José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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Por las calles y aceras la gente hubiera ido gustosa ligera de ropa, pero la íntima sensación de que aquello recordaría la época 'roja', la "grosería" de los milicianos, hacía que todo el mundo procurase guardar la compostura. Todo el mundo, excepto un discreto porcentaje de mujeres, que de pronto aparecieron exhibiendo blusas atrevidas, bajo las cuales asomaba la carne temblorosa. De hecho dichas blusas -blancas, rosas, verdiazules, como las estrellas de los fuegos artificiales- fueron multiplicándose y parecieron adueñarse de la ciudad. Ésa era la cuestión.

El señor obispo podía ordenar la separación de sexos en los baños de la piscina y vigilar el tamaño de los slips usados en el Ter; pero el leve temblor de la carne de las mujeres escapaba a las ordenanzas. También escapaban a las ordenanzas el sudor de los enfermos en los pisos sin ventilación y el martirio de los fogoneros que debían alimentar de carbón las máquinas de los trenes.

Podía hacerse una salvedad: las noches refrescaban un poco. De ahí que las mesas de los cafés, sobre todo de los cafés de la Rambla, se llenasen después de cenar de hombres que, al igual que los panaderos, salían a fumarse unos pitillos y a charlar. Se organizaban agradables tertulias, diálogos sin prisa, interrumpidos de vez en cuando por las campanadas del reloj de la Catedral, que a aquella hora sonaban con gótica majestad. Ramón, el camarero del Café Nacional, contemplando, servilleta al hombro, aquel sosiego, recordaba más que nunca a Mallorca y tarareaba táctiles notas de Chopin.

Asiduos de esas tertulias solían ser, en una mesa, siempre la misma, el coronel Triguero, que ahora menudeaba sorprendentemente sus visitas a Gerona, y el capitán Sánchez Bravo, el hijo del general. En otra mesa, los sempiternos jugadores de ajedrez, algunos de los cuales habían soportado impávidos, durante la guerra, la apocalipsis de los bombardeos. Y en dos mesas juntas, ya tradicionalmente reservadas, Matías y sus amigos, que en aquellas semanas habían acordado trasladar sus reuniones a aquella hora, para poder dormir la siesta después de comer.

Los jugadores de ajedrez no veían nada. Pedían un café y, absortos en el tablero, a veces tardaban media hora en deshacer el envoltorio del terrón de azúcar.

El coronel Triguero y el capitán Sánchez Bravo, por el contrario, lo veían todo. Aficionados al alcohol, pedían coñac, estiraban las piernas… y hablaban de negocios. ¿Qué negocios? Nadie lo sabía. Barajaban cifras y nombres raros. Si alguien pasaba cerca, se callaban. En alguna ocasión los camareros y el limpiabotas habían captado palabras sueltas: chatarra, subasta, Sociedad… ¿Qué diablos significaba aquello? El capitán Sánchez Bravo era el presidente del Gerona Club de Fútbol y faltaban pocas semanas para que empezara el campeonato. ¿Por qué no hablaban nunca de fútbol? Los limpiabotas de los cafés hacían muecas de escepticismo: "¡Estaría bueno que el presidente olvidara sus deberes para con la afición…!".

¿Y Matías y sus amigos? ¡Por fin parecían haber olvidado la política! Como si el calor de agosto hubiera arramblado con los discursos patrióticos y con los editoriales de Amanecer. Hablaban de puerilidades, aunque siempre con un poquito de picante. Galindo, el solterón de Obras Públicas, empeñado en subir el sueldo de los peones camineros, aparte de preguntar por qué el Alcalde no organizaba en la Rambla sesiones de cine al aire libre, como según noticias había organizado en sus tiempos Cosme Vila, vivía obsesionado por las mujeres. Matías suponía que los ventiladores de su oficina estarían también averiados, como los de Telégrafos. Galindo negaba con la cabeza. "Compréndame. Soy feo y cobro un sueldo de risa. Las mujeres no me hacen caso. ¡Y están tan buenas! ¿Qué puedo hacer yo? Ustedes están casados; pero un seguro servidor…" Todos se mofaban de Galindo, pues sabían que era un mujeriego obstinado y militante.

