Conchi, con la copita en la mano, preguntó:
– ¿Y Carmen? ¿Dónde está?
– Se quedó en Bilbao, con su madre y sus hermanos. Se encontraba un poco cansada del viaje…
– Ya…
Paz se interesó por Ignacio y por Pilar.
– Están bien, muy bien. Os traigo recuerdos de su parte.
Los preámbulos se prolongaron más de lo debido. Nadie se atrevía a entrar en materia. Por fin Matías se sirvió otra copita y decidió abrir brecha.
– Bueno… -empezó-, ¿por qué no hablamos ya de vosotros? -Dirigióse a Paz-. Tu última carta… Por favor, contadme cuál es exactamente vuestra situación.
Paz se pasó la mano por su larguísima cabellera. Mientras, Matías vio a Manuel a su derecha, encogido e intimidado, y le acarició la cabeza.
La actitud de Matías era tan diáfana que todo empezó a discurrir como sobre una pista asfaltada. Por turnos, Conchi y Paz fueron contándole lo que les ocurría. Naturalmente, no era cosa de insistir sobre "el asesinato" que cometieron los de Falange. "Lo mismo que lo de César, ¿comprendes?". Ni siquiera habían encontrado el cadáver de Arturo…
Ahora bien, ellas llegaron a suponer que, una vez finalizada la guerra, las dejarían tranquilas. Que podrían trabajar e ir tirando. Pero no había sido así. Continuaban marcadas por una palabra que valía por todas: 'rojas'. Eran 'rojas' y ello les cerraba todas las puertas. Consiguieron colocar a Manuel de aprendiz en una droguería, pero el chico ganaba una miseria. Paz, no había modo. Donde fuere le pedían los dichosos avales, lo que en Burgos equivalía a pedir la luna. La chica era conocida, sobre todo porque durante la guerra anduvo espiando por los cafés. Las dos habían conseguido algún que otro trabajo aquí y allá, pero sin puesto fijo y sin perspectiva de tenerlo. Así que ya nada les quedaba en el hogar que pudieran empeñar o vender…
Matías aguantó con serenidad el interminable desahogo de las dos mujeres. Llegó a Burgos preparado para ello. Ahora bien, en cuanto le fue posible, en cuanto le dieron pie, atajó su verborrea y les dijo:
– Os comprendo perfectamente… Comprendo todo lo que queréis decirme. Por desgracia, los españoles somos así, hemos nacido para sepultureros…
Intervino Paz.
– Por eso nos ha alegrado tanto que vinieras.
Matías la miró.
– ¿Es que crees que yo puedo hacer algo?
– Tal vez sí… -Paz hizo un gesto-. Por lo menos, darnos tu opinión…
– ¿Sobre qué?
– Sobre un proyecto que se me ha ocurrido.
La muchacha se explicó. Su idea era ir a Madrid -de momento sólo ella- a probar suerte.
– Tal vez encuentre trabajo en algún bar…
Matías arrugó el entrecejo.
– Varias familias de aquí -continuó Paz- que estaban en la misma situación, se fueron ya… Y parece que en Madrid se abren camino.
Matías continuaba callado.
– ¿Por qué pones esa cara? Madrid es una gran ciudad, ¿no?
– Sí, desde luego…
Matías no lo veía claro. Pensaba en la dificultad de encontrar piso; en los "dichosos avales", que también allí les exigirían; y en los peligros que correría Paz… La muchacha era muy guapa -Ignacio no había exagerado un ápice, pese a lo que creía Pilar- y su larga cabellera rubia llamaría la atención.
– ¿A ti qué te parece? ¿Ves una posibilidad?
Matías preguntó:
– ¿Conoces a alguna de esas familias que se fueron?
– Sí.
– ¿Y tienes sus señas?
– Ahora mismo, no. Pero puedo tenerlas.
El hombre vio de nuevo a su lado a Manuel, con cara expectante, y volvió a acariciarle la cabeza. En seguida, giró la vista en torno. Ahora el comedor le pareció mucho más mísero que al principio. Un papel matamoscas colgaba de la lámpara, ésta con una sola bombilla. Y todo estaba sucio y descuidado.
Por fin cabeceó varias veces consecutivas.
– Tal vez no sea mala idea… -dijo, al fin-. Podrías probar… -Marcó una pausa. Y de pronto, exclamó-: ¡Si yo pudiera…!
– ¿Qué? -preguntaron al unísono Conchi y Paz.
