Eduardo Lago - Llámame Brooklyn

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Una historia de amor, amistad y soledad. Un canto al misterio y el poder de la palabra escrita.
Un periodista del New York Post recibe la noticia de que su amigo Gal Ackerman, veinticinco años mayor que él, ha muerto. El suceso le obliga a cumplir un pacto tácito: rescatar de entre los centenares de cuadernos abandonados por Ackerman en un motel de Brooklyn, una novela a medio terminar. El frustrado anhelo de su autor era llegar a una sola lectora, Nadia Orlov, de quien hace años que nadie ha vuelto a saber nada.
Llámame Brooklyn es una historia de amor, amistad y soledad, es un canto al misterio y el poder de la palabra escrita. Una novela caleidoscópica en la que, como en un rompecabezas, se construye un artefacto literario insólito en la tradición literaria española.

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En «Kid Twist», publicada el 23 de agosto, David Ackerman vuelve sobre uno de sus temas favoritos, la época dorada del Sindicato del Crimen, cuando los gángsteres de Brownsville campaban por sus respetos a lo largo y ancho de Brooklyn, burlando a las autoridades, que se veían impotentes ante las maquinaciones de la banda más calculadora y sanguinaria de la historia de Nueva York. La crónica termina evocando un suceso que hizo que el Hotel de la Media Luna saltara a la primera plana de todos los diarios del país.

Tan meticulosa en su planificación como una gran empresa financiera, el Sindicato del Crimen habría de caer por causa de una traición. Uno de sus cabecillas históricos, el célebre gángster Abe Relés, alias Kid Twist, se decidió a colaborar con las autoridades. Tenía tanto que contar que la policía de Nueva York copó 75 libretas llenas de notas en las que se daba cuenta de un total de 76 homicidios contratados por todo tipo de clientes y convenientemente consumados por los asesinos a sueldo del Sindicato. Los interrogatorios de Kid Twist tuvieron lugar en la tristemente célebre «suite de las ratas». Además de estar fuertemente vigilada, a fin de evitar que los inquilinos incurrieran en la tentación de suicidarse, o fueran víctimas de cualquier atentado, se tuvo buen cuidado de elegir una suite cuyas ventanas dieran al océano. Naturalmente, en el caso de Abe Relés, las precauciones no sirvieron de nada. Una mañana, Kid Twist apareció sin vida. Si se suicidó o lo mataron, es asunto que jamás se resolvió. Las sábanas con que quiso descender de su jaula de oro, se conservan en los archivos policiales del número 32 de la calle Chambers, en Manhattan, así como las 75 libretas que le costaron la vida…

Encima de la mesa tengo el último artículo, «La Isla de los Sueños», fechado el sábado, 30 de agosto de 1947. Su tema es el Dreamland, el parque de atracciones que para David resume todo lo que significa Coney Island. Es sintomático que no eligiera los legendarios Luna Park o Steeplechase, los dos parques más emblemáticos de Coney Island. David prefiere dedicar la crónica a contar la historia de un fracaso. Dreamland se había propuesto ser el parque más grandioso de todos, y al final resultó ser el más efímero.

Con suma concisión, el cronista resume los datos esenciales: Fundado en 1904, siete años después, en 1911, un incendio lo arrasó sin dejar rastro. El fuego se originó en la Puerta del Infierno, la misma de la que me hablaba siempre cuando salíamos del metro. El artículo da cuenta de cómo el fuego acabó con la inverosímil Liliput, una ciudad en miniatura, habitada por trescientos enanos, dotada de todos los avances del urbanismo de la época. Por razones que no alcanzo a comprender, mi abuelo no dice nada de la suerte que corrieron los pobladores de Liliput, así como tampoco cuenta qué fue de los innumerable bebés prematuros que se exhibían en las incubadoras del célebre doctor Courtney.

