Kate Morton - El jardín olvidado

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Permitió que su atención se dirigiera a lo alto. Una gaviota volaba en círculos sobre ella, chillando, camuflada contra el blanco cielo. Siguió su vuelo hasta que algo en la cima del acantilado llamó su atención. Había una cabaña, casi escondida entre los árboles. Podía entrever su techo y una graciosa ventanita que se asomaba en lo alto. Se preguntó cómo sería vivir en semejante lugar, justo al borde del mundo. ¿Parecería como si una estuviera siempre a punto de caer y deslizarse hacia el océano?

Eliza miró con atención, mientras el agua fría le salpicaba el rostro. Miró hacia abajo, hacia el mar turbulento. Estaba subiendo la marea, el agua se elevaba con rapidez. El escalón por el que había subido al principio se hallaba ahora bajo el agua.

Reptó de vuelta por el borde de la roca y descendió con cuidado, manteniéndose sobre el pico más pronunciado, para poder aferrarse a sus bordes irregulares.

Cuando estuvo casi a nivel del agua hizo una pausa. Desde ese ángulo podía ver que la roca no era sólida. Era como si alguien hubiera excavado un gran agujero.

Una cueva, eso es lo que era. Eliza pensó en los piratas de Tregenna de Mary, sus túneles. Eso es lo que era esa caverna, estaba segura de ello. ¿No había dicho Mary que los piratas solían transportar su botín a través de una serie de cuevas que se encontraban por los acantilados?

Eliza se arrastró hasta el frente de la roca y se subió a la plataforma. Dio unos pasos hacia su interior: estaba oscuro y húmedo.

– ¿Hola-a-a-a-a? -llamó. Su voz se repitió en agradable eco, golpeando contra los muros antes de diluirse en la nada.

No alcanzaba a ver más allá, pero sintió un temblor de excitación. Su propia cueva. Regresaría pronto, decidió, con una lámpara, para poder ver qué había dentro.

Se oyó un ruido como un golpe, distante pero acercándose. Rata-tan, rata-tan, rata-tan…

El primer pensamiento de Eliza fue que provenía del interior de la cueva. El miedo le pegó los pies al suelo, mientras se preguntaba qué tipo de monstruo marino se acercaba hacia ella.

Rata-tan, rata-tan, rata-tan… Ahora más fuerte.

Retrocedió lentamente, comenzó a dirigirse hacia el borde de la roca.

Entonces, avanzando por el borde del acantilado, vio un par de brillantes caballos negros arrastrando un carruaje. No era un monstruo marino, después de todo, sino Newton y su carruaje en el camino del acantilado, el sonido amplificado mientras rebotaba en las paredes de piedra de la cueva.

Recordó la advertencia de Mary. La tía había salido por la mañana pero se la esperaba para el almuerzo; Eliza no debía retrasarse.

Descendió a gatas el risco, y bajó de un salto a la playa cubierta de guijarros. Corrió por la orilla y luego por la playa. Se calzó los botines y subió la escalera. Los extremos de sus pantalones estaban mojados, y el dobladillo golpeaba pesadamente contra sus tobillos mientras volvía sobre sus pasos por el sinuoso sendero entre los árboles. El sol había avanzado desde que llegara a la pequeña bahía, y ahora el sendero estaba en penumbra y fresco. Era como estar en una madriguera, una madriguera secreta, hecha de espinos, hogar de hadas, duendes y elfos. Estaban escondidos, observándola mientras avanzaba de puntillas por su mundo. Examinó la vegetación mientras avanzaba, intentando no parpadear, con la esperanza de cogerlos por sorpresa. Porque como todos saben, si un hada es observada, está obligada a conceder los deseos de quien la ha visto.

Escuchó un ruido y Eliza se quedó paralizada. Contuvo el aliento. En el claro frente a ella había un hombre, un hombre real. Aquel de barba negra que había visto desde la ventana de su dormitorio esa mañana. Estaba sentado en un tronco, desenvolviendo un bulto envuelto en un paño a cuadros. En su interior, una porción generosa de pastel de carne.

