– Aquí hay algo que no cuadra -dijo Álvaro-, nunca había visto unos huesos humanos fosilizados hasta este punto. No quiero hacerme el gracioso, pero este esqueleto está demasiado evolucionado para su edad…
Me incliné hacia Keira y la arrastré a unos pasos de los demás.
– ¿Crees que la promesa que te hice ha podido cumplirse y que estos huesos son tan viejos como pensamos?
– Todavía no tengo ni idea, parece tan improbable, y sin embargo… Sólo un análisis muy exhaustivo nos permitirá saber si ese sueño se ha hecho realidad. Pero puedo asegurarte que, si fuera el caso, se trataría del hallazgo más importante jamás hecho sobre la historia de la humanidad.
Keira volvió a la fosa junto a sus compañeros. Las excavaciones se interrumpieron al ponerse el sol y se reanudaron a la mañana siguiente, pero allí ya nadie pensaba en contar los días.
Todavía no habíamos visto lo mejor, pues el tercer día nos reveló una sorpresa aún mayor. Desde por la mañana, Keira trabajaba con una meticulosidad que desafiaba todo entendimiento. Milímetro a milímetro, manejando el pincel como una pintora puntillista, liberaba los huesos de su carcasa de tierra. De pronto, se detuvo en seco. Keira conocía esa ligera resistencia en la punta de la herramienta, no había que forzar, me explicó, sino rodear el relieve que se imponía, para ver qué forma tenía. Esta vez no conseguía identificar lo que se dibujaba bajo la fina brocha.
– Es muy raro -me dijo-, parece algo esférico, ¿será una rótula? Pero en medio del tórax es cuando menos extraño…
El calor era insoportable; de vez en cuando, una gota de sudor resbalaba por su frente y venía a mojar el polvo, y entonces la oía maldecir.
Álvaro había terminado su descanso y le propuso relevarla. Keira estaba agotada; le cedió el sitio suplicándole que continuara con mucha precaución.
– Ven -me dijo-, el río no está lejos; crucemos el sotobosque, necesito un baño.
Las orillas del Omo eran arenosas. Keira se desnudó y se zambulló en el agua sin esperarme; yo me quité la camisa y el pantalón y la seguí; dentro del agua, la abracé.
– El paisaje es bastante romántico, ideal para retozar un poco -me dijo-, y no creas que no me apetece, pero si sigues moviéndote así, no tardaremos en tener visita.
– ¿Qué clase de visita?
– Pues cocodrilos hambrientos. Ven, no hay que estar demasiado tiempo en el agua, sólo quería refrescarme un poco. Vamos a secarnos fuera y volvamos a las excavaciones.
Nunca he sabido si la historia de los cocodrilos era verdad o si se trataba de un pretexto que tuvo la delicadeza de inventarse para poder volver a ese trabajo que la obsesionaba más que cualquier otra cosa. Cuando volvimos junto a la fosa, Álvaro nos esperaba o, más bien, esperaba a Keira.
– ¿Qué estamos desenterrando? -le dijo en voz baja para que los demás no lo oyeran-, ¿Tienes la menor idea?
– ¿Por qué pones esa cara? Estás como preocupado.
– Por esto -contestó Álvaro, y le tendió lo que parecía una canica grande.
– ¿Esto es en lo que yo estaba trabajando antes de ir a bañarme? -le preguntó Keira.
– La he encontrado a diez centímetros de las primeras vértebras dorsales.
Keira cogió la canica y le quitó el polvo.
– Dame un poco de agua -dijo, intrigada.
Álvaro quitó el tapón de su cantimplora.
– Espera, aquí no, salgamos de la fosa.
– Nos va a ver todo el mundo… -susurró Álvaro.
Keira saltó fuera del agujero, escondiendo la canica en la palma de la mano. Álvaro la siguió.
– Echa el agua con cuidado -le dijo.
Nadie les prestaba atención. Desde lejos parecían dos compañeros de fatigas lavándose las manos.
Keira frotó con cuidado la canica, quitando los sedimentos que la cubrían.
– Otro poco más -le dijo a Álvaro.
– ¿Qué es esto? -preguntó el arqueólogo, tan perplejo como Keira.
– Bajemos otra vez.
Al amparo de miradas indiscretas, Keira limpió la superficie de la canica y la observó desde más cerca.
