Poincarno nos miró primero a uno y luego al otro.
– ¡Se ha equivocado de profesión, señor gestor de la Real Academia de las Ciencias, tendría que haber sido abogado! Muy bien, no informaré a su consejo de administración; vamos a seguir analizando esta sangre. Confirmaré lo que hayamos descubierto y nada más que eso. En mi informe mencionaré las anomalías y las incoherencias que saquemos a la luz y me cuidaré muy mucho de emitir la más mínima hipótesis y de respaldar la más mínima teoría. Son ustedes libres de publicar lo que les venga en gana, pero asumirán ustedes solos la responsabilidad de sus escritos. Si leo en su artículo la más mínima línea que ponga en entredicho mi informe o que me erija como testigo de sus investigaciones, los llevaré a los tribunales, ¿está claro?
– Yo no le he pedido nada de eso -contestó Keira-, Si acepta certificar la edad de estas células, comprobar científicamente que tienen cuatrocientos millones de años, ya será una contribución enorme. Quédese tranquilo, es muy pronto todavía para que publiquemos nada, y sepa que lo que nos ha dicho aquí esta tarde nos ha dejado tan atónitos como lo está usted mismo, y todavía no acertamos a sacar ninguna conclusión.
Poincarno nos acompañó hasta la puerta del laboratorio y prometió volver a ponerse en contacto con nosotros unos días después.
Llovía en Londres aquella noche. Walter, Keira y yo nos quedamos un momento en la acera empapada de Hammersmith Grove. La oscuridad era total y hacía frío; estábamos los tres agotados. Walter nos propuso ir a cenar a un pub cercano. La idea era tan tentadora que no pudimos negarnos.
Sentados a una mesa junto al ventanal, nos hizo mil preguntas sobre nuestro viaje a Etiopía, y Keira se lo contó con todo lujo de detalles. Cautivado, Walter se sobresaltó cuando le narró el descubrimiento del esqueleto. Con un público tan entregado, Keira bordó su relato, y mi amigo se estremeció en varias ocasiones. A Keira le gustaba mucho el lado infantil de Walter. Verlos reír así a los dos me hizo olvidar todos los sinsabores de los últimos meses.
Le pregunté a Walter qué había querido decirle antes a Poincarno, la frase exacta, si mal no recordaba, había sido: «Adrian es de una honradez que a veces raya en la imbecilidad…»
– ¡Pues que también esta noche vas a pagar tú la cuenta! -contestó, mientras pedía de postre una mousse de chocolate-. Y no te enfades, lo he dicho por decir, ha sido por una buena causa.
Le pedí a Keira que me diera su colgante, me saqué los otros dos fragmentos del bolsillo y se los entregué los tres a Walter.
– ¿Por qué me los das? Son vuestros -me dijo, incómodo.
– Porque soy de una honradez que a veces raya en la imbecilidad -le contesté-. Si nuestra investigación lleva a la publicación de un artículo importante, por mi parte lo haré en nombre de la Academia a la que pertenezco, y quiero que tú aparezcas en los créditos. Así quizá consigas por fin arreglar la parte del tejado que está encima de tu despacho. Mientras tanto, guárdalos en un lugar seguro.
Walter se los metió en el bolsillo, y vi en su mirada que estaba emocionado.
De esta increíble aventura había nacido un amor que no sospechaba y una verdadera amistad. Después de pasar la mayor parte de mi vida exiliado en los rincones más apartados del mundo, escudriñando el Universo en busca de una estrella lejana, ahora escuchaba, en un viejo pub de Hammersmith, a la mujer a la que amaba hablar y reír con mi mejor amigo. Aquella noche fui consciente de que esos dos seres, tan cercanos a mí, me habían cambiado la vida.
Cada uno de nosotros tiene algo de Robinsón con un nuevo mundo por descubrir y, a fin de cuentas, un Viernes por conocer.
El pub cerraba ya, fuimos los últimos en marcharnos. Pasaba por ahí un taxi, pero se lo dejamos a Walter porque a Keira le apetecía caminar un rato.
