Marc Levy - La primera noche

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Los protagonistas de El primer día, Keira y Adrian, vuelven a verse las caras a la espera del final que se merecen.
La primera noche arranca con un rescate. Las investigaciones de Keira la han llevado hasta una lúgubre prisión china, de la que saldrá casi a hombros de su salvador Adrian. Sin embargo, esta no es una historia de príncipes y princesas al uso y la inquieta arqueóloga perseguirá cueste lo que cueste su objetivo: encontrar la civilización perdida. Londres y Amsterdam, pero también Rusia, Liberia y Grecia. El mundo se les queda pequeño a esta pareja de aventureros que, de nuevo, deberán enfrentarse a los conservadores de una intimidante sociedad secreta.

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– ¿Y qué tenemos que ver nosotros con el gobierno italiano? -preguntó Keira, estupefacta.

– Yo eso no lo sé, señorita, ni me importa; recibimos instrucciones anoche y no sabemos más que lo que acabamos de decirle.

– ¿Habéis hecho alguna tontería en Italia? -nos preguntó Éric, volviéndose hacia nosotros.

– ¡Pero si ni siquiera hemos puesto los pies en Italia, estos tíos no saben lo que dicen! ¿Y qué pruebas tenemos de que de verdad son quienes pretenden ser?

– ¿Acaso los hemos maltratado? ¿Creen que nos habríamos quedado aquí esperando si hubiéramos querido eliminarlos? -intervino Marco entre dos ataques de tos.

– ¿Como hicieron con el jefe de la aldea en el lago Turkana? -pregunté yo.

Éric nos miró a los cuatro, uno después de otro. Se dirigió a uno de los miembros de su equipo y le ordenó que fuera al coche a buscar unas cuerdas. El joven obedeció y volvió con unas correas.

– Atad a estos tíos, y nos largamos de aquí -ordenó Éric.

– Escucha, Éric -se opuso uno de sus compañeros-, somos arqueólogos, no polis. Si estos hombres son de verdad agentes italianos, ¿para qué meternos en problemas?

– No os preocupéis -intervine-, ya me ocupo yo.

Marco quiso oponer resistencia, pero Keira recogió su arma y le clavó el cañón en la tripa.

– Soy muy torpe con estos trastos -le dijo-. Como bien ha dicho nuestro compañero, sólo somos arqueólogos, y manejar armas de fuego no es nuestro fuerte.

Mientras Keira seguía apuntándolos, Éric y yo nos ocupamos de nuestros agresores. Los dejamos espalda contra espalda, atados de pies y manos. Keira se guardó la pistola debajo del cinturón y se arrodilló junto a Marco.

– Sé que está mal, hasta puede considerarlo una cobardía, no seré yo quien se lo reproche, pero «la niña» tiene una última cosa que decirle…

Y Keira le arreó un tortazo que lo hizo rodar por el suelo.

– Hala, ya está, ya podemos irnos.

Cuando salíamos de la choza pensé en ese pobre hombre que nos había acogido en su casa; cuando volviera del campo, encontraría dos invitados de muy mal humor…

Subimos a uno de los todoterrenos. Harry nos esperaba en el asiento de atrás.

– ¿Ves como me necesitas? -le dijo a Keira.

– Ya podéis darle las gracias, ha sido él quien ha venido a avisarnos de que teníais problemas.

– Pero ¿cómo lo has sabido? -le preguntó Keira a Harry.

– He reconocido el coche, en la aldea a nadie le gustan esos tipos. Me he acercado a la ventana y he visto lo que pasaba, así que he ido a buscar a tus amigos.

– ¿Y cómo has hecho para llegar al terreno de excavaciones en tan poco tiempo?

– El campamento no está muy lejos de aquí, Keira -contestó Éric-. Cuando te marchaste, desplazamos el perímetro de excavación. Después de la muerte del jefe de la aldea ya no éramos bienvenidos en el valle del Omo, no sé si me entiendes. Y de todas maneras, no hemos encontrado nada allí donde tú excavabas. Entre la inseguridad que reinaba, y que todos estábamos un poco hartos, al final nos movimos un poco hacia el norte.

– Ah -dijo Keira-, vaya, veo que de verdad has asumido el control de las operaciones.

– ¿Sabes cuánto tiempo te has tirado sin darnos noticias tuyas? Ahora no me vengas con sermones.

– Mira, Éric, no me tomes por tonta, haz el favor; al desplazar el perímetro de excavación eliminabas todo rastro de mi trabajo y te atribuías la paternidad de los hallazgos que pudierais hacer.

