Todo ello era tanto más injusto cuanto que el doctor Andújar, pese a todo, había obtenido ya algunos éxitos. Por ejemplo había conseguido remontar el ánimo de la viuda de don Pedro Oriol. La viuda de don Pedro Oriol se había quedado tan patitiesa con la boda de 'La Voz de Alerta' -después que éste la había obsequiado a ella con infinidad de atenciones y con muchos ramos de flores- que creyó morir. El doctor Andújar acertó a consolarla, buscándole una ocupación, que en este caso fue el diseño de figurines. La viuda de don Pedro Oriol descubrió, gracias a un test exhaustivo a que la sometió el doctor Andújar, que tenía talento para ello, y ahora se pasaba el día modelando, modelando figurines…, ninguno de los cuales se parecía a 'La Voz de Alerta'.
Otro éxito: el alférez Montero, el que acompañaba a veces a Marta. El muchacho, que durante mucho tiempo había mandado los piquetes de ejecución con automatismo de subordinado, de pronto, en el cementerio, empezó a experimentar náuseas y luego, por las noches, a tener pesadillas. En cuestión de unas semanas cayó en una depresión profunda. Habló con el doctor Andújar y éste le dijo: "No tienes más remedio que darte de baja del Ejército y empezar una vida nueva, que borre poco a poco de tu subconsciente estas imágenes". El alférez lo obedeció. Y al verse vestido de paisano y al empezar a trabajar en algo completamente ajeno a Auditoría de Guerra y al cuartel -aficionado a la literatura, fue nombrado provisionalmente encargado de la Biblioteca Municipal-, volvió a sonreír como antes y a frecuentar el Casino y la casa de la Andaluza.
Otro éxito del doctor: Marta. Gracia Andújar fue quien cuidó de que la muchacha acudiera a la consulta de su padre. "Comulgar está bien, ¡no faltaba más! Pero necesitas también alguna medicina que te ayude. Y alguna orientación… concreta". El doctor Andújar le dio ambas cosas a Marta. Un tranquilizante que se evidenció muy eficaz -la muchacha notó que se insensibilizaba un poquito, que sufría menos- y al propio tiempo la convenció para que se sumergiera más que nunca en su trabajo de siempre, es decir, en su tarea en la Sección Femenina. "No ganarías nada acurrucándote en un rincón. Lo que necesitas es evadirte; y no hay mejor evasión que el trabajo. Por otra parte, ¡hay tanto que hacer! La Sección Femenina sin ti se vendría abajo. Y nadie te lo perdonaría. Ni el Gobernador, ni Mateo, ni mi hija Gracia, ni yo…"
El doctor Andújar, que descubrió en Marta hermosas cualidades, pero que intuyó que no era, por supuesto, la mujer idónea para Ignacio, con quien había coincidido en varias ocasiones, fue tan persuasivo que la muchacha sin darse cuenta se sorprendió tomándose otra vez en serio las consignas que María Victoria le enviaba desde Madrid… Estaba triste; pero esto era normal en ella, sobre todo desde que su padre murió.
Y con todo, el mayor triunfo del doctor Andújar, el único que trascendió con eficacia a la población, fue el obtenido con Jorge de Batlle.
Jorge de Batlle fue dado de alta por el doctor el día 18 de enero; exactamente el día en que, según Amanecer, habían sido identificados en Toledo los restos de Luis Moscardó, el hijo sacrificado por el héroe del Alcázar.
Jorge salió de allí con inhibiciones todavía… Con angustia todavía… Pero amando otra vez la vida; y amando, sobre todo, a Chelo Rosselló, que había sido su ángel tutelar y la demostración palpable del poder taumatúrgico de una alma capaz de compartir el dolor de otra alma.
Lo cierto es que Jorge de Batlle se pasaba el día cantando las alabanzas del doctor Andújar. "Es un sabio. Me ha convencido. ¡Quiero vivir! Y no denunciaré a nadie más, a nadie más… Y me casaré con Chelo en cuanto esté restablecido del todo y hayamos encontrado un piso que a ella le guste".
