José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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A los postres -una diminuta manzana para cada uno-, Matías consiguió incluso arrancar de las dos mujeres una carcajada.

– ¿A que no sabéis -preguntó- en qué se parecen los billetes a los aviones?

– No…

– ¡En que pasan volando!

Sirvióse el café, que Paz sacó de no sabía dónde, pero resultó que en toda la casa no apareció un gramo de azúcar. "La cocina es un desierto", explicó la muchacha, con expresivo ademán.

Después del café a Matías le entró un invencible sopor, debido quizás al cansancio del tren, ¡y echó unas cabezadas! Entonces Manuel entornó incluso los postigos del balcón… Y Paz y Conchi aprovecharon -la siesta duró un buen cuarto de hora- para cambiar impresiones, frenéticamente, en la cocina. Gesticulaban a sus anchas, ante las miradas esquinadas de Manuel, quien se preguntaba de qué estarían hablando.

En cuanto Matías despertó y preguntó, azorado: "¿Dónde me encuentro?", vio, de pie delante de él, a su cuñada y a Paz, con semblante risueño. ¿Qué había ocurrido?

– Hay que ver… -dijo Paz-. No has parado de roncar. Y roncas como mi padre…

Matías se restregó los ojos. A gusto hubiera pedido un poco de agua de colonia, pero se abstuvo.

– ¡Brrr…! -hizo, ahogando con la mano un bostezo. Luego dijo-: Perdón…

Paz le propuso:

– Si quieres, te enseño la galería de atrás. Es lo único alegre de la casa: tiene unos tiestos de geranios…

A la hora del tren, Paz y Manuel acompañaron a Matías a la estación. Salieron con él a la calle y lo colocaron en medio, andando a buen paso. Paz tomó a su tío del brazo. Era evidente que la muchacha gozaba yendo a su lado y que la alegraba que las vecinas, que habían salido a husmear, pudieran pensar "que había alguien que se ocupaba de ellos".

Llegados a la estación, Matías propuso abreviar la despedida. Así se hizo. El hombre besó a Paz y a Manuel. Y a éste le preguntó, en el último momento:

– ¿Y qué aficiones tienes tú, Manuel?

Y Manuel contestó, rápidamente:

– Me gustaría ver el mar.

Matías abrazó de nuevo a sus sobrinos y, acto seguido, entregando el billete, penetró en el andén. Aquello los separó definitivamente. Matías se acercó al tren y anduvo inspeccionando los coches, buscando uno tranquilo. Por fin lo encontró. Antes de subir volvió la cabeza y saludó a Paz y a Manuel -¡qué lejos quedaban ya!- quitándose, en ademán peculiar, el sombrero…

Subió a! tren y desapareció. Y entonces Paz, como si sus nervios cedieran de golpe, se pasó la mano por la frente y se sentó meditabunda en uno de los grasientos bancos de la estación.

Manuel se le acercó solícito y le preguntó:

– ¿Te encuentras mal?

Matías llegó a Bilbao sin avisar y se presentó de improviso en el taller de la abuela Mati. Era media mañana. Los encontró a todos empaquetando muñecas, a excepción de Jaime, que estaba en cama todavía, pues a la noche salía muy tarde del Frontón Gurrea.

– ¿Qué, cómo ha ido?

Matías encontró a Carmen Elgazu extraordinariamente pálida y con ojeras. Carmen se hizo la tonta, no quiso decirle que de un tiempo a esta parte venía notando punzadas en el vientre, Pues ella lo atribuía a achaques naturales a su edad.

Matías contestó a su anterior pregunta.

– Pues… regular. Me alegro de que no vinieses.

Carmen Elgazu lo miró, interrogante.

– ¿Tienen trabajo?

– Difícil… Paz se irá a Madrid, a probar fortuna.

– ¿A probar fortuna?

– La verdad es que no creo que esté ahí la solución -añadió Matías-. De modo que… hay problema.

Carmen Elgazu vio preocupado a Matías y se preocupó a su vez.

– ¿Y qué crees tú que se puede hacer?

– No sé…

– ¿Cómo es Conchi?

Matías hizo un gesto ambiguo. Y acto seguido dio a entender que si Paz fracasaba en Madrid habría que echarles una mano. "Les he dicho que no les abandonaríamos, que llevan nuestro apellido".

