de las que hubiera visto nunca, un par de arenques, una montaña de huevos revueltos, y una salchicha gorda y reluciente. Su corazón cantó de placer.

– Fue toda una tormenta la que trajo consigo ayer noche -dijo Mary, corriendo las cortinas-. Yo casi no llego a casa. ¡Por un momento creí que tendría que pasar aquí la noche!

Eliza tragó un trozo de pan.

– ¿No vives aquí?

Mary rió.

– De ninguna manera. Puede que esté bien para el resto, pero yo no querría vivir aquí. -Lanzó una mirada a Eliza, mientras sus mejillas enrojecían-. Es decir, vivo en el pueblo. Con madre, padre, mis hermanos y mi hermana.

– ¿Tienes hermanos? -Eliza pensó en el vacío que Sammy había dejado en su interior.

– Ah, sí, tengo tres. Dos mayores, y uno menor, aunque Patrick, el mayor, ya no vive con nosotros en casa. Sigue trabajando en los barcos pesqueros con padre, eso sí. Él, Will y padre salen todos los días, sin importar el tiempo. El menor, Roly, sólo tiene tres años, se queda en casa con mi madre y la pequeña May. -Acomodó los almohadones del asiento de la ventana-. Los Martin siempre hemos trabajado en el mar. Mi bisabuelo fue uno de los piratas de Tregenna.

– ¿Los qué?

– Los piratas de Tregenna -dijo Mary abriendo con incredulidad sus ojos-. ¿No ha oído hablar de ellos?

Eliza negó con la cabeza.

– Los piratas de Tregenna eran los más temibles que pudieras encontrar. En esa época reinaban en los mares, trayendo whisky y pimienta cuando los comercios no podían conseguirlos de otro modo. Sólo les robaban a los ricos, por supuesto. Igual que ése, ¿cómo se llamaba?, pero en el océano, no en el bosque. Hay rutas que serpentean por estas colinas y una o dos que llegan hasta el mar.

– ¿Dónde está el mar, Mary? -preguntó Eliza-. ¿Queda cerca?

Mary la volvió a mirar extrañada.

– ¡Pues claro, preciosa! ¿No lo oye?

Eliza hizo una pausa y escuchó. ¿Podía oír el mar?

– Escuche-dijo Mary- .Splash… splash… splash… Eso es el mar. Inspirando y espirando como siempre. ¿De veras no puede oírlo?

– Lo estaba oyendo -respondió Eliza-, sólo que no sabía que era el mar.

– ¿No sabía que era el mar? -preguntó Mary sonriendo-, ¿Y qué pensaba que era?

– Pensé que era un tren.

– ¡Un tren! -Mary irrumpió en risas-. Entonces usted es como un billete. La estación queda lejos de aquí. Pensar que el mal era un tren… Espere a que se lo diga a mis hermanos.

Eliza pensó en las pocas historias que Madre le había contado sobre la arena y los cantos rodados, y el viento que olía a sal.

– ¿Puedo ir a ver el mar, Mary?

– Supongo que sí. Con tal de que regrese cuando el cocinero toque la campana del almuerzo… Milady ha salido de visita esta mañana, así que no estará aquí para darse cuenta. -Una sombra cubrid el rostro alegre de Mary al mencionarla-. Pero tiene que regresar antes de que lo haga ella, ¿me oye? Está acostumbrada a imponer reglas y órdenes, y no a que la desobedezcan.

– ¿Cómo llego hasta allí?

Mary hizo señas a Eliza para que se acercara a la ventana.

– Acérquese y se lo mostraré, preciosa.

* * *

Allí el aire era diferente, así como el cielo. Parecía más brillante y más lejano. No como el manto gris que pendía bajo sobre Londres, amenazando, siempre amenazando con cubrirla. Este cielo era elevado por las brisas marinas, como una gran sábana blanca un día de colada, con el aire atrapado por debajo, henchida cada vez más y más alto.

