Pero he ahí que "alguien" salió, volviendo a su antigua costumbre, de la ciudad -en este caso, la ciudad de Barcelona-, y se instaló en San Feliu de Guíxols: Ana María y sus padres. Ignacio recibió de Ana María una postal fechada en aquel pueblo costero tan preñado de recuerdos. "A ver si un día tomas el tren y vienes a verme -le decía la muchacha de los moñitos uno a cada lado-. Me encontrarás en la playa que tú sabes, la de San Telmo, tumbada al sol; o sentada en alguna barca, leyendo. Mi padre no ha recuperado todavía su balandro de antes de la guerra; pero me ha comprado otro balón azul… Y el mar está donde siempre, respirando".
Ignacio se pasó unos minutos con la postal en la mano. Marta lo estaba esperando. Sintió la necesidad imperiosa de acudir a la cita de Ana María. La letra de la muchacha era grande, preciosa, de "colegio de pago".
Lo malo era que el coronel Triguero lo tenía amarrado en Fronteras. Continuaba con sus viajes a Figueras y a Perpiñán, e inmerso, solitariamente, en el mundo de los exiliados y sus problemas. No había vuelto a ver a Canela. ¿Para qué? Pero continuaba ocupándose de los que morían en los hospitales franceses, de las mujeres que esperaban en la carretera el regreso de su "hombre" y seguía trayendo para España, en cada viaje, un montón de cartas, que de este modo salvaban la censura, puesto que Ignacio las echaba en cualquier buzón de Figueras o Gerona.
Habló con el coronel Triguero y éste, que rebosaba buen humor, le dijo: "La semana próxima tómate un par de días de vacaciones y vete donde quieras a remojarte el trasero. Pero llévate albornoz, porque tengo entendido que hay guardias civiles custodiando las playas".
Era cierto. La requisitoria del señor obispo sobre la moralidad en la costa había traído consigo ese bando del Gobernador. Parejas de guardias, fusil al hombro, se turnaban vigilando. Había que enfundarse el albornoz nada más salir del agua, bajo pena de multa a la primera infracción y de expulsión en caso de reincidencia. Así, pues, en la postal que Ignacio escribió a Ana María le puso: "Espérame el día 12. Pero procura tener sobornados a los guardias, porque mi deseo es ver el color de tu piel".
Llegó el día 12. Ignacio se dispuso a emprender el viaje a San Feliu de Guíxols. La excusa que inventó para justificarse con Marta y con la familia, fue: deseaba visitar el campamento de verano que Mateo había instalado allí para los muchachos de las Organizaciones Juveniles. "Me apetece conocer aquello -dijo-. Ver a Mateo y a sus soldaditos de plomo". Uno de esos soldaditos era el pequeño Eloy.
Todo el mundo lo estimó natural e Ignacio subió al tren soñoliento que enlazaba Gerona con el pueblo costero.
El trayecto, que había de durar dos horas cumplidas, le dio tiempo a pensar mucho. Primero se acordó del verano de 1933, durante el cual David y Olga reunieron en San Feliu de Guíxols a sus alumnos -embrionaria anticipación del Campamento de Verano organizado ahora por Falange-, lo que le permitió a él conocer a Ana María. La imagen de Olga en bañador, saliendo del agua como una diosa, se le clavó de nuevo en la mente con un relieve inusitado: los cabellos alisados, el cuerpo color de aceituna. Al verla, Ignacio se había estremecido como pocas veces en su vida. Se acordó también de que David y Olga hicieron cuanto pudieron, en aquella Colonia, para convencer a sus alumnos de que el alma no era inmortal. ¿Con qué resultado? El alma seguía siendo inmortal y ahora los maestros, según la carta de Julio García, se encontraban exiliados en Méjico, editando libros -¿qué clase de libros?- y probablemente echando de menos la humilde escuela de la calle de la Rutila y los acantilados de la Costa Brava.
Luego Ignacio pensó en lo que Gaspar Ley, el flamante director del Banco Arús en Gerona, le había dicho del padre de Ana María, cuando el muchacho fue a la oficina a reclamar sus haberes. ¿Por qué le incomodaba tanto a Ignacio que Gaspar lo llamara ahora don Rosendo y dijera de él que era "importante" y "algo tremendo"? Sin duda gracias a ello Ana María podía ahora tumbarse al sol en San Feliu de Guíxols.
