José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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Habíase celebrado la fiesta de San Antonio Abad, con la bendición de las caballerías y el reparto de panecillos y roscones. La plaza de la Catedral se convirtió en asamblea de caballos,

destacando los que intervenían en los concursos hípicos organizados por el capitán Sánchez Bravo. El señor obispo los bendijo, y al hacerlo pensó que aquellos nobles animales planteaban menos problemas que los seres humanos. Se dejaban engalanar sin pavonearse por ello; recibían el agua bendita sin creerse santos ni blasfemar; estaban siempre a las órdenes del jinete; y no sufrían -"sólo padecían"-, puesto que no tenían alma. Exagerando un poco, podía decirse de ellos que, con respecto al hombre, eran mártires, puesto que de un tiempo a esta parte acababan siendo sacrificados en los mataderos para abastecer las desnutridas carnicerías.

Ahora bien, la persona que en aquel mes de febrero, aniversario de la Liberación, hizo méritos suficientes para recibir una bendición especial, fue aquella a que se refirió el pensamiento del doctor Andújar: el comisario Diéguez. Por la sencilla razón de que cumplió, con afán digno de encomio, la voluntad del Gobernador Civil, las instrucciones que éste le había dado unas semanas antes a fin de congelar en lo posible la insana avidez de dinero que se había apoderado de la provincia.

El comisario Diéguez cumplió de tal modo, que muchos de los "indisciplinados" se tomaron una tregua, hicieron marcha atrás. A algunos no les dio tiempo, como por ejemplo a los componentes de Tejero, S. A., los cuales, convictos y confesos de una serie de delitos de contrabando, fueron a parar con sus huesos en la cárcel. Su presidente, un tal Pedro Riuró, antiguo agente de Bolsa, fue enviado a un batallón disciplinario que se encontraba perforando un túnel cerca de Garrapinillos, en la provincia de Guadalajara.

"Mande usted por ahí a sus hombres y demos un escarmiento -había dicho el Gobernador-. Objetivos, los que usted quiera… Si el culpable ostenta algún cargo, es autoridad, hágalo usted constar en el informe".

A tenor de estas palabras, una serie de personas cayeron en las garras del comisario Diéguez por infracciones de la más diversa índole.

Ambrosio, el contrabajo de la Gerona Jazz, fue acusado de estafar a la Compañía de Electricidad. Inventó un ingenioso sistema para que no corriera el contador y fue descubierto y sancionado.

Uno de los traperos del barrio de la Barca ingresó en la cárcel conjuntamente con frívol miembros de Tejero, S. A., sustituyendo a los presos políticos que habían sido indultados por Navidad. Descubrióse que tenía a su servicio una serie de mujerucas, que pasaban por las casas ofreciendo patatas a condición de que previamente les fuera entregado el saco para transportarlas; el hombre había reunido desde primeros de año cerca de quinientos sacos, que había vendido a muy buen precio, puesto que el yute escaseaba.

Galindo fue multado por resistirse a admitir la chapita de Auxilio Social que se exigía para entrar en el cine: multa de doscientas pesetas, sin posible apelación. 'El Niño de Jaén', que iba para "bailaor", fue sorprendido robando un neumático de un camión de transportes y permaneció cuarenta horas en el cuartelillo, hasta que la Andaluza advirtió de ello a Mateo y éste lo sacó. El madrileño Herreros, dependiente de la Barbería Dámaso, fue multado a su vez por hacer correr el bulo de que España, pese a las circunstancias de escasez, enviaba víveres a Alemania.

Otra de las personas encartadas fue precisamente Rogelio, el joven camarero del Hotel Miramar, de Blanes. El muchacho resultó un pícaro de siete suelas. Al término de la temporada veraniega en dicho hotel, se instaló en Gerona dispuesto a estudiar algún plan que le permitiera vivir sin dar golpe. Probó con las sirvientas, enamorándolas e instándolas luego a que les robaran cubiertos de plata a los "señores"; pero una de ellas fue descubierta e, interrogada por el comisario Diéguez, "cantó". Rogelio ingresó también en la cárcel. Y al encontrarse entre rejas, el muchacho, que anteriormente nunca se había dedicado a nada ilegal, meditó y llegó a la conclusión de que el culpable de su estado de ánimo, de su corrupción, era el doctor Chaos. El incidente con éste le había dejado huella, tal vez al mostrar le la cara deforme de la vida. "Me las pagará -se dijo para sí-. Me las pagará".

