Marc Levy - La primera noche

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Los protagonistas de El primer día, Keira y Adrian, vuelven a verse las caras a la espera del final que se merecen.
La primera noche arranca con un rescate. Las investigaciones de Keira la han llevado hasta una lúgubre prisión china, de la que saldrá casi a hombros de su salvador Adrian. Sin embargo, esta no es una historia de príncipes y princesas al uso y la inquieta arqueóloga perseguirá cueste lo que cueste su objetivo: encontrar la civilización perdida. Londres y Amsterdam, pero también Rusia, Liberia y Grecia. El mundo se les queda pequeño a esta pareja de aventureros que, de nuevo, deberán enfrentarse a los conservadores de una intimidante sociedad secreta.

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– A no ser que ¿qué?

– A no ser que tu Eva muriera en la Tierra pero no naciera en ella…

– ¡Eso es impensable!

– Si Walter estuviera aquí se enfadaría contigo.

– Adrian, no me he tirado diez años de mi vida buscando el eslabón perdido para luego tener que explicarles a mis colegas que el primer ser humano vino de otro mundo.

– En este preciso momento, mientras hablo contigo, seis astronautas están encerrados en una cámara en algún lugar cerca de Moscú, preparándose para un viaje a Marte. No me invento nada. No es que vayan a enviar un cohete al espacio próximamente, hoy en día no se trata más que de un experimento organizado por la Agencia espacial europea y el Instituto ruso de investigaciones biomédicas, con el fin de analizar las capacidades del hombre para recorrer largas distancias en el espacio. Se prevé que este experimento, llamado Marte 500, concluya dentro de cuarenta años. Pero ¿qué son cuarenta años en la historia de la humanidad? Seis astronautas partirán hacia Marte en 2050 como lo hicieron, hace menos de cien años, los primeros hombres que pisaron la Luna. Ahora, imagínate el escenario siguiente: si uno de ellos muriera en Marte, según tú ¿qué harían los demás?

– ¡Se comerían su merienda!

– ¡Keira, por favor, tómate las cosas en serio un momento nada más!

– Lo siento, esto de estar encerrada me pone nerviosa.

– Razón de más para que me dejes distraerte un poco.

– No sé lo que harían los demás. Enterrarlo, supongo.

– ¡Exactamente! Dudo mucho que quisieran hacer el viaje de vuelta con un cuerpo en descomposición a bordo del cohete. De modo que lo entierran. Pero bajo el polvo de Marte encuentran hielo, como en el caso de las tumbas sumerias en la meseta de Man-Pupu-Nyor.

– No exactamente -corrigió Keira-, a ésos los inhumaron en tierra, pero hay muchas tumbas de hielo en Siberia.

– Entonces como en Siberia… Con la esperanza de que vuelva otra misión, nuestros astronautas entierran, junto con el cuerpo de su compañero, una baliza y una muestra de su sangre.

– ¿Por qué?

– Por dos razones distintas. Para poder localizar la sepultura, pese a las tormentas que pueden alterar el paisaje, y para poder identificar con certeza a aquel o aquella que allí descansa… Como hemos hecho nosotros. La tripulación se marcha a bordo de su cohete, como los astronautas que dieron los primeros pasos del hombre en la Luna. Lo que acabo de decirte no es nada científicamente extravagante, después de todo en un siglo sólo hemos aprendido a viajar más lejos en el espacio. Pero entre el primer vuelo de Ader, que recorrió varios metros por encima del suelo, y el primer paso de Amstrong en la Luna, sólo han transcurrido ochenta años. Los progresos técnicos, el conocimiento que habrá habido que adquirir para pasar de ese breve vuelo a la posibilidad de liberar un cohete de varias toneladas de la atracción terrestre son inimaginables. Bien, continúo: nuestra tripulación ha regresado a la Tierra, y su compañero descansa bajo el hielo de Marte. Al Universo le trae sin cuidado todo esto y su expansión prosigue, los planetas de nuestro sistema solar giran alrededor de su estrella, que los calienta y los calienta. Dentro de varios millones de años, lo cual no es mucho en la historia del Universo, Marte se calentará, y los hielos subterráneos se fundirán. Entonces, el cuerpo congelado de nuestro astronauta empezará a descomponerse. Dicen que bastan pocas semillas para dar origen a un bosque. Basta con que unos pocos fragmentos de ADN del cuerpo de tu Eva etíope se mezclaran con el agua cuando nuestro planeta salía de su era glaciar para que empezara el proceso de fertilización de la vida. El programa que contenía cada una de esas células bastaría para hacer el resto, y ya sólo serían necesarios varios centenares de millones de años más para que la evolución llegara a seres vivos tan complejos como la Eva que les dio origen… «La noche del uno custodia el origen.» Otros antes que nosotros comprendieron lo que acabo de decirte…

El neón del techo se apagó.

