José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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– Pero mi novio no es mutilado, como tú…

– ¡Psé! ¿Cuántos meses estuvo en el frente?

– No sé… Quizás… un año.

– Aprobado. ¡Te lo digo yo! -Y el mutilado se alejó, haciendo sonar su pata de palo.

En el Estadio, el festival fue apoteósico. En la tribuna, ocupada por militares, de alta graduación y por gobernadores civiles, sentóse el camarada Dávila. El resto de las jerarquías gerundenses se repartió por los palcos. Mateo se las arregló para coincidir con sus antiguos camaradas Salazar y Núñez Maza, ahora mandos nacionales, ¡los cuales acompañaban precisamente a Aleramo Berti, el que fue Delegado del Fascio en Burgos!

Salazar, con su cachimba, y Núñez Maza, corriendo de acá para allá con su micrófono portátil, trataron a Mateo con la efusión de siempre y le felicitaron por su labor en Gerona, "provincia siempre difícil, por lo del separatismo y tal". En cuanto a Aleramo Berti, que había llegado a Barcelona con el séquito de Ciano, en calidad de intérprete, mientras sobre el verde césped del Estadio tenían lugar exhibiciones gimnásticas y tocaban las bandas de música, les dijo a todos que Ciano era, dentro del Gobierno romano, pacifista a ultranza y partidario de que la colaboración de Italia con Alemania no llegara hasta el extremo de unirse incondicionalmente a su suerte. Mateo se quedó estupefacto. Núñez Maza lo miró y le dijo: "Que nada de esto salga de aquí. En Gerona, ni un comentario". Mateo asintió: "Descuida".

'La Voz de Alerta', que no se había separado del capitán Sánchez Bravo, se sintió a gusto en su compañía. En cambio, sin saber por qué, le desagradó la actitud del joven consiliario de Falange, mosén Falcó. Mosén Falcó, nervioso, excitado y con la cara llena de granos, mostraba un entusiasmo delirante. Vociferaba y miraba a Ciano como si fuera la encarnación de la Verdad. Por lo demás, sudaba a mares y se abanicaba con un ejemplar de la revista 'Aspa', en cuya portada se veía al mariscal Goering arengando a la multitud. 'La Voz de Alerta' se preguntó si debía o no debía dar cuenta a su amigo el obispo de las exageraciones en que incurría mosén Falcó.

El Gobernador saludó también a Salazar y a Núñez Maza, y cambió impresiones con Aleramo Berti, quien había adoptado un aire un poco distante. Pero dedicó el mayor tiempo a observar lo mejor que pudo a Ciano, sin llegar a ninguna conclusión… ¿Qué pensaría éste, en su intimidad, de aquel homenaje, de aquel fervor? Tal vez que España, cansada de sufrir, tenía ahora hambre de expansiones rutilantes. Tal vez que el pueblo español se parecía sustancialmente al italiano, por la sencilla razón de que ambos se habían forjado a orillas del mismo mar, de aquel mar que tanto respeto inspiraba al profesor Civil. Sin embargo, ¿existía alguna similitud entre los jefes que gobernaban a uno y a otro pueblo? ¿Consideraba Ciano a Franco un gran general? ¿O creería -como Aleramo Berti había dado a entender- que la guerra de España la había ganado el Duce?

Las banderas ondeaban allá arriba, en el cielo mediterráneo.

El regreso a Gerona, ya entrada la noche, fue penoso debido al cansancio. Las chicas, en los trenes especiales, encontraron mucho más inhóspitos los vagones de ganado. Marta, que en el Estadio no cesó de vitorear y aplaudir, se quedó profundamente dormida en el hombro de Antonia Rosselló. Pilar, por su parte, alternó las cabezadas con el recuerdo de la frase que Mateo le dedicó en la estación: "¡Te veré el día de la boda!".

En la carretera, en el coche del Gobernador, éste y 'La Voz de Alerta' dormían también a pierna suelta. En cambio, el doctor Chaos y el profesor Civil permanecían despiertos. Lo que aquél aprovechó para decirle a éste, resumiendo las impresiones de la jornada: "¿Se ha convencido usted? Formamos un rebaño…"

El mar, de noche, era negro. De una oscuridad majestuosa. Sólo allá lejos titilaban las luces de las barcas de pesca, que invitaban a soñar.

