Víctor recordó vagamente la Nochevieja en casa de Samper y a Ramón Mora, el sociólogo, junto a Félix Penalba, senador entonces y ahora responsable de la censura. Blasi añadió:
– No servirá de nada. ¿Has oído hablar de Rubén?
Era la segunda vez que Víctor oía mencionar aquel nombre. La primera fue en labios de Max Bertrán.
– Éste sí dará quebraderos de cabeza. Es de la clase de protagonistas que la situación reclama.
Blasi estaba en lo cierto. Pronto el nombre de Rubén estuvo en boca de todos, para la mayoría como motivo de interrogación y para algunos presentándose directamente ya como invocación. Estos últimos lo llamaban el Maestro y le atribuían facultades excepcionales. Nadie sabía su apellido y ni siquiera si Rubén era su verdadero nombre. Nadie sabía, tampoco su origen, y a este respecto se cruzaban confusas historias sobre la fulgurante ascensión que le había permitido alcanzar el insólito poder de convocatoria del que gozaba. Lo único que aparecía claro es que esta ascensión había coincidido con el desarrollo de la crisis de los exánimes En seis meses el enigmático Rubén había pasado de ser un perfecto desconocido a ser un rostro que se reproducía en los carteles que sus seguidores habían colgado por toda la ciudad.
En medio de la oscuridad que rodeaba su figura algunas informaciones, por extendidas, sobresalían por encima de las demás. El Maestro, al parecer, había llevado hasta hacía poco una vida más bien miserable. Las indagaciones que se remontaban más atrás lo identificaban con un anónimo prestidigitador que entretenía al público en un local nocturno del barrio portuario. Arias, que conocía bien este barrio por vivir en él, le contó a Víctor que si el personaje era el mismo que él creía no era más que un pobre charlatán de los que habitualmente se encontraban en estos locales. No hacía nada excepcional. Únicamente algunos juegos malabares que aburrían a la gente. El público prefería a una cantante, pésima según Arias, experta en canciones obscenas. Era un personaje intrascendente.
Arias ignoraba qué había ocurrido con él posteriormente. No obstante la pista de Rubén reaparecía, en un nuevo escenario, a finales de febrero. Max Bertrán aseguraba haberla detectado a partir de esta fecha. El Maestro, ya detentando este título, actuaba con cierto éxito en un pequeño teatro, precisamente en una época la que, debido a las circunstancias, la mayoría de las salas teatrales habían renunciado a sus representaciones. Las suyas, no obstante, eran actuaciones especiales que, en todo momento, se referían al mal que había penetrado en la ciudad. Max Bertrán sólo poseía noticias indirectas de lo que sucedía en el teatro, pues en este período todavía no había visto actuar a Rubén. Éste, de acuerdo con estas noticias, continuaba realizando ciertos números de magia pero simultaneándolos con ardientes sermones acerca del destino de la ciudad.
Poco después las pistas seguidas por Rubén se multiplicaban prodigiosamente. Aparecían por todas partes. El Maestro ocupaba un lugar destacado entre los adivinos que causaban furor en los círculos adinerados pero, paralelamente, contaba con abundante clientela en los sectores más modestos. Era un profeta de profecías sencillas y contundentes y, al mismo tiempo, un conocedor polifacético de sabidurías arcaicas. Un consultor íntimo de los problemas individuales y, como complemento, un expositor apasionado de las soluciones colectivas. Bajo los efectos de su oratoria, en la que se combinaban con habilidad la excitación y la persuasión, su audiencia se había incrementado sin cesar. Pero su dominio de la multitud no le había hecho olvidar la necesidad de recabar adhesiones particulares, de modo que había reclutado un nutrido grupo de discípulos fieles que compartían con entusiasmo sus directrices.
Entre estos discípulos los había de todos los ámbitos sociales, siendo los de condición más humilde los que trabajaban más incansablemente por su causa. Eran, asimismo, los más visibles, repartiendo folletos con extractos de sus alocuciones y vociferando sus consignas. No obstante, desde una posición más discreta también algunos hombres poderosos se habían adherido a sus filas. Así, cada vez con menor disimulo, se comentaba el apoyo de ciertos políticos y comerciantes, destacando entre estos últimos el del empresario Jesús Samper, quien ya se preciaba públicamente de la amistad de Rubén. Este, gracias a estos apoyos, empezó a disponer, además de grandes sumas de dinero, de una extensa red de influencias que cubría una porción notable de la ciudad.
