Marc Levy - La primera noche

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Los protagonistas de El primer día, Keira y Adrian, vuelven a verse las caras a la espera del final que se merecen.
La primera noche arranca con un rescate. Las investigaciones de Keira la han llevado hasta una lúgubre prisión china, de la que saldrá casi a hombros de su salvador Adrian. Sin embargo, esta no es una historia de príncipes y princesas al uso y la inquieta arqueóloga perseguirá cueste lo que cueste su objetivo: encontrar la civilización perdida. Londres y Amsterdam, pero también Rusia, Liberia y Grecia. El mundo se les queda pequeño a esta pareja de aventureros que, de nuevo, deberán enfrentarse a los conservadores de una intimidante sociedad secreta.

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– ¿Quién es esa gente? -pregunté yo.

– No tengo tiempo de explicárselo, hay cosas más urgentes. En el cajoncito de mi secreter, cojan el otro texto, por favor.

Ivory se desplomó sobre la alfombra.

Keira echó mano al teléfono que había en la mesita baja y marcó el número de la ambulancia, pero Ivory tiró del cable y lo arrancó de la pared.

– ¡Márchense de aquí, se lo ruego!

Keira se arrodilló junto a él y le puso un cojín debajo de la cabeza.

– No vamos a dejarlo aquí solo de ninguna manera, ¿me ha oído?

– La adoro, es más cabezota que yo todavía. No tienen más que dejar la puerta abierta, llamen a una ambulancia cuando ya se hayan marchado. Dios mío, qué dolor -dijo, abrazándose el pecho-. Por favor, se lo suplico, prosigan con lo que yo ya no puedo hacer, están muy cerca de su objetivo.

– ¿Qué objetivo, Ivory?

– Querida, ha hecho el hallazgo más sensacional que se puede hacer; todos sus colegas la envidiarán por ello. Ha encontrado al hombre cero, al primero de nosotros, y esa canica con sangre que obra en su poder será la prueba que lo demostrará. Pero ya lo verá, si estoy en lo cierto, ésa no será la última sorpresa que encontrará. El segundo texto, en mi secreter. Adrian ya lo conoce, no lo olviden, al final los dos lo comprenderán todo.

Ivory perdió el conocimiento. Keira no siguió su último consejo; mientras yo rebuscaba en el secreter, llamó a una ambulancia con mi teléfono móvil.

Nada más salir del edificio, nos sentimos culpables.

– No deberíamos haberlo dejado solo.

– Pero si nos ha echado él…

– Para protegernos. Ven, volvamos.

A lo lejos sonó una sirena, conforme pasaban los segundos se oía más cerca.

– Por una vez, hagámosle caso -le dije a Keira-, vámonos corriendo de aquí.

Un taxi subía por el quai de Orleans, lo paré y le pedí al conductor que nos llevara a la estación del norte. Keira me miró extrañada. Le enseñé la hoja que había arrancado del bloc de notas que había encontrado en el vestíbulo del piso de Ivory justo antes de marcharnos. La dirección que nos había apuntado estaba en Londres, era la Sociedad Británica de Investigaciones Genéticas, sita en el número 10 de Hammersmith Grove.

Londres

Había avisado a Walter de nuestra llegada. Vino a buscarnos a la estación de Saint Paneras; nos esperaba al pie de las escaleras mecánicas, vestido con su gabardina y con las manos a la espalda.

– No pareces de muy buen humor -le dije al verlo.

– ¡He dormido mal por culpa de alguien que yo me sé!

– Siento mucho haberte despertado.

– No tenéis buena cara ninguno de los dos -nos dijo, mirándonos con atención.

– Hemos pasado la noche en el avión, y estas últimas semanas no hemos parado. Bueno, qué, ¿nos vamos? -dijo Keira.

– He encontrado la dirección que me pedisteis -dijo Walter mientras nos llevaba a la cola de los taxis-. Al menos no me habréis quitado el sueño en vano, espero que valga la pena.

– ¿Ya no tienes tu cochecito? -le pregunté al subir al black cab.

– Yo, a diferencia de otros, y no miro a nadie -contestó-, sigo los consejos de mis amigos. Lo he vendido y os tengo preparada una sorpresa, pero eso ya lo veremos más tarde. Al número 10 de Hammersmith Grove -le dijo al taxista-. Vamos a la Sociedad Británica de Investigaciones Genéticas, es el lugar que buscabais.