Estábamos sumidos en la oscuridad más total.

Tomé la mano de Keira.

– Estoy aquí, no tengas miedo, estamos juntos.

– ¿Crees en lo que acabas de contarme, Adrian?

– No lo sé, Keira. Si me preguntas si ese escenario es posible, mi respuesta es sí. ¿Me preguntas si es probable? Dadas las pruebas que hemos encontrado, la respuesta es por qué no. Como en toda búsqueda o en todo programa de investigación, hay que empezar por una hipótesis. Desde la Antigüedad, quienes hicieron los mayores descubrimientos fueron aquellos que tuvieron la humildad de considerar las cosas de otra manera. En el colegio, nuestro profesor de ciencias nos decía: Para descubrir, uno tiene que salir de su propio sistema. Desde dentro no se ve casi nada, en todo caso no se ve nada de lo que pasa fuera. Si fuéramos libres y publicáramos tales conclusiones respaldadas por las pruebas de que disponemos, suscitaríamos diferentes reacciones, tanto de interés como de incredulidad, por no hablar de la envidia, que llevaría a numerosos colegas a tildar nuestro trabajo de herejía. Y sin embargo, cuánta gente tiene fe, Keira, cuántos hombres creen en un Dios sin ninguna prueba de su existencia. Entre lo que nos han enseñado los fragmentos, los esqueletos descubiertos en Dipa y las extraordinarias revelaciones de estos análisis de ADN, tenemos derecho a hacernos todo tipo de preguntas sobre la manera en que apareció la vida en la Tierra.

– Tengo sed, Adrian.

– Yo también tengo sed.

– ¿Crees que van a dejarnos morir así?

– No lo sé, el tiempo empieza a hacérseme muy largo.

– Al parecer es horrible morir de sed, al cabo de un tiempo se te hincha la lengua y te asfixias.

– No pienses en eso.

– ¿Lamentas algo de lo que nos ha pasado?

– Estar encerrado aquí, sí, pero ni uno solo de los instantes que hemos vivido juntos.

– Al final sí que habré encontrado a la abuela de la humanidad -suspiró Keira.

– Puedes incluso decir que has encontrado a su tatarabuela, todavía no he tenido ocasión de felicitarte.

– Te quiero, Adrian.

Estreché a Keira entre mis brazos, busqué sus labios en la oscuridad y la besé. A medida que pasaban las horas, nuestras fuerzas mermaban.

– Walter estará preocupado.

– Está acostumbrado a vernos desaparecer.

– Nunca nos hemos marchado sin avisarlo.

– Esta vez a lo mejor se inquieta por nosotros.

– No será el único, nuestras investigaciones no serán vanas, lo sé -dijo Keira, con un hilo de voz-, Poincarno seguirá analizando el ADN y mi equipo se traerá de Etiopía el esqueleto de Eva.

– ¿De verdad quieres bautizarla con ese nombre?

– No, quería llamarla Jeanne. Walter ha guardado los fragmentos en un lugar seguro, el equipo de Virje estudiará la grabación. Ivory abrió una vía y nosotros la seguimos, pero otros continuarán sin nosotros. Tarde o temprano, juntos reunirán todas las piezas del puzle.

Keira calló.

– ¿No quieres decirme nada más?

– Estoy muy cansada, Adrian.

– No te duermas, aguanta.

– ¿Para qué?

Tenía razón, morir durmiendo sería una muerte más dulce.

El neón se encendió, no tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado desde que habíamos perdido el conocimiento. A mis ojos les costó acostumbrarse a la luz.

Ante la puerta había dos botellas de agua, chocolatinas y galletas.

Sacudí a Keira, le humedecí los labios y la acuné, suplicándole que abriera los ojos.

– ¿Has preparado el desayuno? -murmuró.

– Algo así, pero no bebas muy de prisa.

Una vez aplacada la sed, Keira se lanzó sobre el chocolate, y compartimos las galletas. Habíamos recuperado algo de fuerzas, y ella ya no estaba tan pálida.

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