Eliza se quedó de pie al borde del acantilado, mirando más allá de la pequeña bahía, hacia el mar azul profundo. El mismo mar poi el que su padre había navegado, la playa que su madre había conocido de pequeña.

La tormenta de la noche anterior había dejado maderos desparramados sobre la pálida orilla. Elegantes ramas blancas, retorcidas y pulidas por el tiempo, emergían entre los guijarros como los cuernos de alguna enorme bestia fantasmal.

Eliza podía sentir el sabor de la sal en el aire, tal como Madre siempre había dicho. Más allá de los límites de la extraña casa se sintió de pronto liviana y libre. Respiró hondo y comenzó a descender los escalones de madera, apurándose más y más, ansiosa por llegar abajo.

Una vez que llegó a la orilla, se sentó sobre una roca pulida y se quitó las botas, los dedos enredándosele intentando completar la labor. Se arremangó los pantalones de Sammy sobre las rodillas, después se acercó hacia el borde del agua. Sintió las piedras, tanto suaves como ásperas, tibias bajo sus pies. Se detuvo por un momento, observando la inmensa masa azul que se alzaba y bajaba, se alzaba y bajaba.

Después, con una profunda y salada inhalación, dio un salto hacia delante de modo que sus dedos, sus talones, sus rodillas, se mojaron. Corrió por la orilla, riendo ante las frías burbujas entre sus dedos, tomando las conchas que le gustaban, y un pedazo de algo con forma de estrella.

Era una pequeña bahía con una profunda curva y no le llevó mucho recorrer toda su costa. Cuando llegó al final, la proximidad agregó una tercera dimensión a lo que había parecido, a la distancia, una simple mancha oscura. Un enorme risco se adelantaba al acantilado adentrándose en el mar. Tenía la forma de una furiosa bocanada de humo negro que hubiera quedado congelada en el tiempo, condenada a una eterna solidez, sin ser parte ni de la tierra, ni del mar, ni del aire.

La negra roca era resbaladiza, pero Eliza encontró un escalón en su borde, lo suficientemente profundo para ponerse de pie en él. Buscó esquinas en donde apoyarse y fue trepando por el costado de la roca, sin detenerse hasta llegar a su cima. Estaba tan alto que no podía mirar hacia abajo sin sentir que se le llenaba la cabeza de burbujas. Gateando, fue avanzando. La roca se volvió más y más angosta, hasta que por fin llegó hasta su extremo. Se sentó en el puño alzado de la roca, y rió, sin aliento.

Era como estar en lo más alto de una gran nave. Debajo de ella, la blanca espuma de las olas batallando; ante ella, el mar abierto. El sol había enviado cientos de luces para que brillaran sobre su superficie, alzándose y agitándose con la brisa, hasta el limpio y continuo horizonte. Directamente al frente, sabía que estaba Francia. Más allá de Europa, estaba el Oriente: India, Egipto, Persia y otros lugares exóticos que había escuchado de los labios de los marineros del Támesis. Más allá todavía el Lejano Oriente, al otro lado de la tierra. Mirando el vasto océano, la parpadeante luz del sol, pensando en las tierras lejanas, Eliza se vio envuelta en un sentimiento completamente distinto a cualquiera que hubiera experimentado antes. Una tibieza, un atisbo de posibilidad, una ausencia de recelo…

Se inclinó hacia delante y entrecerró los ojos. El horizonte ya no era continuo. Algo había aparecido: un gran barco negro con las velas tendidas, balanceándose en la línea en la que el mar se encontraba con el cielo, como si estuviera a punto de caer por el borde del mundo. Eliza parpadeó y, cuando sus ojos se abrieron nuevamente, el barco ya no estaba. Había desaparecido; en la distancia, supuso. Con qué rapidez deben de moverse los barcos en mar abierto, qué fuerte sopla el viento las blancas velas. Ése era el tipo de barco en que su padre habría navegado, pensó.

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