¡Jorge de Batlle jurando que no denunciaría a nadie más! Se habló de ello en las tertulias en las barberías de Raimundo y de Dámaso y en todas las demás. ¿Qué le había ocurrido? ¿En qué consistía eso del cardiazol? ¿De modo que una sustancia, una descarga líquida, podía convertir en mansedumbre la cólera? Así, pues, el doctor Chaos, en aquella disertación suya en que puso en entredicho la libertad del hombre y que tanto escándalo armó, no andaba del todo descaminado…
He ahí otro de los rompecabezas del doctor Andújar… La gente confundía los términos en seguida. Si él no curaba a los enfermos era un botarate, un pedante que usaba palabras raras y que gozaba preguntándole a uno "si había precedentes en la familia" o "si guardaba de la infancia algún recuerdo desagradable". Si los curaba, demostraba que eso del espíritu eran zarandajas y que lo que privaba era la bioquímica.
Gracia Andújar, su duende particular, lo animaba: "Podrías dar un ciclo de conferencias de divulgación. O charlas por la radio. ¿Por qué no lo intentas? ¿Quieres que me ocupe de eso?". El doctor se mostraba escéptico, mientras acariciaba el cabello de oro de su hija:
– A las conferencias no iría nadie. Sólo tú y la viuda de Oriol… En cuanto a la radio, la gente prefiere los seriales… y los discos dedicados.
El doctor Andújar sabía que existían en Gerona determinadas personas que hubieran podido colaborar con él eficazmente: los sacerdotes… Pero no encontró en ese terreno la menor facilidad. Su único "proveedor", como él lo llamaba, era el padre Forteza. Efectivamente, el jesuíta era el único religioso de la ciudad capaz de decirle a un penitente, en su celda o en el confesonario: "Voy a serle a usted franco. La absolución que yo pueda darle no va a resolverle a usted el problema. Necesitaríamos de la colaboración de un médico; por ejemplo, del doctor Andújar".
Fuera de él, nada que hacer. ¡Y es que el señor obispo, a quien el doctor Andújar, valiéndose del notario Noguer y de Agustín Lago, tanteó sobre el asunto, no se decidió a ponerse de su parte! El doctor Gregorio Lascasas, pese a la estima que sentía por el psiquiatra, arguyó que el problema era muy delicado y que un ministro de Dios, antes de decidirse a "abandonar una alma" poniéndola en manos de la ciencia médica, debía pensárselo tres veces. Citó incluso un texto de San Marcos: "Y les dio a los doce el poder de curar enfermedades…" Lo cual no fue óbice para que el señor obispo meditara sobre la cuestión. En primer lugar, porque ni por un instante podía suponer que en los deseos del doctor influyeran para nada afanes materialistas. Y en segundo lugar, porque la tesis del mismo, según la cual los sacerdotes debían saber distinguir entre un conflicto religioso o moral y un trastorno psíquico, era correcta y respondía a una realidad. Él mismo, el señor obispo, había sentido a menudo auténtica preocupación al comprobar que muchas monjas vivían histéricas cuando él se dignaba visitar su convento; o al advertir que abundaban los sacerdotes que, sin darse cuenta, del odio al pecado habían pasado a odiar al pecador, y otros cuya actitud ante el Mal era tan agresiva que se veían incapacitados para acceder al plano sublime de su misión, que era el Amor. En tales casos, era obvio que las conciencias de los fieles que a ellos se confiasen recibirían influencias nocivas…
No obstante, el señor obispo consideró imprudente intentar modificar la postura mental de los sacerdotes que llevaban ya años ejerciendo su ministerio. En cambio, admitió la posibilidad de iniciar esta labor en el Seminario, de preparar en esa línea a los sacerdotes del futuro…
La actitud del señor obispo, que implicaba aplazamiento sine die, causó contrariedad al doctor Andújar, ¡sobre todo porque en su opinión el primer necesitado de ayuda era el propio señor obispo! Ciertamente, ésta era la raíz de la cuestión y el motivo por el cual el doctor Andújar no se atrevió a enfrentarse directamente con el prelado. No quiso ponerlo en guardia ni ofenderlo. Pero tenía la certeza de que el doctor Gregorio Lascasas hubiera debido someterse a tratamiento. ¿Neurosis de angustia? ¿La agresividad que atribuía a otros? ¿Obsesión por la minuciosidad, por los archivadores metálicos, por el sexto mandamiento? No, no. Algo mucho peor que eso: soledad.
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