José Gironella - Ha estallado la paz

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Después de Los cipreses creen en Dios (época anterior a la guerra) y de Un millón de muertos (época de la guerra), José María Gironella en Ha estallado la paz trata de la posguerra. La familia Alvear sigue siendo el núcleo de la acción del libro y Gerona vuelve a ser la ciudad protagonista. Finalizada la contienda, todos los personajes retornan a sus hogares, excepto los exiliados, que se reparten a voleo por el mundo… La obra abarca los años inmediatamente posteriores a la guerra, con una mezcla de dramatismo, de poesía y de ironía que subyuga desde los primeros capítulos. El clima de aquellos tiempos aparece recreado con singular maestría, de tal modo que para el lector de edad madura constituye la ordenación de sus recuerdos, y para el lector joven un descubrimiento impresionante. En Ha estallado la paz, Gironella alcanza su momento cumbre de novelista nato, gran narrador que consigue fundir la historia con la ficción novelesca.

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Los Costa dieron la impresión, desde el primer momento, de que irían a lo suyo… pero con prudencia. La Fiscalía de Tasas, el Gobernador ¡y el comisario Diéguez!, los inquietaban. El comisario Diéguez era la flecha que, como fuere, deberían esquivar.

Procuraron, pues, no hacer ostentación. Nada de reformas en el local, un tanto destartalado. Se compraron dos coches, pero de segunda mano. Cumplieron con la promesa que le hicieron a Félix, quien gracias a ello pudo matricularse en la Escuela de Bellas Artes, que empezó a funcionar en la ciudad, bajo la dirección de Cefe, el pintor de desnudos. El único gesto un tanto aparatoso, aparte el de situarse en misa en el primer banco, fue hacer un importante donativo al Gobierno Civil, con destino a la construcción de la Ciudad Universitaria de Madrid.

En cuanto a la reorganización interna de la Sociedad, su primera disposición consistió en nombrar un secretario. Eligieron a Leopoldo, el muchacho que trabajaba en el Consulado Español de Perpiñán, amigo de Ignacio, al que los Costa habían conocido a raíz de sus gestiones para regresar a Francia. "Es un hombre cabal. No aspira a hacerse millonario en dos meses, como el administrador… Y con él podremos hablar de política y de las andanzas de ese tal De Gaulle, que está resultando un tipo de cuidado".

La segunda disposición tomada fue reunir en el despacho a la Torre de Babel, a Padrosa y al abogado Mijares. La operación les salió redonda. No sólo convencieron a este último -el talonario de cheques bastó- para que cesara en Sindicatos, sino que compraron la mitad más una de las acciones de la Agencia Gerunda. Con lo que la Torre de Babel y Padrosa, en premio a su audacia, pasaron a ser socios, aunque minoritarios, de los Costa.

Inmediatamente después llamaron al arquitecto municipal y le dieron las instrucciones necesarias para que levantara de nueva planta el edificio de Fundiciones Costa. "En realidad -decían siempre los dos hermanos-, lo que profesionalmente nos interesa es esto: la metalurgia. Todo lo demás es circunstancial".

Simultáneamente empezaron a pagar los correspondientes jornales a los detenidos que salieron de la cárcel el mismo día que ellos y a los que habían prometido darles trabajo. "Desde este momento trabajáis ya para nosotros. Sois obreros -perdón productores- de la Fundición". Algunos de dichos productores habían ya trabajado en ella antes de la guerra. El administrador comentó: "Creo que ha sido una idea práctica. De ese modo no se irán a trabajar a Alemania, como tantos otros".

Y, entretanto, ¡conocieron al coronel Triguero! Por fin éste pudo estrecharles la mano a los dos ex diputados. Sin embargo, la entrevista fue mucho más breve de lo que el coronel hubiera deseado. Holgaba hablar de las operaciones realizadas en el pasado y en las que el jefe de Fronteras actuó con mano maestra. Interesaba el futuro. En otras palabras, era preciso conseguir la adjudicación de las obras de la nueva cárcel que iba a construirse en el vecino pueblo de Salt -el señor obispo reclamaba, y con razón, la devolución del Seminario- y, sobre todo, las obrar de los nuevos cuarteles, cuya autorización el general había obtenido del Ministerio del Ejército. "Esto de los cuarteles es importante. ¡Suponemos, coronel, que la operación va a resultarle a usted fácil!".

El coronel, al oír esto, hizo un guiño muy expresivo.

– Pues lo siento, pero están ustedes en un error… -objetó-. Hablar de cuarteles es meterse en la boca del lobo.

Los Costa le miraron.

– ¿Y el capitán Sánchez Bravo?

– No hay manera de convencerle. Hoy mismo he hablado con él, antes de venirme aquí. Sigue contestando: "Papá me da miedo". No se decide a colaborar.