Con todo, el servicio más importante prestado por el comisario Diéguez fue el de los abortos, y su víctima propiciatoria la comadrona Rosario, regidora de Puericultura de la Sección Femenina… Rosario, mujer complicada, de ambiciones ocultas, se había convertido, ¡quién pudo preverlo!, en la sustituta del doctor Rosselló, con la ayuda de un farmacéutico y a base de una clientela muy barata: prostitutas y algunas de las "andaluzas" que habitaban las cuevas de Montjuich. Marta, advertida del caso, no se tomó la molestia de mover un dedo a favor de Rosario, por cuanto el acto de su camarada de la Sección Femenina le repugnó sobremanera.

En resumen, la actuación del comisario Diéguez impuso la disciplina deseada por el Gobernador Civil y, sobre todo en los pueblos, provocó el pánico entre los alcaldes poco escrupulosos.

Ahora bien, había un aspecto de la cuestión que aparecía confuso: el "pozo de agresividad" en que vivía, de modo permanente, el comisario Diéguez. ¿Qué lo impulsaba a sonreír con tanta satisfacción cada vez que cumplía un servicio? ¿Era el suyo un homenaje a la justicia, al bien común, o un acto de secreta venganza?

En vano don Eusebio Ferrándiz, jefe de Policía, quien desde la pérdida brutal de su hija prefería esclarecer las causas a registrar los efectos, había hurgado en el espíritu del comisario Diéguez con el propósito de razonar su comportamiento; tropezaba con un muro.

– Comisario Diéguez, ¿podría decirme qué siente usted cuando descubre que una persona es culpable?

– ¿Qué siento? Pues… ¿qué le diré a usted? Sé que mi obligación es levantar acta. Sonsacarle todo lo que pueda…

– Comisario Diéguez, ¿y al inicio del interrogatorio, cuando cabe la posibilidad de que se esté cometiendo un error? ¿Qué es lo que siente usted?

– Pues… ganas de conocer la verdad del asunto. Soy policía, ¿no?

– ¿Y si la persona resulta luego inocente?

– ¡Ah! Son cosas que ocurren, ¿no es así? Si el individuo resulta inocente, pues se le piden excusas. Y se hace cargo…

La clave de la psicología del comisario estaba ahí, en opinión de don Eusebio Ferrándiz. En el momento más espontáneo decía individuo, no personas. Deformación profesional. El comisario Diéguez, desde este ángulo, era perdonable. Actuaba con la naturalidad y suficiencia con que en el campo nace la hierba.

¿Peligrosa mentalidad? Tal vez… Pero, en todo caso, era sin discusión el mejor agente de la plantilla. Olfato y rapidez. Sin su colaboración, la red vigilante establecida por don Eusebio Ferrándiz en la provincia se desmoronaría por su base. Era, por lo tanto, la pieza ingrata pero inevitable, como podían serlo el verdugo o los laceros que el Ayuntamiento movilizaba cuando, de tarde en tarde, aparecía por la ciudad un perro rabioso.

Don Eusebio Ferrándiz era de otra pasta. Veinte años en el Cuerpo de Policía y todavía se preguntaba a menudo: "¿Qué derecho tengo yo a permitir que se amenace a la gente, e incluso que se la pegue para que cante?". Pero la explicación era categórica; lo exigía su cargo. Debía velar por la seguridad de la población. En resumen, ¡complicado mundo!, el argumento del comisario Diéguez: "Soy policía, ¿no?".

Por fin los Costa se decidieron a actuar y tomaron posesión del despacho directivo de la Constructora Gerundense, S. A., sito en la calle Platería. El acto fue sencillo y tuvo lugar el día 13; es decir, el mismo día en que Franco se trasladó a Bordighera para entrevistarse con el Duce, entrevista cuyo comunicado conjunto, hecho público al día siguiente, se pareció sustancialmente al publicado en ocasión del encuentro Franco-Hitler celebrado en Hendaya, Amanecer añadió que el Caudillo, a su regreso a España, paró en Montpellier, donde conversó larga y amistosamente con el general Pétain, su "maestro" y uno de los hombres que Franco admiraba.

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