Elia Kazan - Actos De Amor

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Título original "Acts of Love" traducción de Montserrat Solanas

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– Mi padre, peor. Cuando sentados a la mesa con él, nadie habla. ¡Míralo!

Ethel miró a Costa en su lugar. Impulsivamente lo abrazó.

– ¿Por qué haces eso? -preguntó él.

– Porque te quiero, papá, y quiero que sepas que haré cualquier cosa para que seas feliz.

– Una manera.

– La sé.

– También hablo por ese hombre. -Indicó la fotografía y la lápida.

– Lo sé.

– Noola me ha dicho que pones algo ahí dentro -dijo.

– Tomo la pildora.

– ¿Pildora?

– Eso es. Pero el día que salga de la Marina, no lo haré más -dijo Ethel.

– ¿Prometes?

– No tengo espera. Ya le dije a Teddy…

– Ahora te digo secreto. Noola furiosa contigo. Ella cree que tú haces daño al chico. Ya sabes cómo ella es. Noola es una leona, ya lo ves.

– Me gustaría que me quisiera.

– No esperes eso de las madres. ¡Mucho menos de mujer griega! Ahora, escúchame.

– Estoy escuchando.

– ¿Marina para mujeres? Puedo asegurarte, ¡nada bueno! Quiero que lo dejes mañana. Porque así sé que podré tener un nieto.

– Yo quiero lo que tú quieres.

– Abandona. Yo explico a Theophilactos, explico bien, no te preocupes.

– El problema no es Teddy, sino la Marina. Una vez te alistas no puedes dejarlo así como así.

– Esto es demasiado importante para dejarlo. Diles que yo he dicho…

– No es tan fácil.

– Entonces yo les digo. Voy allí, y arreglo todo.

Ethel se echó a reír.

– Crees que puedes hacerlo todo, ¿verdad papá?

– Todo lo que está bien -respondió Costa.

Ethel buscó en su bolso y sacó una cajita pequeña de color azul.

– Te prometo -dijo- que el día que salga, yo…

Azorado, Costa desvió la cabeza. -Bueno, bueno… -dijo.

– El día que salga tiraré esto.

– Si te molestan, déjalos. Ven aquí. ¿Cómo demonios te encontrarían aquí? ¿Qué crees?

– Esto es lo que yo estaba pensando -respondió Ethel.

– Así que, ¿terminado? -dijo Costa.

– De acuerdo, papá.

En cuanto a él se refería, con ello se cerraba la cuestión. Sacó una escobilla del bolsillo de atrás y barrió la lápida de piedra gris.

– Ve, trae agua -ordenó, señalando el estanque-. Ten cuidado, serpientes.

Encontró un viejo bote de café colgado de un clavo en un árbol. No vio serpientes, pero sí peces, grandes peces, que lompían la superficie del agua.

– Mújoles -le dijo Costa cuando ella regresó-. Yo no como ese pescado. Para negros.

Sacó un pañuelo de su bolsillo de atrás, lo empapó en el agua y lavó cuidadosamente el cristal que protegía la fotografía. Al nacerlo le habló del linaje que ella debía continuar.

– La gente griega, en lo que llaman Grecia ahí abajo, muy mezclada, quién sabe cómo, albaneses, rumanos, búlgaros, egipcios, hasta turcos. ¡Dios sabe qué clase de bárbaros! Servios también, sirios, yugoslavos, italianos, toda clase de basura, ¿sabes? Pero en Kalymnos, en la isla donde yo nací, próxima a Turquía no importa quién vaya allí, soldados, marinero, mercader, no nos mezclamos con nadie. ¡Ahora tú!

Detuvo su tarea y la miró, midiéndola. Ella sintió un escalofrío.

– Tú. La primera vez nueva sangre. Te vigilo bien, recuerda, antes de decir de acuerdo. Mi padre, te garantizo totalmente, no hubiera dado el permiso. Diría no. En seguida. Una mirada, ¡no! Míralo.

Ethel miró la fotografía y supo que Costa decía la verdad. Iba más allá de la imaginación el pensar que el viejo Theophilactos la hubiera aceptado.

– Yo veo lo que eres -dijo Costa.

– Sí. Ya entiendo.

– La primera de fuera.

– Sí, ya entiendo.

