José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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El primer número del programa consistió en una sesión de patinaje artístico -una pareja contratada en Barcelona-, que dibujó arabescos en la pista y que arrancó grandes aplausos. Luego, inmediatamente, el plato fuerte: danzas y cante flamencos. El éxito fue apoteósico. Los trajes de lunares revolotearon como grandes mariposas borrachas, mientras las guitarras bordoneaban y los cantaores, extraídos de la colonia andaluza habitaba en el castillo de Montjuich, le sacaban gran partido a las penitas del alma.

El gran triunfador fue un gitanillo de unos trece años, de mechón negro sobre la frente, ignorado hasta el momento. Hizo diabluras bailando e improvisó un zapateado que electrizó a la concurrencia. Era protegido del patrón del Cocodrilo, que lo había rescatado de los cubos de basura, le daba de comer en el bar y le había sugerido un afortunado nombre artístico: "El niño de Jaén". Marta, que se presentó de repente con su escolta de muchachas, se quedó atónita al oírle tocar las castañuelas. Ni que decir tiene que los campesinos bajados de la aldea y las sirvientas acabaron acompañándolo con palmas y gritos de "¡Ole tu mare!". El Delegado de Sindicatos, camarada Arjona, le dijo a Marta: "Esa gente olvidará en cuatro días las sardanas y acabará bailando por soleares". Marta le objetó: "No seas tan optimista. Lo que pasa es que ese gitanillo es un huracán".

Luego, el "gran baile". ¡Ah, los "productores" estaban de suerte! Eran los mimados de la hermosa jornada patriótica. Subió al tablado, expresamente para ellos, la Gerona Jazz, capitaneada por su director, el popular "Damián", que era el trompeta solista. Un músico con ideas nuevas, lo que demostró presentando la increíble novedad: un micrófono. Cuando Damián lo tomó en su mano como si fuera a estrangularlo y anunció, con gran solemnidad: "¡Distinguido público, para empezar, un pasodoble!", sus palabras resonaron como un trueno y los obreros tuvieron la íntima sensación de que realmente empezaba para ellos una nueva era.

La enorme pista que había servido para patinar llenóse de parejas: albañiles, mecánicos, obreras de la fábrica Soler, Montse, la criada de 'La Voz de Alerta', ¡tantos y tantas! La Gerona Jazz situaba en trance a aquellos hombres y mujeres, cuyas mejillas se acercaban como atraídas por un imán. Y cuando Damián elevaba al cielo su trompeta, los más sensibles a la música paraban de bailar y se quedaban mirándolo sin saber si el artista se había quedado definitivamente en éxtasis o si se caería muerto de un colapso.

El baile de los "productores" significó un gran consuelo para el camarada Arjona, Delegado de Sindicatos, a quien el Gobernador había hecho saber que estaba descontento de su labor. No hubo más que un momento delicado: aquél en que entraron en la piscina, atraídos por la música que en la Dehesa se oía desde muy lejos, unos cuantos oficiales del Ejército. Eran oficiales jóvenes, entre los cuales figuraba el alférez Montero. Los "productores" temieron que, abusando de su condición, provocaran a las muchachas, pero no hubo tal. Bebieron un par de cervezas, repartieron sonrisas amistosas y se fueron, dejando tras sí un halo de jerarquía y de buenas maneras.

En resumen, todo perfecto, incluido el remate de la concentración, que consistió en un pródigo sorteo de obsequios: frascos de agua de colonia y de perfume para las muchachas, y pastillas de jabón y tubos de pasta dentífrica para los hombres. Cumplíase con ello uno de los propósitos básicos de la reeducación: enseñar al pueblo que la higiene era tan importante como la obediencia.

A las ocho y media de la noche, fin del programa de festejos: los fuegos artificiales. Fuegos artificiales que, coincidiendo con la agonía del sol tras las montañas de Rocacorba, fueron lanzados desde el Puente de Piedra, cuyos alrededores fueron desalojados al objeto de evitar accidentes.

