José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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– Todo esto es primordial, ¿no les parece? Todos los pueblos necesitan un Moisés que baje del monte con las Tablas de la Ley.

La argumentación del Gobernador parecía convincente y se produjo en el coche un consenso general. ¡La experiencia "republicana" había sido tan catastrófica!

'La Voz de Alerta' fue quien con mayor entusiasmo se adhirió a las manifestaciones del Gobernador. Por algo él luchaba en Gerona para desterrar de las calles "el imperio de las alpargatas". Pero había algo más: los Estados totalitarios creaban grandeza, y este hecho no podía menos de gustar a un hombre de su talante, admirador del Renacimiento. Hitler poseía el sentido de lo colosal, ello no podía negarse; y en cuanto a Mussolini, no le iba en zaga. El atildado alcalde pudo comprobar esa realidad al huir de la zona 'roja' y pasar por Italia. El fascismo estaba edificando en Roma un estadio enteramente de mármol; sustituía por autopistas los caminos de cario; saneaba las zonas palúdicas, ¡y repoblaba incluso de árboles los Apeninos, puesto que Mussolini se había propuesto enfriar un poco el clima del país, por estimar que el calor excesivo invitaba a la pereza! A eso podía llamarse atacar lo fundamental. Y era muy cierto que cinco años de reinado de la plebe no le habían dado a España ni un solo monumento digno de mención, porque las democracias se entretenían en pequeñeces. De acuerdo, pues, con el Gobernador. Se necesitaba un Moisés. Por eso él era monárquico y por eso en el fondo se identificaba mejor con el fascismo italiano que con el nacionalsocialismo alemán, habida cuenta de que aquél había sabido respetar la monarquía. Porque era preciso no olvidar un aspecto de la cuestión: ese Moisés, tan necesario, debía tener "casta"… Los Reyes Católicos la tenían, y descubrieron América. ¿Podía improvisarse la casta? Tal vez sí. A base de genialidad. No cabía duda de que el genio espontáneo existía; ejemplo, Napoleón, que surgió de la nada y que obligó a los arquitectos de París a ensanchar las avenidas confluyentes en L'Etoile hasta cien metros, lo que por entonces parecía una barbaridad.

– Doctor Chaos, ¿puedo hacerle una pregunta?

– Claro que sí…

– ¿Qué profesión tenía su padre?

– Pues… era cirujano.

– ¿Y su abuelo?

– También cirujano. 'La Voz de Alerta' sonrió.

– Ahí está. En usted hay casta. No necesita de la genialidad… La intervención era sutil. El doctor Chaos, al pronto, no supo que contestar. Pero en seguida se animó, pues no era cosa, en aquel viaje, de descender al terreno personal. De modo que olvidó el irónico inciso del alcalde y formuló también su declaración. El doctor Chaos iba sentado en la parte delantera del coche, junto al camarada Rosselló, pero podía dirigirse a sus acompañantes a través del espejo retrovisor.

Su declaración tuvo, naturalmente, un enfoque distinto al de sus predecesores. En primer lugar, su adhesión al totalitarismo arrancaba de su fe en la juventud. Las democracias estaban en manos de gente de edad avanzada; en cambio, los regímenes totalitarios se nutrían de sangre joven. Era un problema, por así decirlo, hormonal. Ahí estaba el conde Ciano, que no llegaba a los cuarenta años y tenía una influencia decisiva en el ámbito de la gran política. Por eso él iba camino de Barcelona, porque quería rendir homenaje a un hombre bajito de estatura, como antes dijo, pero lleno, era preciso reconocerlo, de poder y de ambición. Y en segundo lugar, los totalitarismos tenían fe en lo mismo que él la tenía: en la ciencia, en la técnica y en la especialización… No se cansaría de hacer hincapié en ello, aun a riesgo de escandalizar a muchos. La Alemania del III Reich -él pudo comprobarlo en la zona "nacional", en su contacto con médicos alemanes- era partidaria del trabajo de equipo. En el fondo se trataba de la lógica aceptación del hecho de que cuatro ojos veían más que dos. Confiar el progreso a la intuición de un Newton viendo caer una manzana era absurdo. Hacían falta enormes laboratorios, donde escuadras de hombres estudiosos investigaran en común. El trueque era sensacional y probablemente la mayor conquista de la nueva concepción de la política a que había aludido el Gobernador. El hombre aislado era un ser limitado. Un cirujano no podía efectuar toda suerte de operaciones. Gracias a la nueva orientación, podían preverse descubrimientos en cadena que asombrarían al mundo. Los microscopios eran más eficaces que las novenas a San Antonio. Por eso era él partidario de la selección racial. Sí, lo importante de Hitler no era que disminuyese en su territorio el índice de criminalidad; era que estuviera creando una raza sana, capaz de vivir muchos años. La moraleja de todo ello era clara: el día en que el alcalde de Gerona, amante del Renacimiento, se dedicase otra vez a arrancar muelas cariadas, sería más eficaz que si continuaba haciendo donativos al Asilo Municipal. Una ciudad necesitaba más un buen alcantarillado y un matadero moderno que curvas de emotividad. Los estados totalitarios pisaban firme porque no perdían el tiempo ni cantando salmos ni recitando el libro de Job. La vida era materia y era a la materia a la que había que arrancarle sus secretos. Todo lo demás era brujería, folletín… y esclavitud.

– Profesor Civil, ¿puede decirme cuál era la profesión de su padre?

