José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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En el vehículo se produjo un gran silencio. Del profesor Civil emanaba un halo de nobleza al que resultaba imposible sustraerse; debía de ser también un problema hormonal. Su mirada había ido posándose en cada uno de los presentes y, a veces, en el vacío. Parecía dispuesto a no añadir nada más. Oyóse el runrunear del automóvil que Miguel Rosselló conducía ensimismado, pero con pericia. El Gobernador fue el primero en reaccionar. Respiró hondamente. Y convencido de que el profesor Civil se había guardado todavía alguna carta -tal vez la más importante-, lo invitó con insistencia a continuar.

– Siga, siga, profesor… ¡Le juro que le escuchamos con mucha atención! Por supuesto, es usted un hombre chapado a la antigua, pero…

El profesor Civil dudó unos segundos, pero por fin se decidió.

– Continuaré con mucho gusto -dijo-. Porque lo cierto es que no me quedaría tranquilo sin tocar un punto que me parece decisivo y al que ninguno de ustedes ha hecho mención.

– ¿A qué se refiere?

– A ese espíritu competitivo de Alemania e Italia… A ese ritmo con que, según ustedes, avanzan ambos países… A ese querer ser los primeros en todo, y producir más, y más… ¿No contiene en sí esta actitud, un peligro más grave, más concreto aún, que todos los que he apuntado?

– ¿Qué peligro? -preguntó el Gobernador.

– El de conducirnos a una guerra… europea o mundial.

Tal afirmación, que coincidía con la que en el Café Nacional había hecho Galindo, funcionario de Obras Públicas, provocó estupor unánime y disipó como por encanto la aureola que el profesor se había ganado a pulso. El único que semicerró los ojos en actitud reflexiva fue 'La Voz de Alerta'. Los demás acosaron al profesor.

– ¿Cómo? ¿Qué dice usted?

El profesor demostró, en este asunto, estar bien informado. El tono de su voz cambió. Ya no era un moralista; era un historiador. Apoyóse en datos. Pasó revista a las últimas anexiones efectuadas por los dos países -el Sarre, Austria, Checoslovaquia, etcétera- y acabó afirmando que era obvio que Hitler y Mussolini se habían fijado unos objetivos y que no retrocederían ante nada. Citó una frase de Hitler que figuraba en el libro de éste, Mi Lucha: "El arado se convertirá en espada". Y otra de Mussolini: "La violencia es útil, caballeresca y necesaria". Sí, algo fatal e irreversible parecía empujar a esos dos hombres a la guerra, lo cual, en el fondo, para quien creyera -como el doctor Chaos- en la psicología profunda, no era de extrañar. Mussolini, ya de niño, andaba a pedradas con sus condiscípulos y perseguía a los mochuelos. Y en cuanto a Hitler, no había más que verle los ojos en cualquier fotografía de las que publicaba la revista 'Signal'…

El camarada Rosselló había vuelto a su mutismo. En cambio, el Gobernador reaccionó con firmeza. Manifestó de nuevo su respeto por cuanto el profesor Civil habló con anterioridad; pero su última tesis le resultaba intolerable, probablemente porque no se trataba de una opinión personal sino de un slogan difundido por una organización ducha en estos menesteres: la BBC, de Londres. Slogan, por lo tanto, calumnioso y de mala fe.

No, no era cierto que Alemania e Italia quisieran la guerra. Decir eso era pegar un golpe bajo. Simplemente los dos países estaban cansados de la humillación que suponía el Tratado de Versalles, buscaban materias primas para su expansión y, sobre todo, producían y se armaban para defenderse del comunismo, puesto que las democracias coqueteaban con él. Eso era todo. De modo que Hitler con sus espadas y Mussolini con su odio a los mochuelos -la alusión había sido de campeonato- lo que pretendían era simplemente evitar que Stalin se sintiera el amo y en consecuencia se plantara, en el plazo de dos años, en Berlín, en Roma… y en el piso del propio profesor Civil. "¡Oh, sí, profesor, esto es lo que le sucedería a usted! Los rusos se meterían en su casa… sin advertirle de antemano, puesto que según dijo no tiene usted teléfono".

El profesor Civil abrió los brazos como diciendo helas! Y se limitó a responder que lo único que deseaba era equivocarse en su propósito.

Probablemente, la tensión que efectivamente reinaba en el coche se hubiera prolongado ya hasta Barcelona, a no ser porque el doctor Chaos, repentinamente cansado de tanta polémica, Propuso abandonar el tema y contemplar, ya que no la hierba, por lo menos el mar…

Costó cierto esfuerzo aceptar la propuesta, adecuar el ánimo; pero al fin se consiguió. Y es que, en verdad, el mar que se extendía a la izquierda del coche era hermoso. Todos se dieron cuenta de ello al prestarle la atención debida. Era un mar ancho y azul, por el que surcaban bergantines invisibles y palabras de concordia. No muy lejos había algunas barcas, barcas tranquilas, de línea latina, ajenas a la deificación de los Estados y al bloqueo de los pensamientos del pueblo. Algunos nidos de ametralladoras emplazados en las playas recordaban la contienda pasada; sin duda su interior estaba lleno de excrementos, con algún que otro corazón grabado en la pared y algún qué otro ¡Muera!…

¡GIBRALTAR PARA ESPAÑA! ¡VIVA EL CONDE CIANO! ¡Campanas repuestas en la torre de la iglesia de Mongat, en las iglesias de Badalona!

