Pero no tuvo suerte. Ni uno ni otro. Teo le ató entre dos desconocidos que lloraban en silencio. Uno y otro balbuceaban: «Criminales, criminales».
Ésta fue la palabra que oyó César cuando a una orden del Responsable los tres grupos se pusieron en marcha; cuando sintió que detrás de él las luces se iban apagando y dejaban al profesor Civil y a los demás «no llamados» fin sangre en las venas; cuando bajó la escalera y salió fuera; cuando subió al camión que le correspondía y tuvieron que ayudarle, pues era inhábil para ejecutar el salto.
¡El Seminario! Le parecía una gracia especialísima del Señor que su última morada hubiera sido el Seminario. Pensó en las palabras de Dimas: «Aquí no entrará ni Dios». Pero he aquí que le detenían y le llevaban al Seminario. El Señor conducía a cada cual donde deseaba.
Hubiera querido pedirle al conductor que pasara por la Rambla, para saludar por última vez el balcón de su casa; pero a su lado oía: «Criminales, criminales». El camión -el último de los tres- seguía por la calle de Ciudadanos -¡el Banco Arús!-, entraba en la Plaza Municipal -¡el Museo Diocesano!-, tomaba la orilla del río -¡el crucifijo del Sagrado Corazón!- y enfilaba por último la carretera del cementerio.
El viento les daba a todos en la cara y César, de pronto, sin saber por qué, miró las estrellas, que ya palidecían, y luego pensó en la edad que tenía. Exactamente… dieciséis años, tres meses y dos días… Luego pensó en los copones que había escondido en las murallas. «Hoy he comulgado sesenta veces…», se decía.
Al doblar la última curva hacia el cementerio, pensó en los suyos, en su madre, Carmen Elgazu; en su padre, Matías; en Pilar, en Ignacio. También en José, de Madrid, y en tío Santiago. «¡Cuántas almas, Señor, cuántas almas!» Y luego pensó en Dimas y Agustín. ¿Cómo era posible que Dimas y Agustín, que «habían dado su palabra» hubieran ido a la cárcel para matarle? Les perdonó. Sentía que le quedaran pocos minutos de vida porque apenas si podría rogar por ellos. La gran verja estaba abierta de par en par. En aquel momento los tres camiones que los habían precedido -los del primer piso- habían dado ya media vuelta y se volvían. Los milicianos se saludaron. «¡Salud, camaradas!» «¡Salud!» César había guardado una Hostia, una sola, en el interior del chaleco. Al sentir que le alineaban entre los nichos, entrando a la izquierda, y ver que se formaban los piquetes, con su mano libre la cogió. Se disponía a llevarla a la boca e ingerirla lentamente, perdonando a los milicianos. A su lado oía sollozos y las voces de siempre: «Criminales, criminales». Se volvió y dijo al sacerdote más próximo: «Me arrepiento de mis pecados. ¿Quiere darme la absolución, padre?…» Luego vio al señor Corbera, cuyos ojos despedían ira. «Tome», le dijo de repente. Y levantó la Sagrada Forma, sosteniéndola con unción entre los dedos pulgar e índice.
El señor Corbera parpadeó tres veces consecutivas y de pronto, comprendiendo, comulgó.
Entonces César oyó una descarga y sintió que algo dulce penetraba en su piel.
Minutos después oyó una voz que decía:
– Yo te absuelvo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. -Una voz que se iba acercando y repetía-: Yo te absuelvo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. -También oía gemidos. Abrió un momento los ojos. Vio un miliciano de rodillas, que iba sacando de su reloj de pulsera pequeñas Hostias y que las introducía en la boca de sus vecinos caídos. Reconoció, en el miliciano, a mosén Francisco, Luego, sus ojos se cerraron. Sintió un beso en la frente. Luego se cerró su corazón.
París, Villefranche-sur-Mer, París . Abril de 1949 a marzo de 1952 .
***