– Eso, muchacho, lo sé desde el día en que te conocí.
– Quieres que te ayude a llegar hasta allí, ¿es eso?
Keira se arrodilló y lo miró fijamente a los ojos.
– Antes quiero que hagamos las paces -le dijo, abriéndole los brazos.
Harry vaciló un momento y le tendió la mano, pero Keira escondió la suya detrás de la espalda.
– No, quiero que me des un beso.
– Ya soy mayor para eso -dijo muy serio.
– Sí, pero yo no. Me vas a dar un abrazo, ¿sí o no?
– Me lo voy a pensar. Mientras tanto, sígueme, tenéis que dormir en algún sitio. Mañana te daré mi respuesta.
– De acuerdo -dijo Keira.
Harry me lanzó una mirada desafiante y abrió la marcha. Cogimos nuestro equipaje y lo seguimos por el sendero que llevaba a la aldea.
Delante de una choza había un hombre con una camiseta deshilachada. Se acordaba de mí y me hizo grandes gestos con los brazos.
– No sabía que fueras tan popular por aquí -me dijo Keira para burlarse de mí.
– Quizá porque la primera vez que vine dije que era amigo tuyo…
El hombre que nos acogió en su casa nos ofreció dos esteras donde dormir y algo de comer. Durante la cena, Harry se quedó delante de nosotros, sin apartar los ojos de Keira, y luego de pronto se levantó y se dirigió a la puerta.
– Volveré mañana -dijo, y salió de la casa.
Keira se precipitó fuera, yo la seguí, pero el muchacho ya se alejaba por la pista.
– Dale un poco de tiempo -le dije a Keira.
– No tenemos mucho -me contestó ella antes de volver muy triste a la choza.
Me despertó al alba el ruido de un motor que se acercaba. Salí a la puerta de la casa, un reguero de polvo precedía a un 4 x 4. El todoterreno frenó a mi altura, y en seguida reconocí a los dos italianos que me habían ayudado en mi primera estancia allí.
– Anda, qué sorpresa, ¿cómo otra vez por aquí? -me preguntó el más corpulento de los dos al bajar del coche.
Su tono amistoso me sonó falso y me hizo recelar de él.
– Como a ustedes, me encanta este país. Cuando vienes una vez, es difícil resistir las ganas de volver.
Keira se reunió conmigo en el porche de la casa y me rodeó con el brazo.
– Veo que ha encontrado a su amiga -dijo el otro italiano, que avanzaba hacia nosotros-. Es muy guapa, ahora comprendo su afán por dar con ella.
– ¿Quiénes son estos tíos? -me dijo Keira al oído-, ¿Los conoces?
– No mucho, simplemente me crucé con ellos cuando buscaba tu campamento y me echaron una mano.
– ¿Hay alguien en toda la región que no te ayudara a encontrarme?
– No seas antipática con ellos, no te pido más.
Los dos italianos se acercaron.
– ¿No nos invitan a entrar? -preguntó el más fuerte-. Es pronto, pero ya hace un calor de espanto.
– No es nuestra casa y, además, no los conozco. No se han presentado -contestó Keira.
– Él es Giovanni, y yo, Marco. ¿Ahora ya sí podemos entrar?
– Ya se lo he dicho, no es nuestra casa -insistió Keira en un tono muy poco afable.
– Vamos, vamos -dijo el que se hacía llamar Giovanni-, ¿y qué hay de la hospitalidad africana? Podrían ofrecernos un poco de sombra y algo de beber; me muero de sed.
El hombre que nos había acogido en su choza se presentó en la puerta y nos invitó a entrar a todos. Puso cuatro vasos encima de una caja de madera, nos sirvió café y se retiró; se iba a trabajar al campo.
El tal Marco miraba a Keira de una manera que no me gustaba en absoluto.
– Es usted arqueóloga si mal no recuerdo, ¿no? -le preguntó.
– Está usted bien informado -contestó ella-, y por cierto, tenemos trabajo, hemos de irnos.
– Decididamente, no es usted la hospitalidad en persona. Podría ser más amable; después de todo, fuimos nosotros quienes ayudamos a su amigo a encontrarla hace unos meses, ¿no se lo ha dicho?