– No sé… Que algún conocido nuestro te echara allí una mano… -Los rostros de las dos mujeres se inmovilizaron-. Pero de momento, no veo… -Súbitamente exclamó-: ¡Maldita política!
Paz comprendió… Y reaccionó bien.
– No te apures por eso. Me basta con que veas una posibilidad.
Matías añadió:
– Pensaré, pensaré… Es decir, en cuanto regrese a. Gerona pensaremos todos…
Conchi hizo un ademán escéptico.
– La verdad es que sólo confiamos en ti. Ignacio vino a vernos y luego se fue al frente, y ni siquiera nos escribió una carta.
– Sí, ya lo sé. Pero eso no significa nada -defendió Matías-. Puedo juraros que hará también lo que pueda.
En ese momento, inesperadamente, Conchi se llevó las manos a la cara y estalló en un sollozo. "¿Por qué todo esto, por qué?".
Matías miró a su cuñada. Era poco agraciada y, cuando se violentaba, su expresión adquiría una extrema ordinariez. Ahora tenía los ojos sanguinolentos y las horquillas clavadas en el moño estaban a punto de caérsele.
En cambio, Paz… Y el pequeño Manuel…
– Vamos a hacer una cosa -decidió Matías-. Yo os he traído una pequeña ayuda. Todo lo que he podido… No es mucho. Pero bastará para el viaje de Paz y para los primeros gastos.
– El tono de Matías era ahora seguro e infundía confianza-. Si la cosa sale mal, me escribís en seguida… ¿Estamos? Y buscaremos otra solución. Lo único que puedo deciros es que no os abandonaremos… Os doy mi palabra.
Paz se levantó y acercándosele le dio un abrazo y lo cubrió de besos.
– Gracias, tío Matías… Gracias…
Matías se emocionó. La actitud de Paz había sido certera. El hombre no podía con su alma. Era preciso romper aquello.
– ¡Lo dicho! -exclamó, procurando sonreír-. Llevamos el mismo apellido, ¿no es eso?
– Es cierto. Alvear…
– ¡Pues, a por otra copita! Y van tres… ¡Anda, sírvela tú, Manuel! Por cierto, ¿cuándo oiré tu voz?
Manuel abrió sus ojos -¡eran los ojos de Pilar!- y se apresuró a coger la botella de anís. Pero el pulso le temblaba y no acertaba a llenar la copita.
– ¡Pues sí que estamos apañados!
El clima de la reunión había cambiado. Un rayo de luz había entrado por el balcón del comedor. Paz, que seguía en pie, dijo: "¡Te quedarás a almorzar! Y nos contarás cosas…" por desgracia, no habría ni siquiera vino para celebrar aquel reencuentro; pero pondrían en la mesa un mantel limpio y la mejor voluntad.
Matías suspiró.
– Si queréis, os ayudo en la cocina.
– ¡Tú quieto ahí!
Conchi se encargó de todo.
Y entretanto, Matías charló con Paz y con Manuel. Paz le encantó. ¡Lástima que vistiera tan mal y que no supiera desplegar el pañuelo al sonarse! Pero era incuestionable que, en otro ambiente, pronto refinaría sus modales. Un tanto soberbia -¿era eso un defecto?-, pero tenía la fascinación que tuvo Olga en otros tiempos.
En cuanto a Manuel, imposible sacar la menor conclusión. Apenas si el muchacho pronunció un par de frases. Sólo en un momento determinado, con ocasión de mencionar Matías algo de Gerona, el muchacho se levantó con decisión en busca de algo y regresó con un Atlas pequeño, en el que localizó en seguida, en el mapa de España, la ciudad… "Aquí está", murmuró el chico, señalándola con el índice. Y seguidamente acarició con la mano la mancha azul del mar, que en el mapa colindaba con el nombre de Gerona.
La frugal comida estuvo lista en un santiamén. Conchi se excusó otra vez: "No tenemos otra cosa, ¿te haces cargo?".
Fue un almuerzo menos triste de lo que hubiera podido esperarse. Matías se las ingenió para enderezar poco a poco la conversación. Hablaron de "tío Santiago", que también murió en Madrid, y ¡cómo no! de José Alvear, a quien Paz había conocido en una ocasión y que le pareció "muy simpático". "Por Toulouse anda -informó Matías-, haciéndose llamar monsieur Bidot". A Matías le hubiera gustado saber si Paz había tenido novio, pero por una timidez absurda, no se lo preguntó.
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