El señor obispo, según el doctor Andújar, padecía de soledad. Su temperamento autoritario lo aislaba patéticamente. Se salvaba por la acción, por el trabajo cotidiano y por su indesmayable empeño apostólico; pero el doctor Andújar había advertido en los ojos del prelado ráfagas de honda tristeza. En su opinión cometía un grave error; escasez de consejeros. Escuchaba a los canónigos, a determinadas personas, pero en el momento de tomar una decisión rompía con los demás y la tomaba desde su más estricta y personal intimidad. Quería cargar él solo con la cruz. Se había tomado demasiado a pecho su papel de pastor. De ahí sus exageraciones en su Campaña Moralizadora. Y su reiterada lectura del Apocalipsis. De ahí sus resfriados… Sí, el doctor Andújar creía a pies juntillas que los estornudos del señor obispo eran de origen psíquico.
"¡Si mosén Alberto quisiera echarme una mano!", pensaba el doctor Andújar. Porque mosén Alberto era el confesor del señor obispo. Lo fue desde el día en que éste entró en Gerona para tomar posesión de la diócesis. Pero mosén Alberto se interesaba más por la arqueología que por la neurología. A la sazón era feliz porque los miembros de la institución "Amigos de Ampurias", fundada en Barcelona, habían respaldado su antigua teoría según la cual el apóstol Santiago había desembarcado en aquel lugar para iniciar su predicación por España.
El doctor Andújar, que veía a menudo al doctor Chaos, puesto que éste, desde su drama veraniego, se había puesto en sus manos con la mejor voluntad, le dijo:
– Amigo Chaos, estoy desolado. He de admitir que tenías razón. Es muy difícil trabajar aquí. Tanto o más que en Santiago de Compostela. Sí, estoy con los que creen que la nueva campana de la Catedral emite un sonido demasiado grave.
El peor defecto del doctor Andújar era que hubiera deseado sanar al mundo entero. Y que su cerebro no descansaba apenas, pues al encontrarse delante de otras personas leía, sobre todo en los ojos y en los tics de cada cual, en su interior, lo que resultaba fatigoso. ¡Menos mal que tales personas le daban a menudo grandes sorpresas, especialmente con respecto a su evolución, a su conducta! Ahí estaban, para citar dos ejemplos recientes, los casos de Paz y de Manuel Alvear. Paz, a los ocho días de morir su madre, decidió no llevar luto más allá de un mes y se personó en la Agencia Gerunda encargándole a la Torre de Babel que le buscara un piso mejor y más céntrico. En cambio Manuel, mucho más incapaz de evacuar las cargas del espíritu, no había vuelto a abrir un libro en el Instituto y se paseaba como alma en pena por las inmensas salas del Museo Diocesano, deteniéndose de vez en cuando ante la calavera que le habían regalado a mosén Alberto.
Por fortuna, el doctor Andújar se conocía a sí mismo y acertaba, en mayor grado aún que el Gobernador, con el método necesario para mantenerse en forma, pictórico de facultades y para no afectarse en demasía. Escuchar canto gregoriano lo ayudaba mucho. Y además era optimista por naturaleza. Estaba convencido de que, pese a todo, pese a las dificultades y al sonido grave de la campana, los gerundenses acabarían por rendirse a su anhelo de servidumbre, lo que le permitiría educar debidamente a sus hijos y que éstos continuaran riéndose cuando la nuez le subía y le bajaba con irresistible comicidad.
– Doctor Chaos, cada día estoy más convencido de que el hombre, para alcanzar el equilibrio, necesita darse, darse a los demás. Dicho de otro modo, el hombre necesita compañía. Y conste que ahora no me refiero a ti, a tu problema… Hay que abrirse, hay que abrirse… Abrir el corazón, como en el quirófano abres tú la barriga de tus pacientes.