El rótulo del pub se apagó detrás de nosotros. Hammersmith Grove estaba sumido en el silencio, no se veía ni un gato en ese callejón. La estación del mismo nombre quedaba a pocas calles de allí, seguramente encontraríamos un taxi en las inmediaciones.
El motor de una camioneta rompió el silencio, el vehículo salió de su plaza de aparcamiento. Cuando llegó a nuestra altura, la puerta lateral se abrió, y salieron cuatro hombres con los rostros tapados por pasamontañas. Ni Keira ni yo tuvimos tiempo de comprender lo que estaba ocurriendo. Nos agarraron con violencia; Keira dio un grito, pero ya era demasiado tarde, y nos arrojaron al interior de la furgoneta mientras ésta arrancaba a toda velocidad.
Por mucho que nos debatimos -yo logré derribar a uno de nuestros asaltantes, y Keira casi le sacó un ojo al que trataba de mantenerla contra el suelo-, de nada sirvió: nos ataron y amordazaron. También nos vendaron los ojos y nos hicieron inhalar un gas soporífico. Para nosotros fue el último recuerdo de una velada que sin embargo había empezado bien.
Cuando recuperé el conocimiento, Keira estaba inclinada sobre mí. Lucía una pálida sonrisa.
– ¿Dónde estamos? -le pregunté.
– No tengo ni la más remota idea -me contestó.
Miré a mi alrededor: cuatro paredes de hormigón sin más abertura que una puerta blindada. En el techo, un neón proyectaba una luz sin brillo.
– ¿Qué ha pasado? -quiso saber Keira.
– No hemos seguido los consejos de Ivory.
– Debemos de haber dormido mucho rato.
– ¿Por qué crees eso?
– Por tu barba, Adrian. Cuando cenamos con Walter, estabas recién afeitado.
– Tienes razón, debemos de llevar aquí mucho tiempo, tengo hambre y sed.
– Yo también tengo mucha sed -dijo Keira.
Se levantó y fue a llamar a la puerta con los nudillos.
– ¡Al menos dennos agua! -gritó.
No oímos ningún ruido.
– No te canses en balde. Vendrán, tarde o temprano.
– ¡O no!
– No digas tonterías, no nos van a dejar morir de hambre y de sed en esta celda.
– No quiero preocuparte, pero no me dio la impresión de que las balas que nos estaban destinadas en el Transiberiano fueran de goma. ¿Por qué? ¿Por qué se ensañan así con nosotros? -gimió Keira, sentándose en el suelo.
– Por lo que encontraste, Keira.
– ¿Qué tienen unos huesos, por muy viejos que sean, para justificar la saña con la que nos persiguen?
– No es un esqueleto cualquiera. No creo que hayas comprendido bien la razón de que Poincarno estuviera tan alterado.
– Ese estúpido que nos acusa de haber falsificado el ADN que le hemos pedido que analice.
– Lo que yo pensaba, no has comprendido bien el alcance de tu hallazgo.
– ¡No es mi hallazgo, sino el nuestro!
– Poincarno trataba de explicarte el dilema al que le han enfrentado los análisis. Todos los organismos vivos contienen células, una sola los más simples, pero el hombre posee más de diez mil millones, y todas esas células se construyen según el mismo modelo, a partir de dos materiales básicos, los ácidos nucleicos y las proteínas. Estos ladrillos con los que se construyen los seres vivos provienen a su vez de la combinación química en el agua de varios elementos: el carbono, el nitrógeno, el hidrógeno y el oxígeno. Esto responde a la pregunta del porqué de la vida, pero ¿cómo empezó todo? A este respecto, los científicos se plantean dos hipótesis distintas. O bien la vida apareció en la Tierra tras una serie de reacciones complejas, o bien materiales que provenían del espacio dieron origen a la vida en la Tierra. Todos los seres vivos evolucionan, no van hacia atrás. Si el ADN de tu Eva etíope contiene alelos genéticamente modificados, su cuerpo está por así decir más evolucionado que el nuestro, lo que por lo tanto es imposible, a no ser que…
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