Los hermanos Costa no se inmutaron, limitándose a cabecear varias veces consecutivas.

– Ofrézcale cien mil pesetas si nos consigue los cuarteles. Una operación aislada. No tiene por qué vernos ni por qué formar parte de la Sociedad. Cien mil pesetas al contado y en billetes sin estrenar.

El coronel Triguero se quedó de una pieza y estuvo a punto de preguntar: "Y a mí, ¿cuánto me corresponderá?".

– De acuerdo, lo intentaré…

– ¡Muchas gracias! -contestaron los Costa, levantándose.

El coronel, apabullado por la contundencia de sus interlocutores, se levantó a su vez. Iba a decir algo, pero los hermanos Costa se le anticiparon.

– Coronel Triguero, confiamos en esa hada milagrosa que, según usted, vela en Madrid por sus intereses…

El coronel, todavía sin reponerse, contestó:

– Pueden confiar en ella…

– Un ruego: siga usted en Figueras. Venga usted a Gerona lo menos posible.

– Así lo haré…

Ya en la puerta, los hermanos Costa le dijeron:

– ¡Pero, por favor, venga usted siempre vestido de paisano!

El coronel se miró el uniforme.

– ¡Oh, claro! Perdón…

Al día siguiente, los hermanos Costa se entrevistaron con Gaspar Ley, representante en Gerona de Sarró y Compañía. Prefirieron visitarle en su propio feudo, es decir, en el Banco Arús.

Dicha entrevista fue también breve; pero cabe decir que Gaspar Ley sacó de los dos ex diputados una impresión excelente. Aunque sin motivo para ello, los había imaginado un tanto vulgares y manejando un léxico más bien restringido. Nada de eso. Tenían buena pinta, llevaban traje de muy buen corte, se expresaban sin circunloquios y con precisión. Había en su apariencia física algo fofo, pero ello podía achacarse a su prolongada estancia en la cárcel. Por otra parte, no carecían de sentido del humor, cualidad siempre loable.

Gaspar Ley, terminado el breve preámbulo, les ratificó que Sarró y Compañía, que oficialmente se dedicaba a importación y exportación, deseaba ampliar su negocio. "Don Rosendo Sarró tiene un concepto moderno de la producción y de las transacciones. Prefiere ser cigarra a ser hormiga, ¿comprenden? Dicho de otro modo, en materia de finanzas tiene más bien mentalidad americana".

Los Costa asintieron con la cabeza.

– ¿De qué capital dispone esa Sociedad, si puede saberse?

Gaspar Ley se tocó el aparato que llevaba para la sordera.

– Me resultaría muy difícil calcularlo…

Los Costa, al oír esto, levantaron simultáneamente, debajo de la mesa, las punteras de los zapatos.

– Hay un punto que convendría aclarar. ¿Por qué Sarró y Compañía, siendo tan importante, desea conectar con nosotros?

– La razón es geográfica -explicó Gaspar Ley-. Gerona está cerca de la frontera… Y dispone del puerto de San Feliu de Guíxols, pequeño pero poco vigilado.

Hubo un silencio.

– ¿No podría usted ser más explícito?

– Lo lamento. Don Rosendo Sarró prefiere concretar personalmente los detalles secundarios.

Los Costa marcaron otra pausa.

– Tenga usted en cuenta que nosotros no podemos salir de Gerona…

– No importa. Don Rosendo Sarró está dispuesto a desplazarse.

– ¿Cuándo?

– Me habló de eso. Él propone el día de San José. Dice que las fiestas de precepto le traen suerte.

Los Costa sonrieron.

– ¡De acuerdo! A nosotros también.

Gaspar Ley sonrió a su vez.

– ¿Algo más?

Los ojos de los Costa rodaron por el despacho de su interlocutor.

– Sí, una última pregunta. El Banco Arús… ¿juega aquí algún papel?

Gaspar Ley abrió los brazos.

– Puede decirse que el Banco Arús pertenece a Sarró y Compañía…

La respuesta pareció satisfacer a los hermanos Costa, los cuales se levantaron y estrecharon la mano de Gaspar Ley. Antes de salir, uno de ellos depositó sobre la mesa de éste una caja de cigarros habanos.

Una vez fuera, los dos ex diputados se miraron e hicieron un mohín que significaba: "¡Esto marcha!". En cuanto a Gaspar Ley, no pudo menos de pensar que los Costa eran, al igual que don Rosendo Sarró, los clásicos industriales catalanes que imprimían ritmo progresivo al país. Mientras existieran tipos como ellos, Cataluña continuaría su ruta… Aunque hubiera letreros que prohibieran hablar en catalán. Aunque el general Sánchez Bravo se regocijara por dentro cada vez que leía en el periódico que el Gobierno tenía la intención de instalar una factoría en la provincia de Málaga o en la provincia de Segovia…

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