El Gobernador se sentía tan a sus anchas, que empezó repartiendo suspiros de satisfacción y caramelos de eucalipto. "¿No vamos todos a Barcelona a aplaudir al conde Ciano? ¡El eucalipto, si no estoy mal informado, simboliza precisamente la gratitud!". Todos aceptaron con agrado, excepto Miguel Rosselló, que dijo: "Perdona, pero esos dichosos caramelos huelen a demonios".
Sí, tal vez el camarada Rosselló iba a constituir la nota violenta. Se le veía concentrado en el volante. Desde que su padre había sido juzgado, continuaba cumpliendo con sus obligaciones, pero no hablaba apenas y si lo hacía era con acritud. Por otra parte, la mañana se alzaba gloriosa en la carretera y en los campos, y resultaba difícil sustraerse al encantamiento. Algunos pueblos habían repuesto ya las campanas en la torre de la iglesia y los árboles del trayecto decían, una letra en cada árbol: "Gibraltar para España". El camarada Rosselló usaba guantes para conducir, pese al calor. Había comprobado que sin ellos las manos le resbalaban. Y por supuesto, estimaba que fumar conduciendo era también peligroso. De modo que avanzaba prietos los labios, sólo emitiendo de tarde en tarde algún que otro silbido.
Llegados a Fornells de la Selva, el Gobernador optó por empezar a hablar de lo humano. Se dirigió al profesor Civil y le preguntó por su esposa, a la que más de una docena de veces había prometido visitar.
– Profesor, si no es indiscreción, ¿cuál es exactamente la enfermedad que aqueja a su esposa?
El profesor Civil tosió, como si la pregunta lo hubiera azorado.
– ¡Bueno! Mi esposa… pasó mucha hambre. Es difícil explicar lo que le ocurre. Pero el doctor Chaos me ha dado esperanzas. Me ha dicho que se pondrá bien. El doctor Chaos asintió con la cabeza.
– ¡Claro que se pondrá bien! No es nada grave. El Gobernador le preguntó luego si era cierto que, durante su estancia en la cárcel, en período 'rojo', grababa con la uña "cruces" en la pared encalada.
– Pues sí… -aceptó el profesor-. Era un truco corriente… Grabar esas cruces nos servía de consuelo y contra ellas los milicianos no podían hacer nada.
El Gobernador observó que el profesor Civil llevaba todavía larga, sin recortar, la uña del pulgar, como algunos taponeros. Intervino 'La Voz de Alerta'.
– ¿Sabe usted, profesor, la suerte que han corrido esas cruces que usted marcó?
– No… ¿Qué ha pasado?
– Los detenidos del Seminario han rectificado sus extremidades y las han convertido en hoces y martillos… Naturalmente, utilizando también las uñas.
El profesor Civil se quedó estupefacto. El doctor Chaos contrajo la frente y, al hacerlo, su boca tomó la desagradable forma de un piñón.
El doctor Chaos aprovechó la ocasión para comentar, en tono más bien jocoso, que los españoles eran agresivos por naturaleza. "Durante la guerra se lanzaron más "mueras" que "vivas" y, según los observadores militares extranjeros, nuestros soldados demostraron ser mejores atacando que defendiendo".
El Gobernador, a quien se le había metido en la cabeza la desazonante idea de que su hijo Pablito hacía algunos gestos idénticos al doctor Chaos, dijo:
– Serían observadores ingleses o franceses, supongo… El doctor Chaos miró con aire divertido a su interlocutor. En ese preciso instante cruzó veloz, casi rozándolos, un camión, y el camarada Rosselló, asomando la cabeza por la ventanilla, gritó: "¡So bruto! ¡Carcamal!". El exabrupto del muchacho fue tan espontáneo que el doctor Chaos miró a todos como diciendo: "Huelgan comentarios".
'La Voz de Alerta' se quitó las gafas de montura de oro y limpió los cristales con una gamuza que llevaba a propósito.
– Mi criada, Montse -explicó, imprimiendo al diálogo un viraje inesperado-, define muy bien eso de la agresividad. Cuando una persona le desagrada, dice: "Nada más verla, me entran dolores aquí". Y se toca el vientre.
El doctor Chaos soltó una carcajada. Miró a 'La Voz de Alerta'.
– Amigo mío, ¿puedo preguntarle si siente usted con frecuencia dolores en el vientre?
'La Voz de Alerta' se puso con calma las gafas y con calma devolvió la mirada al doctor.
– Pues sí… -aceptó. Y seguidamente, plagiándolo, repitió-: ¿Cómo lo ha adivinado usted?
El doctor Chaos volvió a encogerse de hombros.
– Uno de los deberes de todo médico es diagnosticar con rapidez.
