– ¿Cómo que artificial?
– Es una larga historia, ¿puede estudiar lo que hay dentro?
– Siempre y cuando consigamos penetrar la materia que lo envuelve. ¡Síganme! -dijo Poincarno, que miraba la canica, cada vez más intrigado.
El laboratorio estaba bañado en una penumbra rojiza. Poincarno encendió la luz, los neones del techo crepitaron. Se sentó en un taburete y colocó la canica entre los brazos de una minúscula tenaza. Con la hoja de un bisturí trató en vano de hender la superficie. Guardó la herramienta y la sustituyó por una punta de diamante que no pudo ni rayar siquiera la canica. Cambio de sala y de metodología; esta vez el doctor utilizó un láser para atacar la canica pero sin mejores resultados.
– Bueno -dijo-, ¡A grandes males, grandes remedios, síganme!
Pasamos a una cámara donde el doctor nos hizo vestir unos extraños monos. Tuvimos que cubrirnos de la cabeza a los pies con gafas, guantes y gorro; no asomaba un solo centímetro de piel.
– ¿Es que vamos a operar a alguien? -pregunté a través de la mascarilla.
– No, pero debemos evitar contaminar la muestra con la más mínima partícula de ADN ajeno al objeto que vamos a analizar, como podría ser el suyo, por ejemplo. Vamos a entrar en una cámara estéril.
Poincarno se sentó en un taburete ante un contenedor herméticamente cerrado. Colocó la canica en un primer compartimento que luego cerró. A continuación metió las manos en dos mangas de goma y maniobró desde el interior del compartimento para trasladar la esfera a la cámara del contenedor, después de limpiarla. La colocó sobre una peana y giró una pequeña válvula. Un líquido transparente invadió el compartimento.
– ¿Qué es eso? -quise saber.
– Nitrógeno líquido -contestó Keira.
– A una temperatura de menos 105,79 grados Celsius -añadió Poincarno-, La bajísima temperatura del nitrógeno líquido impide el funcionamiento de las enzimas que pueden degradar el ADN, el ARN o las proteínas que se busca extraer. Los guantes que utilizo son aislantes específicos para evitar quemaduras. La superficie de la canica no debería tardar en agrietarse.
Pero por desgracia no fue así. Poincarno, cada vez más intrigado, no tenía la más mínima intención de tirar la toalla.
– Voy a bajar radicalmente la temperatura utilizando helio 3. Este gas permite aproximarse al cero absoluto. Si su objeto resiste a este choque térmico, entonces renuncio, no me quedan más soluciones.
Poincarno hizo girar un pequeño grifo, pero no ocurrió nada aparente.
– El gas es invisible -nos dijo-. Esperemos unos segundos.
Walter, Keira y yo teníamos los ojos fijos en el cristal del contenedor y aguantábamos la respiración. Después de tantos esfuerzos, no podíamos resignarnos a permanecer impotentes ante la cáscara inexpugnable de un objeto tan pequeño. Pero, de pronto, un minúsculo impacto apareció en la pared translúcida. Una ínfima fractura agrietaba la canica. Poincarno acercó los ojos a las lentes del microscopio electrónico y manipuló una fina aguja.
– ¡Ya está, ya tengo la muestra! -exclamó, volviéndose hacia nosotros-. Vamos a poder realizar los análisis. Tardarán varias horas, los llamaré en cuanto tengamos resultados.
Lo dejamos en su laboratorio y volvimos a salir pasando por la cámara estéril, donde abandonamos nuestros monos y toda la demás parafernalia.
Le propuse a Keira que volviéramos a casa. Me recordó las advertencias de Ivory y me preguntó si me parecía prudente. Walter se ofreció a alojarnos, pero yo necesitaba una ducha y ponerme ropa limpia. Nos despedimos en la calle, Walter cogió el metro para ir a la Academia, y Keira y yo, un taxi en dirección a Cresswell Place.
La casa estaba llena de polvo, la nevera, tan vacía que había eco, y las sábanas del dormitorio, tal y como las habíamos dejado. Estábamos agotados y, tras tratar de poner un poco de orden, nos quedamos dormidos uno en brazos del otro.
