Elia Kazan - Actos De Amor
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– ¿Qué es lo que has dicho… para qué?
– Cuentos de hadas. Fábulas de Esopo. Nada. Tú no eres una vaca ni tampoco un caballo. Hay las leyes de la Naturaleza que forman parte de Dios y a Ella maldito si le importa si a ti te gustan o no. No te pide tu opinión. No espera que le des el visto bueno. Has de aceptarla como viene. Esa es tu situación.
Costa la acompañó hasta el avión.
14
Esperando en el aeropuerto a que aterrizara el avión de Ethel, Teddy pasó la mano por debajo del asiento del auto y encontró el pañuelo de papel que había visto tirar a Dolores. Un pliegue estaba manchado con lápiz de labios.
Miró el reloj eléctrico en el panel de controles que tenía un cuarto de hora adelantado para no llegar nunca tarde, y conectó el motor para poner en marcha el aire acondicionado. Teddy sudaba cuando se sentía culpable.
Ethel, compuesta y tranquila, lo besó alegremente y entró en el auto sin la ayuda de él. Se sentó en medio del asiento frontal, pero no se acercó en ningún momento. Camino de casa, dio un informe rutinario sobre la salud y disposición de sus padres y del estado del tiempo en Florida. Caluroso. Ethel no se mostraba hostil. Sólo reservada.
Teddy sospechó de ella. Ethel tenía unas fuentes de información instintivas; sus presentimientos no la engañaban. ¿Habría adivinado alguna cosa?
Si se trataba únicamente de que estaba cansada, «que no tenía el humor», eso no importaba; usaría el resto.
Cuando entraron en el serrallo de patas cortas que llamaban su hogar, su único comentario fue:
– ¡Oh, fíjate en todo eso!
¿Habría olvidado Ethel que ella misma lo había hecho?
Teddy había traído a Dolores aquí en una ocasión.
– Vaya, pues sí que preparó un bonito lugar tu mujer -había dicho Dolores -. ¿Por qué demonios se lo permitiste?
– Estaba tan condenadamente nerviosa aquella semana… – comenzó a explicar Teddy.
– Vayamos a mi casa -respondió Dolores -. Esto me pone enferma.
Teddy oyó un rasgón. Ethel había arrancado una hoja de su curriculum mimeografiado y había ido a la cocina. Teddy la siguió y se detuvo en el umbral de la puerta. Hacía dos meses que se había parado en ese mismo lugar y ella se le había acercado poniendo su rodilla entre los muslos de él, tratando de llevárselo a la cama. Aquella noche ella tenía prisa. Ahora estaba haciendo una lista para la compra. Era una afrenta para el orgullo de Teddy.
– Ya se que todo está hecho una porquería -dijo Teddy-. Lo que yo necesitaba aquí era una mujer.
– Lo que necesitabas era una aspiradora -respondió Ethel.
Fueron en el auto al supermercado, que servía a cuatro bloques, veinticuatro horas al día. Teddy observó que Ethel compraba cosas en cantidad limitada: media docena de bollitos, dos suflés de espinacas congelados, dos bróculis cortados y congelados, ocho croissants para desayuno, una docena de huevos; por la mañana ella se tomaba uno, él dos.
Al parecer estaba comprando para un número preciso de días. ¿Cuatro?
Cuando él le llamó la atención sobre gente de la base que cruzaba por los corredores, ella se mostró indiferente.
– ¿Ya sabes que te pueden coger aquí, igual que en Florida? -le dijo-. Ahora estás en todas las listas.
– No creo que sus computadores trabajen tan de prisa -respondió ella-. Aún me tienen en Florida. Cuando se pongan al corriente, yo ya me habré marchado.
Así que, pensó Teddy, cuatro días.
Dolores. Hacía una semana que la conocía. Ella había llenado el vacío. Una mujer no puede abandonar a su marido durante semanas sin que se exponga a eso. Ethel tenía la culpa. Así que, Dolores.
Dolores le había dado un nombre cariñoso. Pacha. Dijo que él era un príncipe oriental. A ella le gustaban los hombres oscuros, crueles. Una vez él la golpeó cuando ella tenía el orgasmo. O pretendía tenerlo. ¿Quién lo sabría de cierto en estos días?