El Maestro, consciente de sus nuevas disponibilidades, cambió el escenario de sus actuaciones, abandonando el pequeño teatro e instalándose, no sin escándalo de unos cuantos, en el antiguo edificio que había albergado la Academia de Ciencias. El que un prestidigitador de oscuro pasado se hiciera con los servicios del viejo hogar de la sabiduría científica suscitó ciertas reservas. Sin embargo, la propia directiva de la Academia zanjó el problema alegando que ésta, desde hacía años, se había trasladado a su moderna sede y que el mantenimiento de la anterior, prácticamente sin ningún uso, no resultaba rentable. La generosa oferta económica del nuevo inquilino acabó por acallar las críticas, de modo que en un plazo muy breve de tiempo la severa arquitectura que durante más de un siglo había amparado los avances de la ciencia se convirtió en el centro de operaciones de Rubén. Allí, en medio del ajetreo provocado por las reformas que rápidamente emprendió, recibía a sus seguidores y aconsejaba a los que acudían en busca de sus consejos. También allí, en el marco del gran auditorio que la Academia había utilizado para sus ceremonias solemnes, daba, al atardecer, sus cada vez más concurridas charlas ante un público expectante.
Fue Max Bertrán quien sugirió a Víctor que le acompañase a una de estas charlas. Él ya las había presenciado en un par de ocasiones.
– No te arrepentirás. Es el único espectáculo divertido que hay en toda esta desgraciada ciudad -le advirtió maliciosamente.
Bertrán era portador de dos invitaciones, lo cual les permitió evitar la larga cola de los que pagaban su entrada para asistir a la sesión. El interior de la vieja Academia de Ciencias estaba en plena transformación, con andamios por todas partes, ofreciendo al visitante un vivo contraste entre el pasado y el presente. De un lado, se tenía la impresión de penetrar en un enmohecido museo de recuerdos dejados atrás por la ciencia, pero de otro, la visión de las recientes instalaciones, dotadas de la tecnología más avanzada, contribuía a desconcertar al observador con respecto al lugar en que se hallaba. Para acceder al auditorio debían atravesarse varias salas escasamente iluminadas. Una potente música de fondo, aparentemente emitida desde un órgano invisible, acompañaba la travesía. Por todas partes se acumulaban reliquias que habían pertenecido a la ciencia. Largas hileras de vitrinas, alineadas contra los muros, contenían una abundante colección de instrumentos científicos. Junto a ellas, decenas de bustos, todos con expresión similar, atestiguaban el homenaje rendido a los benefactores del progreso. Sin embargo, estos ornamentos arqueológicos sucumbían fácilmente ante el impacto producido por las aportaciones del nuevo inquilino. Grandes pantallas, colgadas en lo alto de las paredes, ofrecían escenas de las reuniones de Rubén con sus seguidores. Debajo de las pantallas, unos rótulos luminosos reflejaban sus palabras en una permanente sucesión de consignas.
– Cuando el auditorio está lleno, como sucede siempre, la gente sigue la sesión a través de estas pantallas -le aclaró Bertrán a Víctor.
Donde el contraste era más agudo era en el propio auditorio. Si bien la estructura, pronunciadamente inclinada, sobre la que se apoyaban las filas de butacas, no había sido modificada, el escenario había sido transformado por completo, hasta el punto de que nada en él sugería su anterior utilidad. Tras las drásticas reformas el nuevo escenario estaba presidido por una elevada plataforma de cristal a la que se accedía, desde atrás, por una escalinata también de cristal, gracias a la cual lograba producirse una sensación de transparencia. Al fondo del escenario el decorado estaba constituido por un enorme panel en el que se reproducía, con colores rojizos, la silueta de la ciudad. Era una de las imágenes que habitualmente se ofrecían de ella, pero distorsionada de modo que los perfiles arquitectónicos parecían romperse en abruptas perspectivas. El resto del escenario estaba ocupado por un vistoso despliegue de haces luminosos en continuo movimiento.
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