Eliza se hizo a un lado del sendero y lo observó. Los extremos de unas delgadas ramitas desnudas apresaron las puntas de sus cortos cabellos mientras trepaba cauta por una rama baja, para observar mejor. El hombre tenía una carretilla a su lado, llena de tierra. O eso parecía. Eliza sabía que era un mero truco, que debajo de la tierra tenía ocultos sus tesoros. Porque él era un rey pirata, por supuesto. Uno de los piratas de Tregenna, o el fantasma de un pirata de Tregenna. El espíritu errante de un marino, a la espera de cobrarse venganza por la muerte de sus camaradas. Un fantasma con un asunto pendiente, esperando en su escondite para capturar niñitas que llevarle a su mujer para cocerlas en pasteles. Ése era el barco que había visto en el mar, el gran barco negro que había desaparecido en un abrir y cerrar de ojos. Era un barco fantasma, y él…

La rama a la que se había encaramado se quebró y Eliza cayó al suelo, aterrizando en una pila de hojas húmedas.

El hombre barbudo apenas si movió un músculo. Su ojo derecho pareció moverse levemente en dirección a Eliza, mientras continuaba masticando su pastel.

La niña se puso en pie, se frotó la rodilla, luego se enderezó. Se quitó una hoja seca de los cabellos.

– Usted es la nueva señorita -dijo el hombre lentamente, masticando el pastel que ahora era una pasta en su boca-. Oí hablar de su llegada. Aunque, si no se molesta de que lo diga, no se parece mucho a una señorita, con esas ropas de varón y los cabellos tan enredados.

– Llegué anoche. Traje la tormenta conmigo.

– No es poco poder el que tiene, para ser tan poquita cosa.

– Con una voluntad fuerte, incluso los débiles pueden tener grandes poderes.

Enarcó una ceja gruesa como una oruga.

– ¿Quién le dijo «o?

– Mi madre.

Eliza recordó demasiado tarde que se suponía que no debía mencionar a su madre. Con el corazón palpitante, esperó a ver qué decía el hombre.

Él la miró, masticando lentamente.

– Me atrevería a decir que sabía de qué estaba hablando. Las madres tienden a tener razón en la mayoría de las cosas.

El cálido escozor del alivio.

– Mi madre murió.

– También la mía.

– Ahora vivo aquí.

Asintió.

– Diría que sí.

– Mi nombre es Eliza.

– Y el mío Davies.

– Tú eres muy viejo.

– Tan viejo como mi meñique y un poquito más viejo que mis dientes.

Eliza respiró hondo.

– ¿Eres un pirata?

Rió, un resoplido profundo como el humo de una chimenea sucia.

– Lamento decepcionarla, mi niña, soy jardinero, igual que mi padre antes que yo. El que cuida del laberinto, si vamos a entrar en detalles.

Eliza frunció la nariz.

– ¿Cuidador del laberinto?

– Mantengo el laberinto en condiciones. -Como el rostro de Eliza no dio señales de comprensión, Davies señaló los dos altos setos detrás de él flanqueados por una verja metálica-. Es como un puzle hecho con setos. El objetivo es encontrar el camino sin perderse.

¿Un puzle que pudiera contener a una persona? Eliza nunca había oído nada semejante.

– ¿Adónde conduce?

– Ah, va y vuelve. Si tienes suerte y vas por el sendero correcto, te encuentras al otro lado de la finca. Si no tienes tanta suerte -sus ojos se abrieron ominosos-, lo más seguro es que mueras de hambre antes de que alguien sepa que estás perdida. -Se inclinó hacia ella, bajando la voz-. Con frecuencia me encuentro los huesos de esas almas desafortunadas.

La excitación ahogó la voz de Eliza hasta volverla un susurro.

– ¿Y si lo atravieso? ¿Qué encontraré al otro lado?

– Otro jardín, un jardín especial, y una pequeña cabaña. Justo al borde del acantilado.

– He visto la cabaña. Desde la playa.

Asintió.

– Diría que la vio.

– ¿De quién es la cabaña? ¿Quién vive allí?

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