Marta se levantó y se acercó al ventanuco. Pilar había asentido a todo. No hubiera desalentado a Marta por nada del mundo. "Claro que sí, mujer", le había dicho a su amiga una y otra vez. Por nada del mundo Pilar hubiera delatado a Ignacio, diciéndole a Marta que todo aquello era mentira y que el chico no había abierto todavía un libro y que se pasaba las horas tumbado, pensando en las musarañas. ¿Para qué? Pilar se daba cuenta de que su hermano atravesaba una honda crisis, como otros muchos chicos llegados del frente. Ella se lo notaba en mil detalles; a menudo volvía de Figueras llevando el billete del tren entre los dientes… Tiraba la servilleta, sin plegar, a un lado de la mesa… Y, sobre todo, cerraba la puerta de su cuarto dando un portazo. Eso era lo más peculiar. Era señal de que, una vez dentro, se tumbaría en la cama en cualquier postura y que pronto se le oiría resoplar. Por si fuera poco, por lo menos había recibido dos postales de Ana María… Pilar no había podido leerlas, pero estaba segura de que él las había contestado. ¡Oh, sí, Ignacio era perfectamente capaz de vivir varias vidas a un tiempo! De ser holgazán en casa, eficaz en la Jefatura de Fronteras y un ser completamente aparte cuando estaba al lado de Marta. Probablemente en cada caso era sincero y sólo se engañaba a sí mismo. Pilar pensó que, de todas las ilusiones de Marta, tal vez sólo una se apareaba con la realidad: Ignacio era bueno, buenísimo… Y por supuesto, apto, algún día, para hacer feliz a la mujer que eligiera definitivamente, llevara o no llevara flequillo, viviera o no viviera cerca de la Dehesa, pasada la vía del tren.
Marta regresó. Y entonces le tocó el turno a Pilar.
– Pues yo, cuando me case, si puedo viviré en el centro. ¡Qué quieres! Estoy acostumbrada a ello. De poder elegir, viviría en la misma Rambla… Me gusta la Rambla. Toda Gerona pasa por allí al cabo del día, ¡y en la Rambla fue donde volví a ver a Mateo el día de la entrada de las tropas! A Mateo y a ti, claro… ¿Te acuerdas, Marta? Ibas con María Victoria repartiendo latas de conserva… Y felicidad. ¿Quieres que te confiese una cosa…? Me pareciste muy mayor. Es natural, llegabas cansadísima. Ahora te has recuperado. ¡Lo mismo que yo! Sí. También yo soy feliz, Marta, completamente feliz. Mateo vale mucho más de lo que yo me merezco. A veces me pregunto qué habrá visto en mí. Soy tan ignorante… Tiene que explicármelo todo: que si el abrazo de Vergara, que si el socialismo marxista… Menos mal que me presta revistas y que de vez en cuando yo lo interrumpo con un beso. Contra eso no acierta a defenderse. Lo llama el arma secreta. Deja de ser de Falange y es mío, es sólo para mí. Y a mí me gusta besarlo. Nunca hubiera creído que me gustara tanto. ¡Jesús, qué tonta soy! ¿Te imaginas si mi madre me oyera? Me encerraba en el convento de San Daniel… Pero ya somos mayorcitas, ¿no te parece? Luego una se confiesa y en paz. Paz relativa, claro… ¡Ay, y otra cosa! Mateo tiene también sus planes, ¿sabes? No sé si se examinará en septiembre, porque está tan ocupado que no le da tiempo a abrir un libro. Pero, en fin, quiere organizar la provincia como no lo sueña ni el Gobernador, quien por cierto el día de mi cumpleaños me mandó un precioso ramo de flores… ¡Oh, Marta, tienes razón! ¡Amar es bonito, es lo más bonito del mundo! ¿Querrás creer que a veces me asusta tanta felicidad? Cuando veo a Mateo dedicarse con tanta fe a los críos, a las Organizaciones Juveniles… Buen aprendizaje para luego, para cuando tengamos hijos, ¿no crees? Claro que, acostumbrado a formar centurias, no se conformará ni con dos ni con tres… Querrá tener un batallón. ¡Los que Dios quiera! ¡Qué más da! Uno se llamará César, por supuesto… Y la primera niña, Marta… ¡Jesús, ni que eso fuera a ocurrir ahora mismo! ¡Oh, no, por Dios, en este vagón no…! Ah, también yo daría cualquier cosa por ver ahora a Mateo… Seguro que andará en el coche de tu hermano, hablando de política… Que si Ciano, que si Roosevelt, que si el Chamberlain ese del paraguas… ¿Crees que hablarán un poco de nosotras, Marta? ¿Sí…? ¡Ay, no sé, eres muy optimista! Esos hombres… ¡Por la Virgen, qué sed tengo! Me muero de sed. ¿Queda algo en esa cantimplora? Y qué bien se está sentada aquí en el suelo, qué bien se está…
A veces, las sacudidas del coche, los frenazos del maquinista, las obligaban a abrazarse fuerte… Y se reían. En una de esas sacudidas la convulsión fue tal que se encontraron sepultadas por las hermanas Rosselló, por Chelo y por Antonia. "¡Que nos ahogamos!", gritaron Marta y Pilar. Pronto consiguieron liberarse y entonces brotaron de nuevo las risas.