Aquel peloteo hacía las delicias del Gobernador. ¡Oh, sí, el viaje iba siendo tal y como lo imaginó! Lástima que la anormalidad sexual del doctor Chaos le resultara ahora tan evidente. Sin embargo, ¿por qué tomárselo a la tremenda? Recordó las palabras de María del Mar, su esposa, al enterarse de ello. María del Mar lo encontró divertido. "Conque, ésas tenemos, ¿eh? Deberías organizarle un cursillo en la Sección Femenina".
– Doctor Chaos -intervino el Gobernador, sacando su tubo de inhalaciones-, puestos a diagnosticar con rapidez, ¿a qué atribuiría usted que el conde Ciano, en su último viaje a Berlín, se resistiera a cuadrarse ante la estatua del Hombre Alemán desnudo?
El doctor Chaos sonrió. Sonrió con naturalidad extrema.
– Muy sencillo -contestó-. Complejo de inferioridad…
– ¿De inferioridad? ¿Por qué?
– El conde Ciano, como buen meridional, es bajito…
Llegados al pueblo de Arenys de Mar, coincidieron con una concentración de autocares que se dirigían también a Barcelona a esperar al conde Ciano. Ello y el enorme lienzo que cruzaba de parte a parte la carretera y que decía: "¡Viva Franco! ¡Viva Mussolini! ¡Viva Ciano!" -los "muera" no aparecían por ninguna parte- hizo que los cinco viajeros se enfrascaran en un apasionado diálogo en torno al tema del día: los sistemas totalitarios. De hecho, cada uno hizo algo así como una declaración de principios.
Fue el Gobernador quien abrió el debate, mostrándose, por supuesto, enteramente identificado lo mismo con el mecanismo de la Italia fascista que con el de la Alemania nazi. "Algo tendrán, ¿verdad? Progresan a un ritmo históricamente desconocido hasta ahora".
En su opinión, una de las aportaciones más destacables de estos sistemas era lo que sus adversarios llamaban "politizar" la cultura, pero que él definía como "elevar las cosas que afectaban a la Patria al nivel que pudieran tener las Matemáticas, la Gimnasia o la Química".
– ¿Es que la cultura ha de ser neutra? Yo opino que no. Me parece muy bien que se enseñe a los chicos dónde está el Ganges y que amor se escribe sin hache; pero al propio tiempo hay que enseñarles lo que la Patria ha sido y, sobre todo, lo que ha de ser. Los pintores antiguos pintaban para la Corte, como muy bien sabe nuestro querido alcalde, ¡y no lo hacían del todo mal! De modo que me parece perfecto que se inculque al pueblo algo más que conocimientos. Por encima de éstos, hay que darle una fe. Aunque ello obligue a prescindir de algún que otro nombre como Voltaire…
– No se trata de instruir, sino de educar -remachó, inesperadamente, Miguel Rosselló.
El Gobernador le miró, sorprendido.
– Tú lo has dicho.
Sí, el camarada Rosselló acababa de romper su obsesivo silencio. ¿Qué le había ocurrido? Tal vez se estuviera cansando de pasarse los días meditando rencores. Tal vez el pensar que vería al conde Ciano le hizo olvidar el Penal. Como fuere, después de declarar, con rotundidad que asombró a todos, que Voltaire le caía gordo, ciñéndose a sus aficiones dedicó una parrafada a los coches de carrera que, a las órdenes de Mussolini, fabricaban los italianos.
– Son los más seguros, los de línea más estilizada y, desde luego, los más veloces -afirmó-. Me pregunto si ello no significa que Italia está dispuesta a llegar muy lejos.
El Gobernador miró de nuevo a su secretario, como se mira a un chaval ingenuo y travieso, y prosiguió diciendo que otra de las aportaciones totalitarias dignas de mención era el mantenimiento del orden público. El concepto no era nuevo -él mismo lo había repetido hasta la saciedad-, pero tenía una vigencia trascendental. Las democracias, con su falsa noción de la libertad, invitaban a la masa a transgredir la ley y a alborotar las calles; a alborotarlas frecuentemente con disparos. "Si creemos que todo el mundo tiene derecho a utilizar armas, estamos perdidos. Se empieza por cazar pájaros y se termina cazando a las madres que llevan sus hijos al parque". Mantener la disciplina, el sentido jerárquico, y someter los instintos del pueblo, a la larga creaba un sentimiento de solidaridad apto para cualquier empresa de alta temperatura. El pueblo abandonado a sí mismo desembocaba fatalmente, como quedó demostrado en España, en lo irracional. Aparecían pañuelos rojos, extraños casquetes y se entronizaba el amor libre. Mussolini, a base de policías, estaba a punto de acabar con los bandidos sicilianos y Hitler había conseguido que en Alemania transcurrieran días e incluso semanas sin apenas asesinatos y robos.
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