El timbre del teléfono nos despertó, busqué el aparato a tientas y contesté a la llamada. Walter parecía agitadísimo.
– Pero bueno, ¿qué hacéis, dónde os habéis metido?
– Pues estábamos descansando, mira tú por dónde, nos has despertado. Estamos en paz.
– ¿Es que no habéis visto la hora que es? Llevo tres cuartos de hora esperándoos en el laboratorio, y os he llamado mil veces.
– No habré oído el móvil, ¿por qué tanta prisa?
– Pues no lo sé porque el doctor Poincarno se niega a decírmelo si no estáis vosotros presentes, pero me ha llamado a la Academia y me ha pedido que viniera al laboratorio urgentemente, así que vestíos y venid vosotros también.
Walter me colgó sin más explicaciones. Desperté a Keira y le dije que nos esperaban en el laboratorio y que era urgente. Se levantó de un salto, se vistió en un santiamén y ya me estaba esperando en la calle cuando yo aún seguía cerrando las ventanas de la casa. Eran alrededor de las siete de la tarde cuando llegamos a Hammersmith Grove. Poincarno recorría nervioso el vestíbulo desierto del laboratorio.
– Pues sí que han tardado -protestó entre dientes-, síganme hasta mi despacho, tenemos que hablar.
Nos indicó que nos sentáramos frente a una pared blanca, corrió las cortinas, apagó la luz y encendió un proyector.
La primera diapositiva que nos enseñó parecía una colonia de arañas apiñadas en su tela.
– Lo que he visto es totalmente absurdo y necesito saber si todo esto es una estafa de proporciones gigantescas o una broma de mal gusto. Esta mañana he aceptado recibirlos por sus méritos profesionales y por las recomendaciones de la Real Academia de las Ciencias, pero esto supera todos los límites, y no pienso poner en juego mi reputación por otorgar credibilidad ninguna a dos impostores que me hacen perder el tiempo.
A Keira y a mí nos costaba comprender la vehemencia de Poincarno.
– ¿Qué ha descubierto? -preguntó Keira.
– Antes de contestarle, dígame dónde encontró esta canica de resina y en qué circunstancias.
– En el fondo de una sepultura situada al norte del valle del Omo. Descansaba sobre el esternón de un esqueleto humano fosilizado.
– ¡Imposible, miente!
– Mire, doctor, yo tampoco quiero perder el tiempo, ¡si piensa que somos unos impostores, allá usted! Adrian es un astrofísico de reputación más que demostrada. En cuanto a mí, también tengo mis méritos, ¡así que haga el favor de decirnos de qué nos acusa!
– Señorita, podría tapizar las paredes de mi despacho con sus diplomas pero no le serviría de nada. ¿Qué ven en esta imagen? -dijo al mostrarnos otra diapositiva.
– Mitocondrias y filamentos de ADN.
– Sí, en efecto, de eso se trata exactamente.
– ¿Y dónde está el problema? -intervine yo.
– Hace veinte años logramos tomar una muestra y analizar el ADN de un gorgojo conservado en ámbar. El insecto venía del Líbano, había sido descubierto entre Jezzine y Dar el-Beida, donde había quedado atrapado en resina. La pasta, convertida en piedra, había conservado su integridad. Ese insecto tenía ciento treinta millones de años. Se imaginan ustedes todo lo que nos enseñó ese hallazgo que constituye, hasta la fecha, el testimonio más antiguo de un organismo complejo vivo.
– Me alegro mucho por ustedes -dije-, pero ¿qué tiene eso que ver con nosotros?
– Adrian tiene razón -intervino Walter-, sigo sin ver dónde está el problema.
– El problema, señores -prosiguió secamente Poincarno-, es que el ADN que me han pedido que analice es tres veces más antiguo, o al menos eso es lo que nos indica la espectroscopia. ¡Según ésta, tendría incluso cuatrocientos millones de años!
– ¡Pero eso es un descubrimiento fantástico! -dije, dejándome llevar por el entusiasmo.
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