Marcos, el gallego de Telégrafos, el hombre que se lamentaba de la falta de urinarios públicos en Gerona, afirmaba que por aquellas fechas era simultáneamente feliz y desgraciado. Feliz porque su calvicie absoluta, que tanto lo hacía sufrir normalmente, en aquella época del año era una bendición. "No sé cómo pueden ustedes soportar tanta pelambrera"; desgraciado, porque el calor le provocaba terribles diarreas, las cuales lo obligaban a continuar comprando sin cesar medicamentos, variando de farmacia para no llamar la atención. Galindo atribuía la dolencia de Marcos al miedo que tenía a que su mujer, la "guapetona Adela", la que quería alternar con las damas de la buena sociedad, le jugara una mala pasada. "Adela le trae a usted frito, Marcos, confiéselo… ¡Yo, en su lugar, no la perdería de vista…!". Eso último era un insulto, pero Marcos no reaccionaba. Era apocado. En casa, mientras Adela se contemplaba en el espejo -a menudo enteramente desnuda-, él se dedicaba a su colección de sellos de Ceilán y Madagascar. Se había especializado en esas dos islas, no sabía por qué. Algunas noches Adela, que se aburría en casa, aparecía de pronto en la Rambla, en la tertulia. ¡Por todos los santos! Cada vez el sombrero de Matías se elevaba varios centímetros sobre su cabeza. Y cada vez Adela, sentándose a su lado, le decía: "¿Sabe usted, Matías, que su Ignacio es un picarón? Ayer me lo encontré y me piropeó como si yo tuviera veinte años…"

El otro contertulio, Carlos Grote, vivía feliz. Acostumbrado a las islas Canarias, en aquellas noches veraniegas se sentía como el pez en el agua. Cuando llegó a Gerona, en invierno, se consideró perdido; pero en agosto recobró la seguridad. Tenía mujer y tres hijos y, en su calidad de funcionario de la Delegación de Abastecimientos, disfrutaba de algunas ventajillas para nutrir la despensa. Era, por otra parte, el más chismoso y malpensado de la reunión. Siempre llegaba con la trompa llena de noticias… "La viuda esa, Oriol o como se llame, anda a la caza… ¡Y cobrará pieza! Al tiempo". "¿Les parece bien a ustedes eso de los Ejercicios Espirituales? Una semana encerrados, oyendo hablar del infierno. ¡Deberían prohibir ese numerito! Y el infierno debería estar también prohibido…" Galindo se ponía nervioso oyéndolo. "Basta, amigo canario… ¿Por qué no deja usted en paz a la gente y no nos cuenta aquel chiste de la sueca que hacía nudismo en Tenerife?".

Primer verano de posguerra. Agosto tórrido. Morían insectos en los faroles. Jaime, el "depurado", empujaba por las calles un carrito de helados marca La Mariposa. La idea de Esther, de fundar el Club de Tenis, prosperaba. La idea de 'La Voz de Alerta', de fundar el Tiro de Pichón, prosperaba también. En las canteras próximas al cementerio había empezado a sonar, durante el día, el martilleo de los picapedreros, indicio de que los hermanos Costa, desde la cárcel y valiéndose de sus esposas, volvían a cuidar de sus negocios. En el restaurante del Puente de la Barca volvían a servir ranas y eran muchos los gourmets que se acercaban a los viveros y decían, señalando con el índice: "¡Ésa…! ¡Y esa otra también!".

La vida renacía y en consecuencia se oyó de nuevo la palabra "veraneo". La gente pensó como antaño en el placer del mar. Sin embargo, era todo tan reciente que fueron muy pocas las familias que pudieron tomarse unas vacaciones y trasladarse al litoral. El notario Noguer y su esposa alquilaron una casa en el pueblo de Calella. Manolo y Esther se fueron, con sus dos hijos, a San Antonio de Calonge porque les habían dicho que las puestas de sol en la bahía de Palamós eran una maravilla y porque Manolo no abriría su bufete particular hasta octubre. Varios concejales, que súbitamente habían salido del anónimo, se fueron con los suyos a La Escala, donde alquilaron barcas, y compraron flotadores y cañas de pescar. Apenas nadie más se ausentó de Gerona; y circulaban muy pocos automóviles.

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