'La Voz de Alerta' intervino de pronto y sus palabras resonaron como un disparo, sobre todo, ¡otra vez!, en el cerebro del doctor Chaos.

– Doctor Chaos… -dijo-. Al margen de las teorías del profesor Civil, ¿no le parece excesivo el culto que, sobre todo los alemanes, rinden a la Virilidad, a lo masculino?

El doctor Chaos, ¡por fin!, hizo sonar sus dedos: crac-crac. Miró a 'La Voz de Alerta'. Pero éste le sostuvo la mirada sin quitarse como otras veces las gafas para limpiar con la gamuza los cristales.

Paralelamente a la carretera, avanzaban hacia Barcelona los dos trenes especiales que se habían formado en Gerona para trasladar a la "enfervorizada masa" que quería presenciar la llegada del conde Ciano. El viaje era agotador. Las locomotoras debían de tener también sus ideas y parecían resistirse a cumplir con su cometido. Por otra parte, las traviesas de la vía no ofrecían ninguna seguridad y los maquinistas daban bruscos frenazos. ¡Y a cada estación subía más gente con insignias patrióticas en la solapa!

Pese a todo, y de acuerdo con lo previsto, el denominador común eran las canciones y las bromas de toda índole, especialmente en el furgón de cola del primer tren, el destinado a ganado, que ocupaban Marta, Pilar y el resto de las camaradas dirigentes de la Sección Femenina.

En ese coche la algazara era general. El apelotonamiento de las muchachas era tal que, para respirar un poco de aire puro, se veían obligadas a acercarse por turnos al ventanuco enrejado que comunicaba con el exterior. Así lo hacían, regresando luego a sus puestos y sentándose en el suelo.

Ahora bien, el viaje fue haciéndose tan largo que hubo tiempo para todo, incluso para las confidencias. Sí, a diferencia de lo que ocurrió en el coche del Gobernador, allí no se habló sólo de política. Los diálogos se deslizaron también por otras vertientes. Al fin y al cabo, la política era invención moderna, en tanto que las muchachas tenían un corazón que llevaba siglos latiendo por amor.

Marta, jefa provincial de la Sección Femenina, hubiera debido sentir vergüenza. Olvidó por completo el motivo del viaje y la camisa azul, y se desahogó con Pilar, largamente, sobre un tema único: Ignacio. Imaginar a éste en Perpiñán la turbaba de una manera extraña. ¿Qué estaría haciendo allí? ¡Si pudiera verle! Seguro que pasaba menos calor, tal vez en un café con aire acondicionado. ¿Y si se chiflaba por alguna francesa?

– Pilar, estoy contenta. Temí que Ignacio no quisiera ingresar en Falange; pues ya está. Ya tiene el carnet. Mi madre estaba segura de que un día u otro se decidiría, pero yo no. ¡Le gusta tanto llevar la contraria! Pero se porta bien, muy bien… Cuando llegó a Esquiadores pretendió asustarme. Me llevó cerca de la Plaza de Toros y me dijo algo así como que la guerra mata por dentro a los hombres que la hacen. ¡Pamplinas!, puesto que luego añadió que él no sería feliz si no hacía en la vida algo que beneficiara a los demás. Y es que Ignacio es bueno, buenísimo… Conmigo, un sol. Y el trabajo en Fronteras le gusta. ¿Os dijo lo de recuperar barcos? ¡Ah, claro…! Hermosa tarea, ¿verdad? Estas cosas lo entusiasman. Y tiene muchos planes. Me ha encargado que pase por la Universidad, pues al parecer en septiembre habrá unos exámenes "muy complacientes" para los que hicieron la guerra, y quiere saber la fecha exacta. ¡Tercer curso de abogado! Oye… ¿Es cierto que estudia como un loco? Ayer me dijo que tuvo la luz encendida hasta las tres. ¿Es cierto, sí? ¡Cuánto me alegro! Le quiero, Pilar. Han pasado muchas cosas entre los dos y durante un tiempo dudé de él y de mí; pero ahora le quiero de veras. ¡Si pudiera verlo en estos momentos, a través de esas rejas! Seguro que estará fumándose un 'gauloise'… ¡Otra cosa me preocupa! Tengo la impresión de que no acaba de simpatizar con mi hermano, con José Luis… Sería una pena ¿no crees? ¡Me gustaría tanto que llegáramos a formar todos una gran familia! ¿Y sabes dónde me gustaría vivir cuando me case? Pasada la vía del tren, cerca de la Dehesa. Claro que aquello pilla un poco lejos; pero es alegre, sobre todo en este tiempo. Además, le he prometido cuidar del piso como si se tratase de mi piel… Por cierto, ¿sabes lo que dice de mi flequillo? Que me tapa la frente, pero que por lo mismo evita que las ideas brillantes se me escapen. Es un guasón… Sí, ha venido de Esquiadores mucho más guasón que antes… ¡Bueno, perdona! Voy a ver si respiro un poquitín de aire del campo.

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