– Eso ni se me había ocurrido, me parece que el problema de ego lo tienes tú, Keira, no yo. Y ahora ¿vas a explicarnos por qué os buscan las cosquillas estos italianos?

Por el camino, Keira le fue contando a Éric todas nuestras aventuras desde que nos habíamos marchado de Etiopía. Le narró nuestro periplo en China y lo que habíamos descubierto en la isla de Narcondam. No mencionó nada de los meses que había estado presa en la cárcel de Garther, pero sí le habló de nuestras excavaciones en la meseta de Man-Pupu-Nyor y de las conclusiones a las que había llegado con respecto a la epopeya emprendida por los sumerios. No dio importancia ni al doloroso episodio de nuestra salida de Rusia, ni a los contratiempos surgidos en nuestra última noche en el Transiberiano, pero sí le describió con detalle el sorprendente espectáculo al que habíamos asistido en la sala del láser de la universidad de Virje.

Éric paró el coche y se volvió hacia Keira.

– Pero ¿qué me estás contando? ¿Una grabación de los primeros instantes del Universo y que encima resulta que tiene cuatrocientos millones de años? ¡Venga, ya, hombre! ¿Cómo una persona tan inteligente y tan culta como tú puede defender algo tan absurdo? Entonces, según tú, ¿el disco este lo grabaron los tetrápodos del devoniano? Es grotesco.

Keira no trató de convencer a Éric; con la mirada me disuadió de intervenir, pues ya estábamos llegando al campamento.

Yo esperaba que sus compañeros de equipo la recibieran con los brazos abiertos, felices de volver a verla, pero no fue así en absoluto; era como si todavía le guardaran rencor por lo que había pasado en nuestra excursión al lago Turkana. Pero Keira llevaba el mando en la sangre. Esperó con paciencia a que terminara el día. Cuando los arqueólogos dejaron el trabajo, se levantó y pidió a los miembros de su antiguo equipo que se congregaran, quería anunciarles algo importante. Saltaba a la vista que Éric había acogido furioso su iniciativa, pero yo le recordé al oído que la subvención que les permitía a todos realizar esas excavaciones en el valle del Omo se la habían concedido a Keira y no a él. Si la fundación Walsh se enteraba de que la habían excluido de las excavaciones, los generosos miembros del comité podrían replantearse el ingreso de los fondos a fin de mes. Éric la dejó hablar.

Keira había esperado a que el sol se ocultara detrás de la línea del horizonte. Cuando hubo la oscuridad suficiente, cogió los tres fragmentos que obraban en nuestro poder y los juntó. En cuanto estuvieron reunidos, recuperaron el color azulado que tanto nos había maravillado. El efecto que ello produjo en los arqueólogos valía mil veces más que todas las explicaciones que hubiera podido darles. Hasta Éric se turbó. Un murmullo recorrió la asamblea, y él fue el primero en aplaudir.

– Es un objeto muy bonito -dijo-, bravo por el truco de magia, ha sido impresionante, pero vuestra compañera no os lo ha dicho todo, ¡querría haceros creer que estos juguetitos luminosos tienen cuatrocientos millones de años, casi nada!

Algunos se rieron, otros no. Keira se subió a una caja de madera.

– ¿Alguno de vosotros ha podido ver en mí, en el pasado, la más mínima señal de un comportamiento fantasioso? Cuando aceptasteis esta misión en el corazón del valle del Omo, cuando aceptasteis separaros de vuestra familia y vuestros amigos durante largos meses, ¿comprobasteis con quién os comprometíais así? ¿Alguno de vosotros dudaba de mi credibilidad antes de tomar el avión hasta aquí? ¿Creéis que he vuelto para haceros perder el tiempo y para ponerme en ridículo delante de vosotros? ¿Quién os eligió, quién os pidió que formarais parte de esta misión, quién sino yo?

– ¿Qué esperas exactamente de nosotros? -preguntó Wolfmayer, uno de los arqueólogos.

– Este objeto de características tan asombrosas es también un mapa -prosiguió Keira-, Sé que parece difícil de creer, pero si hubierais sido testigo de lo que hemos visto, estaríais como nosotros. En unos pocos meses, he aprendido a poner en tela de juicio todas mis certezas, ¡qué lección de humildad! 5 o10' 2" 67 de latitud norte, 36° 10' 1" 74 de longitud: ése es el punto que nos indica este mapa. Os pido que confiéis en mí una semana como mucho. Os propongo que carguéis en estos dos 4x4 todo el material necesario y os vengáis conmigo mañana mismo para excavar allí.

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