A mediados de septiembre, la Isla de los Sueños se empezaba a despoblar. En cuestión de días, la inmensa mayoría de las instalaciones quedaban desmanteladas, las casas de baño cerradas, el malecón semidesierto, la playa prácticamente abandonada. Los letreros de neón dejaban de parpadear. Las puertas y ventanas de cientos y cientos de edificios de madera desaparecían de la vista, cegadas por tablones grises, claveteados por sus propietarios. En octubre, apenas quedaba abierto un puñado de tiendas, y el factor humano se reducía a la población fija, que era muy exigua. Antes de conocer a Nadia, apenas había estado aquí fuera de temporada. Conservo alojadas en el recuerdo algunas imágenes invernales, imágenes de un Coney Island espectral, barrido por un viento helado, pero nunca antes de ahora me había sido dado contemplar el insólito espectáculo de la playa cubierta de nieve. De todos modos, incluso en pleno invierno, se sigue viendo gente por el boardwalk. El sábado hizo sol y salimos a pasear. Vimos gente en los soláriums, bronceándose con la ayuda de unas hojas de aluminio que concentraban los rayos. Un grupo de bañistas rusos, hombres y mujeres en torno a los cincuenta años, bajó a la playa. Tras hacer unos ejercicios de calentamiento, se adentraron en el mar y estuvieron nadando, indiferentes a los témpanos de hielo que danzaban entre las crestas de las olas. Seguimos paseando hacia el Oeste. Quería que Nadia viera el Hotel Kensington (las crónicas no dicen nada de él), que había sobrevivido a tantos avatares. Su estructura se preservaba intacta, bajo los hierros del Thunderbolt. Cuando se construyó esta montaña rusa, los ingenieros pusieron especial cuidado en que nada afectara al edificio original del Kensington. Siempre bordeando la orilla, continuamos hasta llegar a Sea Gate. Frente a la Roca del Muerto, donde a lo largo de los años se han ahogado numerosos bañistas, vimos el esqueleto herrumbroso de un ferry encallado. Acompañé a Nadia a la parada de metro (tenía ensayo general en Juilliard) y seguí deambulando hasta las cuatro de la tarde, cuando empezaba a oscurecer.

Es medianoche y Nadia está dormida. Desde el salón contemplo el océano. Es la vista que me faltó de niño: los faros, los barcos titilando en la distancia, el mar envuelto en la oscuridad. Al oeste destella la lucecita roja del faro de Norton’s Point. Más a lo lejos, hacia el sur, parpadean tres faros más que no soy capaz de identificar. Me haría falta tener a David a mi lado, diciéndome los nombres de cada cosa. Hace una noche clara, y el entrecruzarse de luces sobre el agua, con unas embarcaciones cerca de la orilla y otras en la lejanía, hace que el mar me parezca una reproducción de la cartografía del firmamento. Pienso en Nadia, dormida en la habitación de al lado, y no salgo de mi asombro cada vez que recuerdo que cuando vino a Nueva York, de entre todos los rincones perdidos en los cinco condados de la ciudad, se hubiera ido precisamente a vivir a Brighton Beach. La última vez que había puesto un pie aquí debió de ser hace más de diez años. Cuando fui a recoger el informe que Carberry había preparado sobre ella, pensé que había leído mal la dirección.

Este regreso al mundo de mis fantasías infantiles me resulta tan intenso que siento necesidad de que Nadia comparta algo semejante conmigo. Le pido que me hable de su infancia, y a veces lo hace, aunque le cuesta. Acababa de cumplir cuatro años cuando llegó a Estados Unidos y es como si entonces se hubiera cerrado una puerta que deja sumidos en la bruma los recuerdos de Siberia. Dice que a veces le viene a la memoria un puñado de imágenes inconexas: la casa de Laryat, el dormitorio de sus padres, un huerto comunal, donde las coles son de color morado y los cristales tienen una costra de florecillas de nieve. La cubierta de un barco en alta mar, donde su madre está sentada en una silla de lona, leyendo; el puerto de Boston; las calles de la ciudad, en cuesta, silenciosas y ordenadas, flanqueadas de árboles. Una tienda de té, su hermano Sasha y ella jugando en un parquecito. En cuanto puede se calla: prefiere que hable yo.

Hace unos días, paseando por Hampton Road, nos tropezamos con la tienda de ultramarinos de Chuck Walsh, un anarquista amigo de mi abuelo. Siempre que entrábamos, Chuck me regalaba un puñado de caramelos de jengibre. Cuando apareció ante mí la fachada de madera azul oscuro sentí un vahído de emoción. Entramos, por supuesto. El dependiente era un hombre joven, sin ningún parecido físico con Chuck. Nos preguntó en qué podía ayudarnos y me volví hacia Nadia. Ella echó un vistazo y señalando una caja de naranjas que venían envueltas en papel de seda, le pidió una al dependiente y cuando se la dio se la guardó en el bolso como si se tratara de un objeto de gran valor. En la calle me contó que la primera vez que vio una naranja en todos los días de su vida fue en un mercado de Boston, poco después de su llegada a América y que jamás se le había olvidado la sensación que le dejó en la boca cuando su madre le dio a probar un gajo.

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