Carmen Elgazu lo miró.

– Bien… Pues, llegado el caso, hacemos lo necesario, ¿no te parece?

– No queda más remedio.

Matías hubiera deseado que Carmen fuese más expresiva, pero comprendió que no podía forzarla a ello. Entonces miró por enésima vez el retrato del abuelo, Víctor Elgazu Letamendía. Había algo duro en él. Debió de ser un hombre de filias y de fobias.

Pero la escena terminó ahí, pues la abuela Mati, en aquel momento, entró en el taller y viendo que las muchachas que ayudaban a Josefa y a Mirentxu se habían traído consigo un montón de tebeos, golpeó el suelo con el bastón y barbotó: "¡Majaderías!".

Matías, oyéndola, se olvidó de Burgos y sonrió.

CAPÍTULO XIV

Confirmóse que el conde Galeazzo Ciano, Ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno fascista italiano y yerno de Mussolini, llegaría a Barcelona el día 10 de julio. La consigna de Madrid fue: "El recibimiento ha de ser apoteósico".

Mateo puso manos a la obra y desencadenó un alud de propaganda como no se recordaba otro igual. "¡Todo el mundo a Barcelona! ¡Gerona ha de dar ejemplo! ¡Hay que llenar dos trenes especiales y todos los autocares que hagan falta!".

Pronto se vio que la provincia respondería, como siempre, a la llamada. Continuamente llegaban a Falange inscripciones de los pueblos. Al propio tiempo, en la Sección Femenina se confeccionaban escudos e insignias con los retratos de Franco, de Mussolini y de Hitler y se preparaban ramos de flores, uno de los cuales sería entregado personalmente por Marta al conde Ciano. Los chicos de las Organizaciones Juveniles se calaron la boina roja y ensayaron varias veces los himnos de rigor, sobre todo 'Cara al Sol' y 'Giovinezza'. En cuanto al Gobernador Civil, camarada Dávila, publicó un mensaje en Amanecer que terminaba diciendo: "Será una jornada histórica".

Llegó la jornada histórica. Las altas jerarquías emprendieron temprano el viaje, en dos coches oficiales -el del Gobernador y el de Mateo-, con temblorosas banderitas en el radiador. La enfervorizada masa salió más temprano aún, acomodada en varios autocares y, por supuesto, en dos trenes especiales, la mayor parte de cuyos vagones, por obvios motivos de escasez de material, eran de ganado. Marta, dando ejemplo, quiso ir con sus subordinadas en uno de esos vagones, acompañada por Pilar, por Asunción, por las delegadas locales de algunos pueblos y por las hermanas Rosselló. Vagón asfixiante, que olía a cordero, pero en el que todo serían canciones y buen humor.

En el coche del Gobernador, que conducía el camarada Rosselló, iban nada menos que el doctor Chaos, el profesor Civil y 'La Voz de Alerta'. En el coche de Mateo iban José Luis Martínez de Soria, Jorge de Batlle, el capitán Sánchez Bravo, ¡y mosén Falcó, en representación del señor obispo! Ignacio, por esa vez, no estaría presente en el patriótico acto… La víspera se había trasladado a Perpiñán, en compañía del coronel Triguero.

El Gobernador, cuyo potente coche se despegó en seguida -Mateo, a la salida de Gerona, al verlo salir zumbando, sacó la mano por la ventanilla y dijo "abur"- se sentó como solía hacerlo: echando el estómago para atrás, al objeto de reforzar sus músculos abdominales.

No era casual que los ocupantes del coche del Gobernador fueran precisamente los citados. Uno de los ejercicios favoritos del camarada Dávila era éste: reunir, en lo posible, a unas cuantas personas inteligentes, con las que poder dialogar sobre lo divino y lo humano.

En tal ocasión no cabía la menor duda de que se despacharía a gusto. ¡"'La Voz de Alerta'"! ¡El doctor Chaos! ¡El profesor Civil! En conjunto, representaban un importante sector de la intelectualidad gerundense, aunque cada cual a su modo. 'La Voz de Alerta' era el énfasis, no exento de precisión; el doctor Chaos, la agudeza, con un punto de crueldad; el profesor Civil, la voz de la experiencia.

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