El profesor Civil lamentaba, ¡ahora sí!, que el coche no fuera italiano, de carreras, uno de los que Miguel Rosselló admiraba tanto. El profesor Civil llevaba ya dieciséis horas sin ver a su esposa y ansiaba llegar a Gerona para saber qué tal seguía y para servirle en la cama el consabido tazón de leche.

CAPÍTULO XV

Ocho días después se celebró en Gerona el 18 de Julio, aniversario del Alzamiento. El Gobernador tenía razón al quejarse de que los actos oficiales le restaban demasiado tiempo. Se encadenaban unos con otros como los amores en época de celo.

Gerona celebró la festividad por todo lo alto. A primera hora, misa en la Catedral, oficiada por el señor obispo. Comulgaron, además de las "fuerzas vivas" de la ciudad, quinientos soldados, encabezados por el general. Esos soldados habían sido invitados a confesarse la víspera, al anochecer, con lo que la Andaluza calculó que su negocio habría perdido alrededor de las mil pesetas.

El doctor Gregorio Lascasas, en su obligada plática, calificó una vez más la guerra española de "legítima" y de "santa", apoyándose en textos de León XIII, de Saavedra Fajardo, de Santo Tomás de Aquino y del cardenal Gomá. De Santo Tomás citó la frase: "Son alabados aquellos que liberan a la multitud de una potestad tiránica". El general, que escuchó con mucha atención, en un momento dado tuvo plena conciencia de que su propia formación religiosa era harto deficiente. Por más que hizo, no consiguió acordarse de los nombres de los cuatro evangelistas; San Lucas se le escapaba, sin saber por qué.

El segundo acto importante de la jornada lo constituyó el marcial desfile que tuvo lugar a mediodía, bajo un sol de plomo, delante de la Tribuna Presidencial, instalada en la Rambla. Para levantar dicha Tribuna fueron utilizados los maderos y las sillas que antaño habían servido para tocar sardanas.

El desfile fue un éxito: todo reluciente y sincronizado. Brotaron "vivas" al Ejército, incluso del balcón de los Alvear, y las chicas de la Sección Femenina anduvieron clavando banderitas como en su día las hijas del Responsable. Nota emotiva fue el paso de todos los Caballeros Mutilados de la provincia, entre los que destacó, con su manga flotante, Agustín Lago, quien vestido de uniforme parecía más vulgar. El general habló a la multitud. Y esta vez fue el obispo quien, escuchándolo, se dio cuenta de que carecía totalmente de educación militar. Hubiera sido incapaz de distinguir entre un fusil y un mosquetón. "Tal vez nos conviniera.-pensó, mirando al general- darnos clase mutuamente".

Terminado el desfile, le tocó a doña Cecilia protagonizar la mañana gloriosa. Al final de la Rambla se había instalado una mesa petitoria al objeto de recaudar fondos para luchar contra la tuberculosis. El doctor Chaos tenía muchas dudas sobre el resultado de la operación; pero doña Cecilia creía firmemente "que el pueblo gerundense respondería a la llamada", y acertó. Las damas que figuraban en la presidencia, además de la esposa del general, eran María del Mar; la madre de Marta; Esther; la viuda de don Pedro Oriol y la esposa del notario Noguer. Había otra mujer en Gerona que a gusto hubiera formado parte de la Comisión, pero que no fue admitida: la "guapetona Adela", la esposa de Marcos. Sí, Adela se había ofrecido para sentarse a la mesa, pero se llevó el gran chasco. "¿Esposa de un depurado? ¡Ni hablar!", fue la reacción unánime. Adela, que tenía sus ahorrillos y que ambicionaba introducirse en la buena sociedad, se llevó el gran berrinche. "Por tu culpa -increpó a su marido- no puedo ir a ninguna parte. ¿Por qué te metiste en política, di?". Marcos, acomplejado más que nunca, contestó: "Jugué y perdí. ¡Qué le vamos a hacer!".

Doña Cecilia, que se había preparado convenientemente para presidir la mesa petitoria -la víspera, y según costumbre, había mandado a Nebulosa, el asistente del general, a que le guardara turno en la peluquería de señoras-, fue objeto de constantes halagos. "¡Está usted preciosa, doña Cecilia! -le dijeron las damas acompañantes-. ¿Cómo se las arregla para que todo le luzca tanto?". Doña Cecilia rechazó de plano tales halagos. "Por favor, mis queridas amigas -dijo, sin quitarse los guantes blancos-, aquí lo importante es conseguir una buena recaudación".

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