En la estación de Granollers, en la que permanecieron paradas largo rato, Chelo, que había oído a retazos las confesiones de Marta y de Pilar, les habló también de su amor, Jorge de Batlle. "La gente mira a Jorge de una manera rara… Y es que ¡es tan retraído! Pero ¿cómo puede ser de otro modo con lo que ha sufrido? Pero se van a llevar una sorpresa… Yo conseguiré cambiarlo, llenarle la cabeza de recuerdos agradables. Y entonces todo el mundo lo querrá también… ¡No faltaría más!".
Por su parte, Antonia, de repente, puso también sus cartas boca arriba y les comunicó que había decidido profesar. La guerra, la horrible muerte de Laura, la condena de su padre, todo ello la había impresionado tanto que llegó a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era irse a misiones. Ahora ya estaba segura de que tenía vocación. Mosén Alberto la había ayudado mucho en aquellos meses. De modo que en las próximas semanas elegiría noviciado. Y, desde luego, lo mismo le daba que la mandaran a un sitio que a otro. Así eran las cosas, así era el mundo. Trocaría la camisa azul por el hábito; las cinco flechas por el crucifijo; y la boina roja por las alas almidonadas. Posiblemente fuera aquél su último viaje libre. La Sección Femenina perdería una militante, pero ella podría rezar para que la labor de sus camaradas siguiera siendo fructífera.
Marta y Pilar se conmovieron oyéndola. Antonia estaba pálida y sudaba, como si no se sintiera bien. ¡Aquel vagón!
– ¿Quieres beber un poco de agua?
– No, gracias, no necesito nada. Esas sacudidas me han mareado un poco, pero ya estoy bien.
Penetraron en el túnel y las muchachas guardaron súbitamente silencio. Pero al salir de nuevo a la luz se impuso otra vez el alboroto. Unas chicas de Figueras se pusieron a cantar y el coche entero las coreó. ¡De la garganta de Antonia, la futura misionera, brotó una voz dulcísima…!
Las canciones salieron como Dios quiso… Las muchachas desafinaban lo suyo y de las letras sólo conocían el estribillo. Pero no importaba. Cantaron el "Yo tenía un camarada", el "Himno de la Legión…" Y, sobre todo, el "Yo te daré":
Yo te daré, te daré, niña hermosa, te daré una cosa, una cosa que yo sólo sé: ¡CAFÉ!
– ¡CAFÉ! -rubricó Marta, al terminar-. ¡Antes de la guerra era la consigna! ¡Significaba Camaradas, Arriba Falange Española! En el trayecto entre Granollers y Barcelona, último tramo del viaje, Marta tuvo que responder a una serie de extrañas preguntas. Una chica de Olot le preguntó si era cierto que, de vivir en aquel año de 1939, Cervantes hubiera sido falangista.
Marta se rió de buena gana y mordiéndose el índice acabó contestando:
– Pues, probablemente, sí… -Luego añadió-: ¡Oh, sí, seguro!
La última pregunta se refirió al conde Ciano. Una camarada de Palamós creía saber -gracias a un legionario italiano que conoció y con el que mantenía correspondencia- que el conde Ciano era un mujeriego de armas tomar, que al grito de "¡Viva el Fascio!", les hacía la corte a todas las mujeres que se le acercaban.
– ¿Crees que eso puede ser cierto?
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