El doctor Chaos no podía menos de preguntarse con quién se abría el doctor Andújar, aparte de su hija Gracia. Porque no cabía imaginar que su amigo pudiera compartir con su mujer, con la inefable doña Elisa, sus inquietudes profesionales, ni confiarle sus parciales fracasos. Claro que el doctor Andújar le hubiera dado "su" respuesta. Sin duda le hubiera dicho que le bastaba con que su matrimonio lo presidiera el amor. En ese campo, ciertamente, no podía quejarse. Doña Elisa lo quería con los entresijos del alma, y era una madre perfecta en materia de dulzura y de solicitud. Con sólo entrar en la casa ello era palpable: los muebles siempre intactos, la ropa siempre limpia, flores en la sala de espera, los hijos hablando en voz baja y merendando cada domingo, todos juntos, tostadas y chocolate caliente.
– Sí, te comprendo, amigo Andújar. Pero hay gente que se abre a los demás y no por ello es equilibrada ni halla la necesaria compensación. Si tu teoría fuera verdadera, todos los charlatanes serían felices.
– Esa objeción no es digna de ti, querido Chaos. Abrirse no significa precisamente hablar. Bien sabes a lo que me refiero; a veces basta con apoyar la cabeza en un hombro querido para sentirse consolado. Se trata de entregarse por dentro. A veces es suficiente con mirar, y hasta simplemente con sentir que la otra persona está cerca.
Eso lo conseguía sobradamente el doctor Andújar. Quería a su mujer y a sus hijos con la naturalidad y la hondura con que las raíces quieren al árbol que crece. Era un convencido de que una familia numerosa, si no era producto de la miseria, de la promiscuidad y del hastío, era un don de Dios. Y también quería a sus enfermos. Y, más aún, a quienes, estando enfermos, no acudían a él porque su título de psiquiatra los asustaba y porque temían que les preguntase si guardaban de la infancia algún recuerdo desagradable.
Por otra parte, ¡era tan hermoso sacar a alguien del pozo negro! A Marta; a la viuda Oriol; al alférez Montero; a Jorge de Batlle…
Pero ¡por Dios! ¿Y el Manicomio…? ¿Y cuándo podría sacar del pozo -del pozo de la agresividad- al comisario Diéguez?
Mes de febrero de 1941… El día 4 se celebró el segundo aniversario de la liberación de Gerona por las tropas 'nacionales'. Fue coincidente que la víspera, día 3, Marta recibiera una postal del legionario italiano Salvatore, fechada "en algún lugar de Albania". Por lo visto, Salvatore era uno de los millares de "camisas negras" del Duce que combatían contra los ingleses en el litoral mediterráneo, en el frente griego. Salvatore decía escuetamente: Ciao… Y firmaba. Si ciao significaba "adiós", ¿significaba que Salvatore se despedía para siempre? ¿No estaría en algún hospital, herido de muerte? Marta barbotó: "¿Por qué existen las guerras, Señor?".
Las fiestas de la "liberación" se celebraron, según Amanecer, con "inusitado esplendor". Ceremonias religiosas y militares. A última hora, proyección en el Cine Albéniz de la película patriótica Sin novedad en el Alcázar, que obtuvo un resonante éxito. En el curso de la, jornada se acordó conceder al Caudillo la medalla de oro de la ciudad. En el momento en que 'La Voz de Alerta' firmó el documento a propósito, Carlota, que estaba a su lado, le dijo: "El día que se restablezca la Monarquía, acuérdate de concederle al Rey esa medalla. Pero que sea un poco mayor…" 'La Voz de Alerta', ocho días después, se enteraría de que Su Majestad Alfonso XIII acababa de abdicar en Roma a favor de su hijo don Juan, confirmando con ello las noticias que desde hacía tiempo circulaban al respecto.
Fue un mes de febrero lleno, como todos los meses, de sorpresas: la vida continuaba siendo mar y no lago. En París falleció el filósofo Henri Bergson, por quien el notario Noguer y el profesor Civil sentían predilección, por cuanto había defendido siempre la primacía del espíritu sobre la materia. En Neyri (Inglaterra) falleció también, ¡a la edad de ochenta y tres años!, Mr. Badén Powell, el fundador de los Boy Scouts. La noticia pasó casi inadvertida. Sin embargo, Mateo al leerla dijo que el Frente de Juventudes, y todos los niños del mundo, hubieran debido llevar un brazal negro durante una semana.
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