Pero Dolores era suficiente por sí misma; era la secretaria número uno del teniente-comandante Bower, el oficial al mando de la base. Su jefe la consideraba la perfecta secretaria, pues, además de todo lo demás, ella sabía los aniversarios de los hijos del teniente. Profesionalmente, era eficiente, discreta y controlada. En la cama era un demonio. El apodo que Teddy le daba era Piernaslocas, a causa del modo en que ella le rodeaba la espalda con las piernas. Algunas veces le golpeaba en la espalda con los talones. Y con todo eso, Teddy le gustaba. O parecía gustarle.
Cuando él había terminado, ella le colocaba el pene sobre el muslo y lo contemplaba. Dolores siempre ponía una toallita debajo de la almohada, una costumbre adquirida en su segundo matrimonio, pero prefería pañuelos de papel para el trabajo intimo. Tenía debilidad por los pañuelos de papel. Tiraba de uno, dos, tres y enjugaba el miembro de Teddy cariñosamente, cogiéndolo gentilmente en su mano ahuecada.
– Rosado como un bebé -solía decir- y tan blando ahora.
Se levantaba entonces, encendía un cigarrillo, chupaba profundamente y después colocaba el cigarrillo en los labios de Teddy, dejaba que él sorbiera, le besaba, tragándose el humo de Teddy, y cogía otra vez el cigarrillo. Y así sucesivamente. Juegos.
– Nadie, desde Livingstone, ha entrado tan profundamente en el oscuro interior -le había dicho la noche anterior-. Espero que te retires a tiempo para ir al encuentro del avión de tu mujer.
Dolores sabía que el elogio de una mujer es el mejor afrodisíaco, de modo que Teddy no tardó mucho rato en volver a ello de nuevo.
– ¿Te complazco? -preguntó ella.
– Me complaces como un demonio.
– Si deseas algo diferente, dímelo.
A pesar de toda esa eficaz adulación, a Teddy no acababa de gustarle Dolores. Por ejemplo, ella le contó historias sobre otros hombres, sus fracasos y sus debilidades. Hay un viejo proverbio que dice: «Si hablan de los otros, hablarán también de ti.» De modo que Teddy no confiaba en Dolores.
Pero, ciertamente, ella llenaba el vacío.
Teddy observó que Ethel ahora parecía sentirse mucho más a gusto en la cocina. La cena era deliciosa, y preparada con facilidad.
– Voy a tomar un baño -dijo ella después que hubieron lavado los platos.
Teddy no lograba acordarse, ¿solía ella tomar baños después de la cena? ¿No tenía la costumbre de bañarse por las mañanas? Nunca, anteriormente, había tomado un baño cuando él la esperaba en la cama, y a buen seguro, ella nunca había permanecido tanto tiempo en la bañera. Teddy se estaba durmiendo. Podía hacerlo en cualquier instante. Le estaría bien empleado. Ninguna mujer debería atreverse a hacer esperar a un griego tanto tiempo en la cama. ¿Quién demonios se creería ella que era? Teddy miró el reloj. Ethel había estado en aquella bañera casi media hora. ¿Qué estaría haciendo ahí? ¿Qué es lo que estaba pensando? Ahora salía. Desnuda. Se dirigió hasta su bolso, sacó algo y volvió al cuarto de baño. Teddy oyó que cerraba con el pestillo. ¿Cuándo se había encerrado ella anteriormente en el cuarto de baño? ¿Habría dejado de tomar la pildora y utilizaba algo diferente? Pasó más tiempo. ¡Oh, que se vaya a la mierda! El estaría dormido cuando ella finalmente le hiciera el honor de venir a la cama, y si no estaba dormido, lo fingiría. De ese modo su dignidad quedaría a salvo.
El dejó que ella creyera que tendría que despertarlo, actuó soñoliento, manteniendo los ojos cerrados mientras ella lo acariciaba. Teddy recordaba que ella solía decirle:
– No. Todavía no estoy a punto, espera un poco más, niño mío. -Pero ahora era el Pacha el que conducía el espectáculo, y él decidiría quién estaba a pumo y cuándo. Ahora la hacía esperar hasta que a él le viniera en gana. Se sentía bien haciéndolo.
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