Decidí guardar la nota de Ivory en lo más hondo de mi bolsillo y no enseñársela nunca a Walter…

– ¿Y bien? -prosiguió-, ¿Puedo saber lo que vamos a hacer allí? ¿Una prueba de paternidad tal vez?

Keira le enseñó la canica y Walter la observó con atención.

– Un objeto muy bonito -dijo-, ¿y qué es eso rojo que hay en el centro?

– Sangre -contestó Keira.

– ¡Puaj, qué asco!

Walter nos había conseguido una cita con el doctor Poincarno, responsable de la unidad de paleo-ADN. La Real Academia de las Ciencias abría muchas puertas, por qué no aprovecharlo, nos dijo con un tono burlón.

– Me he permitido precisarle quiénes erais y a qué os dedicabais. Tranquilos, no le he dado muchos detalles sobre la naturaleza de vuestras investigaciones, pero para obtener una entrevista con tan poco tiempo, he tenido que revelar que acababais de regresar de Etiopía con algo extraordinario que analizar. ¡No podía decir más porque Adrian se ha cuidado muy mucho de contarme nada!

– Se estaban cerrando las puertas de nuestro avión, tenía muy poco tiempo, y además me dio la impresión de que te había despertado…

Walter me lanzó una mirada asesina.

– ¿Me vais a decir lo que habéis descubierto en África o pretendéis que me muera sin saberlo? Con todo lo que hago por vosotros, digo yo que tengo derecho a estar un poco informado, ¿no? Al fin y al cabo, soy algo más que un simple mensajero, chófer, cartero…

– Hemos encontrado un esqueleto increíble -le dijo Keira, dándole una palmadita cariñosa en la rodilla.

– ¿Y por eso estáis tan nerviosos? ¿Por un montón de huesos? En una vida anterior os debisteis de reencarnar en perros. De hecho, Adrian, ahora que lo pienso, tienes un poco pinta de buldog, ¿no te parece, Keira?

– ¿Y yo de qué, Walter, de caniche? -le preguntó ésta, amenazándolo con su periódico.

– ¡No me hagas decir lo que no he dicho!

El taxi aparcó delante de la Sociedad Británica de Investigaciones Genéticas. El edificio, muy lujoso, era de arquitectura moderna. Largos pasillos daban acceso a salas de análisis llenas a rebosar de material y equipamiento. Pipetas, centrifugadoras, microscopios electrónicos, cámaras de refrigeración, la lista parecía no tener fin. Alrededor de todos esos medios tan modernos, una multitud de investigadores con batas rojas trabajaba en medio de un silencio impresionante. Poincarno nos llevó a visitar el laboratorio para explicarnos su funcionamiento.

– Nuestras investigaciones tienen múltiples utilidades científicas. Como decía Aristóteles: «Está vivo lo que se alimenta, crece y perece por sí solo», pero podríamos matizar: «Está vivo lo que encierra en sí programas, una suerte de software informático.» Un organismo debe poder desarrollarse evitando el desorden y la anarquía, y para construir algo coherente hace falta un plan. ¿Dónde esconde la vida el suyo? En el ADN. Abran cualquier núcleo de célula, encontrarán filamentos de ADN que contienen toda la información genética de una especie en un inmenso mensaje cifrado. El ADN es el soporte de la herencia genética. A base de lanzar ambiciosas campañas de recogida de muestras de células de distintas poblaciones del planeta hemos establecido vínculos de parentesco insospechados y seguido el rastro, a través de las épocas, de las grandes migraciones de la humanidad. El estudio del ADN de miles de individuos nos ha ayudado a descifrar el proceso de la evolución al hilo de sus migraciones. El ADN transmite una información de generación en generación, el programa evoluciona y nos hace evolucionar con él. Todos descendemos de un ser único, ¿verdad? Llegar hasta él es descubrir el origen de la vida. Los esquimales están genéticamente emparentados con los pueblos del norte de Siberia. Así podemos enseñarles a unos y otros desde donde partieron sus tatarabuelos… Pero también estudiamos el ADN de insectos o de plantas. Hace poco sacamos información de las hojas de un magnolio que tenía veinte millones de años. Actualmente sabemos extraer ADN de allí donde nadie imaginaría que pueda quedar la más mínima pizquita.

Keira se sacó la canica del bolsillo y se la tendió a Poincarno.

– ¿Es ámbar? -preguntó éste.

– No creo, más bien una resina artificial.

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