Ethel permaneció sentada, cabizbaja y silenciosa, mientras Costa lavaba la piedra. Ahora tenía una familia, una familia superviviente de guerras e invasiones, de conquistas y esclavitud, de hambres y otras plagas. La familia sobreviviría aunque ella fallase. Pero ella no fallaría. Junto a esa tumba, Ethel aceptó el papel que le había correspondido.

Se lo dijeron a Teddy durante la cena.

Teddy se puso furioso.

– No puedes hacer eso -dijo.

– ¿Por qué, cariño? -preguntó Ethel.

– Porque firmaste un contrato, diste tu palabra a la Marina. No es algo que puedas abandonar de esa manera. Además, ellos vendrían a buscarte.

– ¿Y cómo sabrán dónde estoy?

– Me lo preguntarán a mí.

Costa habló entonces.

– Tú no lo digas -dijo.

Teddy se volvió hacia su padre.

– Ya sabía que esto era idea tuya -dijo.

Costa repitió.

– Diles que no sabes nada.

– No puedo hacer eso.

– De acuerdo entonces.

– De acuerdo, ¿el qué?

– Deja que vengan a buscarla.

– Sí, ya sabía yo que eras tú, papá. Desde el primer momento que la viste, me has hecho la vida imposible. ¿Cómo podía yo tratarla del modo que tú lo has hecho, llevándola por toda la ciudad, y todo el mundo besándole el trasero…?

Inesperadamente, Noola intervino.

– Tiene razón, Costa. La has mimado. Todos haciéndole regalos, como si fuese un honor el conocerla, y ese viejo bobo de Aleko Iliadis, haciéndole de chófer particular con su arruinado «Chevy» y diciéndome que lavara la ropa interior de la chica.

– ¿Cómo podía yo esperar que regresara a la base, en donde la vida es disciplinada y honesta? -preguntó Teddy-. Bueno, ya no lo espero. Pero te diré algo, cuando la Marina venga en su caza, que como hay Dios va a venir… -Teddy se volvió hacia Ethel- yo no voy a mentir y mentir y mentir por ti, no lo haré otra vez. Estás haciendo algo que no está bien y yo estoy en contra y no quiero tomar parte.

Comieron silenciosamente. De vez en cuando Teddy miraba de Ethel a su padre, y ellos se dieron cuenta de lo enfadado que estaba y la amargura que tenía, y de que era permanente.

Cuando Noola se levantó para quitar la mesa, besó a su hijo.

Costa no tenía nada que decir. Como de costumbre, se sentó frente al aparato de televisión y estuvo mirando un western. Tenía lo que deseaba y no dudaba de que todo estaba bien.

Más tarde, cuando estuvieron solos en su dormitorio, Ethel intentó hacer las paces con su marido. Pero él la rechazó.

Permanecieron tumbados en la oscuridad, uno al lado del otro, sin hablar.

– No quiero que hagas eso -dijo Teddy finalmente -. Lo que estás haciendo.

Ethel no respondió.

– ¿Estás dormida?

– No -dijo ella-, ya te he oído. Este fue todo su comentario.

Algo más tarde, Ethel lo oyó reír, una especie de risa sarcástica, y le preguntó:

– ¿Qué es eso tan divertido?

– Algo que me dijiste hace tiempo.

– ¿Y qué era?

– «Quiero obedecerte.» ¿Te acuerdas que lo dijiste? «Quiero que me pegues -dijiste-, que me sacudas cuando no haga lo que tú me digas.» ¿Te acuerdas?

– Bueno, pues aquí tienes tu oportunidad -dijo Ethel-. Adelante.

Teddy no se movió.

– Ahora ya es demasiado tarde -dijo él-. Quizás ayer, pero después…

– A lo mejor es que no te importa demasiado -dijo Ethel.

– También podría ser eso.

– Teddy -le dijo ella, volviéndose hacia él-, lo que estoy haciendo… lo hago por ti.

– ¡Por mí!

– Por tu familia. De modo que me parece que no deberías enfadarte conmigo.

Pero Teddy estaba muy enfadado. Durante los cuatro días que permaneció en Florida no le hizo el amor.

Al finalizar la semana, regresó solo a San Diego.

Al día siguiente de haberse marchado, Ethel entregó la pequeña cajita color azul a su padre.

Costa la guardó todo un día, examinándola en secreto. Al día siguiente pasó cerca de una quema de basura detrás de la hilera de tiendas del muelle de Tarpon Springs y arrojó la cajita a las llamas.

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