Acudió entera la población gerundense. En honor a la verdad, los fuegos resultaron muy inferiores a los que tenían lugar antaño, el último día de las Ferias y Fiestas de San Narciso. Por deficiencias propias del trabajo en la posguerra fallaron muchos cohetes y muchos petardos. Pero el cielo se tachonó de estrellas y abriéronse palmeras multicolores, encandilando a todo el mundo, grandes y chicos, sobre todo a quienes contemplaban el espectáculo desde cualquier altura de la ciudad. Naturalmente el padre Forteza, después del mal rato pasado en la cárcel, se reconcilió con la jornada patriótica, aniversario del Alzamiento. Desde una azotea estratégica -la de la casa del notario Noguer- contempló aquel despliegue feérico y aplaudió a rabiar; pues nada lo satisfacía tanto como que alguien derramara poesía sobre el mundo.

Para rubricar los fuegos se había previsto, como era de rigor, una traca final, con aspas que al girar fueran iluminándose paulatinamente hasta terminar formando la clásica inscripción: VIVA EL 18 DE JULIO. La traca retumbó; pero la inscripción fue un fiasco. Sólo aparecieron, por espacio de unos segundos, entre el silbido de las aspas, la palabra VIVA y la palabra JULIO. La coincidencia divirtió de lo lindo a Matías Alvear, quien, acodado en el balcón de su casa, sobre el río Oñar, presenciaba la luminosa ceremonia. "VIVA… JULIO". ¿No era curioso? Matías, de llevar puesto el sombrero, hubiera enviado con él un saludo a París, a su amigo, el ex policía.

El pequeño Eloy se alegró de que los fuegos artificiales terminasen, porque su estruendo le recordó, según dijo, el bombardeo de Guernica.

Luego, cuando dicho estruendo cesó y planeó el silencio oscuro y sudoroso en las calles, la gente se dispersó. El Patronato Parroquial de Mujeres se fue a la iglesia del Mercadal a dar las gracias. Las parejas abarrotaron los cafés, habida cuenta de que el olor a pólvora les había secado la garganta. En cuanto a los soldados, en un santiamén invadieron el barrio de la Barca. Sí, la Andaluza, en cuestión de un par de horas, recuperó con creces todo lo perdido la víspera por culpa de la confesión organizada en los cuarteles a petición del señor obispo.

CAPÍTULO XVI

El mes de agosto cayó sobre la ciudad y con él el calor del principio del verano se intensificó de tal suerte que Amanecer lo calificó de tórrido.

Ya no se trataba de que las hermanas Campistol abrieran los balcones para airear el taller y que el Oñar oliera mal; todo el mundo buscaba donde fuere un poco de brisa, y habían aparecido en el río y por todas partes enormes ratas, como aquellas de los almacenes del Collell a las que César no se atrevía a pegar puntapiés.

La vía del tren, por la que solían pasear algunos sacerdotes y algunos veteranos clientes de la Sección de Cupones del Banco Arús, a la hora del sol aparecía desierta, y el asfalto de las calles ardía. La gente joven se aflojaba el nudo de la corbata, mientras las criadas chapoteaban a gusto en el lavadero. En cuanto a los ancianos, los mejores estrategas de la ciudad en estos lances, buscaban como siempre el fresco de los soportales de la Rambla o de la plaza Municipal; o se iban a la Catedral a ocupar durante un rato los sillares de los canónigos; o se iban a la Dehesa. Sí, muchos de ellos se iban a la Dehesa, en compañía de su bastón, y allí se sentaban, en los bancos construidos con piedra milenaria. Parecían esperar la muerte, pero no era así; en realidad observaban, como hacía Dimas en el frente de Aragón, la minúscula vida animal que pululaba a sus pies, y al propio tiempo estaban pendientes de las bandadas de niños que inesperadamente brotaban de los árboles y se les acercaban, simulando amenazarlos con pistolas y con puñales de juguete.

No faltaban quienes buscaban el alivio del Museo Diocesano, por cuyas salas mosén Alberto, pletórico de entusiasmo -aunque su salud no fuese tampoco la de antes-, se pasaba las horas catalogando las piezas que conseguía recuperar. Recientemente, el Servicio de Fronteras le había devuelto algunas arcas antiguas, algunos cuadros y un par de imágenes; y, como adquisición inédita, cabía mencionar que el nuevo comisario de Excavaciones lo había obsequiado con una calavera encontrada en los alrededores de Ampurias.

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