Luego, pensó en Ana María. ¿Qué sentía por la muchacha? Lo ignoraba… En realidad, aparte las postales suyas recibidas, los dos últimos recuerdos que tenía de la chica eran de signo contrario. Uno, el cálido beso que le dio al marcharse él con Moncho a Madrid, a incorporarse al Hospital Pasteur; otro, el anatema con que ella lo fustigó al enterarse, por boca del malogrado mosén Francisco, de la existencia de Marta. La muchacha le dijo, en aquella ocasión: "Has jugado conmigo de una manera innoble". La frase parecía zanjar el asunto. Pero Ignacio, ahora, mientras el soñoliento tren iba acercándose a su destino, cruzando por entre los dilatados campos que hacían presentir el mar, tuvo la secreta intuición de que Ana María seguía queriéndolo y de que la suerte de todo aquello, ¡pese a Marta!, no estaba echada.
Los hechos le dieron la razón. Ignacio llego a San Feliu de Guíxols a media mañana y se dirigió raudo a la playa de San Telmo. No vio el balandro en el agua, porque no existía; pero vio el balón azul. Y a su lado, ¡tapada con albornoz!, pero hecha también "una diosa", a Ana María… Y la alegría de ésta al reconocer al muchacho se le contagió como a veces en un banco de peces se contagia el pánico o el afán de emigrar.
– ¡Ignacio! Creí que no venías…
– ¿Qué estás diciendo? ¿No te lo escribí?
– ¡Ah, Ignacio, qué contenta estoy…!
Ignacio esta vez no había llegado allí cruzando por debajo del agua la valla que acotaba la zona de pago. Había llegado por el paseo del Mar, con americana, pantalones y zapatos. Sintióse tan ridículo vestido de aquella manera bajo el sol abrasador, que le dijo a la muchacha: "Perdona. Voy a desvestirme y vuelvo". Alquiló una caseta y a poco reapareció enfundado también en el albornoz reglamentario, albornoz rojo, largo hasta los pies, que tampoco lo favorecía demasiado.
– ¿Dónde está tu padre?
– Se ha ido a pescar al rompeolas.
– ¿Y tu madre?
– Se fue con él.
A Ignacio lo alegró indeciblemente que Ana María se encontrase sola. Se sentó a su lado en la arena, bajo un techo de cañas. Al sentarse le asomaron las piernas, blanquísimas, y se sintió ridículo de nuevo. Pero se olvidó de ellas. Vio a su lado el balón azul, lo acarició… y los dos muchachos se pusieron a charlar.
Ana María, siguiendo su costumbre, se interesó al momento por la familia de Ignacio. "¿Qué tal en tu casa? ¿Están bien? ¿No hay novedades? ¿Qué hace Pilar?". Ignacio le dio los detalles precisos.
– Todos bien… ¡En fin! Aparte lo de César, no podemos quejarnos.
Ana María asintió.
– ¿Sigue tu padre en Telégrafos?
– Sí. Con su bata gris… -Ignacio añadió, sonriendo-: Pero al salir se pone el sombrero.
Ana María trazaba con los pies nombres imaginarios en la arena. De vez en cuando se volvía hacia Ignacio y lo miraba con fijeza a los ojos.
– ¿Y Pilar? Cuéntame detalles…
– Pues Pilar está hecha un bombón. Un bombón falangista, claro…
Ana María formó una O con los dedos pulgar e índice, como si fuera a decir: Okey. Luego comentó:
– ¿Sigue con tu amigo, con Mateo?
Ignacio se sorprendió de que Ana María se acordase del nombre de éste, y contestó:
– ¡Ah, claro! Eso es cosa hecha.
Ignacio estimó entonces indispensable corresponder con Ana María y la preguntó por los suyos. Le dijo que ya sabía de ellos por Gaspar Ley, pero en realidad la conversación con éste había sido breve.
– ¿No se resentirá tu padre de su estancia en la cárcel? ¿No estará enfermo o algo así?
Ana María protestó con energía, confirmando con ello los informes de Gaspar.
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