– Sí, todo el mundo de por aquí lo ayudó a encontrarme, y eso que no estaba perdida. Ahora, perdonen que sea tan directa pero de verdad tenemos prisa -dijo ella secamente mientras se ponía de pie.
Giovanni se levantó de un salto y se interpuso en su camino. Al instante, yo me interpuse en el suyo.
– Bueno, ya está bien, ¿qué quieren de nosotros?
– Nada, hombre, nada; charlar un ratito con ustedes, nada más. No solemos tener ocasión de cruzarnos con europeos por aquí.
– Bueno, pues ahora que ya hemos intercambiado unas palabras, déjenme pasar -insistió Keira.
– ¡Siéntese! -le ordenó Marco.
– No estoy acostumbrada a que me den órdenes -replicó Keira.
– Pues me temo que va a tener que cambiar sus costumbres. Ahora mismo se va a sentar y se va a estar calladita.
Esta vez la grosería de ese tipo superaba todo límite aceptable, me disponía a enfrentarme a él cuando se sacó una pistola del bolsillo y apuntó a Keira.
– No se haga el héroe -me dijo, quitándole el seguro al arma-. No alboroten y todo irá bien. Dentro de tres horas, llegará un avión. Saldremos los cuatro de esta choza, y nos acompañarán hasta el aparato sin hacer ninguna tontería. Subirán a bordo sin oponer resistencia, Giovanni se asegurará de ello. Ya ven que no es un plan muy complicado.
– ¿Y adónde irá ese avión? -pregunté yo.
– Eso lo verán cuando llegue el momento. Y ahora, puesto que tenemos un rato que matar, ¿por qué no nos cuentan lo que han venido a hacer aquí?
– ¡A cruzarnos con dos cabrones que nos apuntan con un revólver! -contestó Keira.
– Tiene carácter la niña -se burló Giovanni.
– La niña se llama Keira -le dije yo-, no hace falta que le falte al respeto.
Nos pasamos dos horas seguidas mirándonos. Giovanni se mondaba los dientes con una cerilla, y Marco, impasible, no apartaba los ojos de Keira. A lo lejos se oyó el ruido de un motor, Marco se levantó y fue al porche a ver de qué se trataba.
– Dos 4x4 vienen hacia aquí -anunció al volver a la choza-, Van a ser buenecitos y se van a quedar dentro -dijo, dirigiéndose a nosotros-. Vamos a esperar hasta que la caravana pase sin que ladre el perrito, ¿estamos?
La tentación de actuar era muy fuerte, pero Marco seguía apuntando a Keira con su arma. Los todoterrenos se acercaban, oímos un chirrido de frenos a pocos metros de la choza. Los motores dejaron de rugir, y después se oyeron varias puertas que se cerraban. Giovanni se acercó a la ventana.
– Mierda, ahí fuera hay diez tipos por lo menos, y se dirigen hacia aquí.
Marco se levantó y se reunió con Giovanni sin dejar de apuntar a Keira. La puerta de la choza se abrió de repente.
– ¡Éric! -dijo Keira bajito-. ¡Nunca me había alegrado tanto de verte!
– ¿Hay algún problema? -le preguntó éste.
No recordaba que Éric fuera tan cachas, pero estaba encantado de haberme equivocado. Aproveché que Marco se había dado la vuelta para propinarle una buena patada en la entrepierna. No soy un hombre violento, pero cuando pierdo la calma no me ando con contemplaciones. Sin aliento, Marco soltó su pistola, y Keira la lanzó con el pie hasta el otro extremo de la habitación. Giovanni no tuvo tiempo de reaccionar, le arreé un puñetazo en plena cara, tan doloroso para su mandíbula como para mi muñeca. Marco ya se estaba incorporando, pero Éric lo agarró de la garganta y lo placó contra la pared.
– ¿A qué están jugando aquí? ¿Y por qué tienen un arma? -gritó.
Mientras no le soltara el cuello, Marco tendría dificultades para contestarle. Estaba cada vez más pálido, así que le sugerí a Éric que no lo sacudiera con tanta fuerza y lo dejara respirar un poco para que le volviera el color a la cara.
– Basta, déjeme explicarle -suplicó Giovanni-. Trabajamos para el gobierno italiano, nuestra misión es llevar a estos dos energúmenos hasta la frontera. No íbamos a hacerles daño.
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