El profesor, que no había perdido una sílaba, contestó con voz firme, que contrastaba con su figura, sentada humildemente a la derecha del Gobernador:

– Era maestro de escuela.;

– ¿Y su abuelo?

– Campesino.

– Ya… -El doctor Chaos añadió, dirigiéndose a todos-: Señores, mi turno ha terminado.

La atmósfera en el coche era densa. En realidad, la intervención del cirujano había impresionado a todos. Sin embargo, ¡hablaba con tanta frialdad! ¿De verdad el cálculo podía sustituir al sentimiento? ¿Por qué, pues, el doctor le daba terrones ¿e azúcar a su perro, Goering?

Por un momento Miguel Rosselló pareció dispuesto a decir algo; pero se le anticipó el Gobernador. El Gobernador se dio cuenta de que faltaba escuchar allí una opinión: la del profesor Civil, hijo de maestro de escuela y nieto de campesino. Era de prever que sería el único disidente. ¿Por qué no darle una oportunidad, aprovechando que el comisario Diéguez no viajaba con ellos?

El camarada Dávila hizo la invitación en regla y el profesor Civil, mirando por encima de sus gafas como si buscara algo perdido -acaso el sentido moderador-, entró gustoso en el juego, no sin antes acariciarse la blanca cabellera; aquella cabellera que en la cárcel le valió ser tomado por sacerdote, hasta el extremo de tener que escuchar en confesión a muchos compañeros suyos detenidos…

El profesor Civil, de formación clásica, construyó metódicamente su breve disertación. Lamentaba no participar del entusiasmo de la concurrencia. Era persona chapada a la antigua -era más viejo que Ciano- y contra eso no podía luchar. "El doctor Chaos ha sido lapidario en este aspecto y supongo que a ello se debe que no me hayan nombrado embajador, sino simplemente delegado de Auxilio Social".

Desde la perspectiva de sus años, que habían visto y sufrido los pañuelos rojos, los extraños casquetes de los milicianos y los cantos al amor libre, no podía menos de aceptar el planteamiento de que había que imprimir un nuevo rumbo a la sociedad. Ahora bien, ¿qué rumbo? ¿Politizar la cultura, como propugnaba el Gobernador? ¿Levantar estadios de mármol como hacía Mussolini? ¿Lanzarse por las carreteras a ciento ochenta quilómetros a la hora, hazaña que encandilaba a Miguel Rosselló? ¿Deificar la ciencia y la técnica, aceptando la premisa de que la vida era exclusivamente materia?

Algo en su interior se resistía a doblar la rodilla ante los Moisés que bajaban del monte con este tipo de Decálogo. La cultura dirigida entrañaba muchos peligros; entre otros, el de que, en un momento determinado, personas como Einstein emigraban al extranjero. La cultura dirigida acabaría poniéndose al servicio del Estado y no del hombre; y eso era grave, a su entender. El ejemplo más vivo era Rusia -nación también totalitaria-, cuyos dirigentes preferían fabricar ingenieros y no criaturas humanas con toda su complejidad. Claro que la masa era ignorante e incapaz por tanto de gobernarse a sí misma; pero tenía corazón, y el corazón era una realidad tan objetiva como el microscopio, como la Aritmética y como el lugar que ocupaba el Ganges. Por otro lado, extirpar de los cerebros, a base de laboratorios y de trabajo de equipo, los salmos y las curvas de la emoción, y llenarlos luego de máquinas y de fórmulas, era quimérico y arriesgado y, en definitiva, sustituir un dios débil, Pero consolador, por otro dios cuadriculado pero triste. Él era humanista, siempre lo fue. Creía en los goces pequeños y humildes. Se sentía más a gusto en el barrio antiguo de Gerona, sobre todo de noche, que rodeado de altas chimeneas, aunque el sol rebotara en ellas. En su casa no tenia siquiera teléfono Y no se decidió a comprarle a su mujer una plancha eléctrica hasta tanto no se convenció de que el artefacto no hacía el menor ruido. ¡Todo ello era risible! Aceptado. Ahora bien, ¿y la posibilidad de sentarse en una butaca y ver mecerse la hierba? ¿Tendrían tiempo los ingenieros que centraran su ilusión en el progreso de sentarse en una butaca y de ver mecerse la hierba? ¿Y el espíritu, no existía el espíritu? Cristo habló de la mansedumbre, lo que no le impidió realizar milagros más espectaculares que los de los médicos alemanes en la zona "nacional". Mantener el orden público… ¡De acuerdo! ¡Que el general Sánchez Bravo viviera muchos años! Pero colocar un policía al lado de cada alma era una agresión; una agresión, y un despilfarro para el Ministerio de Hacienda… Inculcarle una fe al pueblo… ¡Santa consigna! Pero una fe en algo que fuese perdurable; por ejemplo, en la Revelación y en la tranquilidad de conciencia. ¿Podría estar tranquilo de conciencia quien eliminara a los débiles, en nombre de una raza mejor? La tierra no sería nunca un paraíso. Mientras hubiera un hombre existiría el dolor. Por ello él se tenía por mucho más realista que el científico doctor Chaos, cuyo propósito, al parecer, era desterrar el amor y descubrir la anestesia universal. En su opinión, podía crearse una sociedad teóricamente perfecta pero cuyos individuos se sintieran terriblemente esclavizados. Y es que, por debajo de las planificaciones, existía la intimidad, es decir, lo insobornable. Por su parte, nunca había podido olvidar un proverbio árabe que leyó en la escuela, y que decía: "El gallo ha de cantar, pero la mañana es de Dios".

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