– Es translúcida -dijo-, hay algo dentro.
– ¡Déjame ver! -le suplicó Álvaro.
Cogió la canica entre el pulgar y el índice y la miró a contraluz.
– Así se ve mucho mejor -dijo-, parece como una resina. ¿Crees que era un pendiente o algo así? Estoy desconcertado, nunca había visto nada igual. Joder, Keira, ¿qué edad tiene nuestro esqueleto?
Keira recuperó el objeto e imitó el gesto de Álvaro para verlo mejor.
– Este objeto quizá pueda aportarnos la respuesta a tu pregunta -dijo, sonriendo a su compañero-. ¿Recuerdas el santuario de San Genaro, en Italia?
– Refréscame la memoria, anda -le pidió Álvaro.
– San Genaro era obispo de Benevento, murió como mártir en el año trescientos y pico, cerca de Pozzuoli, durante la gran persecución de Diocleciano. Te ahorro los detalles que alimentan la leyenda de este santo. El caso es que Genaro fue condenado a muerte por Timoteo, procónsul de Campania. Tras salir indemne de la hoguera y resistir a los leones, que no quisieron devorarlo, Genaro fue decapitado. El verdugo le cortó la cabeza y un dedo. Como mandaba la tradición en aquella época, una pariente recogió su sangre y llenó con ella las dos ampollas para los santos óleos con las que el santo había celebrado su última misa. El cuerpo de san Genaro se trasladó de sepultura muchas veces. Al principio del siglo IV, cuando la reliquia del santo llegó a Antignano, la pariente que había conservado las ampollas las acercó a los despojos del santo. La sangre seca que contenían se licuó. El fenómeno se reprodujo en 1492 cuando se trasladó el cuerpo al Duomo de san Genaro, la capilla dedicada a este santo. Desde entonces, la licuefacción de la sangre de san Genaro da pie, cada año, a la celebración de una ceremonia en presencia del arzobispo de Nápoles. Los napolitanos celebran el aniversario de su martirio en el mundo entero. La sangre seca preservada en dos ampollas herméticas se presenta ante miles de fieles, ésta se licúa y a veces hasta entra en ebullición.
– ¿Cómo sabes eso? -le pregunté a Keira.
– Mientras tú leías a Shakespeare, yo leía a Alejandro Dumas.
– Y, según tú, como en el caso de san Genaro, ¿esta canica translúcida que habéis encontrado en la fosa contiene la sangre de la persona que en ella descansa?
– Es posible que la materia roja solidificada que vemos en el interior de la canica sea sangre, y, de ser así, para nosotros también sería un milagro. Podríamos saberlo casi todo de la vida de este hombre, su edad y sus particularidades biológicas. Si podemos hacer hablar a su ADN, ya no tendrá secretos para nosotros. Ahora hay que llevar este objeto a un lugar seguro, y que un laboratorio especializado lo analice.
– ¿A quién piensas encargarle esa misión? -le pregunté.
Keira me miró con una intensidad que delataba sus intenciones.
– ¡No me iré sin ti! -contesté yo, sin darle tiempo siquiera a decir nada-. Ni hablar.
– Adrian, no puedo encargársela a Éric, y si abandono a mi equipo por segunda vez, no me lo perdonarán.
– ¡Me traen sin cuidado tus colegas, tus excavaciones, este esqueleto y hasta la maldita canica! ¡Si te ocurriera algo, yo tampoco me lo perdonaría! Incluso si se tratara del descubrimiento científico más importante del mundo, no me iré de aquí sin ti.
– ¡Adrian, por favor!
– Escúchame bien, Keira, lo que tengo que decirte es muy difícil para mí y no pienso repetirlo. He dedicado la mayor parte de mi vida a escrutar las galaxias, a buscar los rastros más ínfimos de los primeros instantes del Universo. Pensaba ser el mejor en mi campo, el más vanguardista, el más audaz; me creía imbatible, y estaba orgulloso de serlo. Cuando pensé haberte perdido, me pasaba las noches mirando el cielo, incapaz de recordar el nombre de una sola estrella. Me da igual la edad de este esqueleto, me trae sin cuidado lo que pueda decirnos sobre la especie humana; que tenga cien años o cuatrocientos millones de años me da completamente igual si tú ya no estás aquí.
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