– Ya sé lo que te ocurre: te pasas la vida encerrado. Ya no te acuerdas de la montaña. ¡A que no te vas nunca de excursión! ¿Lo ves? Echas de menos el aire puro que respirábamos allá arriba…
Ignacio asentía con la cabeza.
– Es posible…
– ¿Posible?… ¡Seguro! Oye… ¿Por qué no salimos juntos algún domingo? A La Molina, a esquiar… Como en aquellos tiempos de Panticosa…
Esquiar… La montaña… ¿Dónde quedaba eso? El mismo consejo que le daba Moncho cada vez que le escribía.
– Quizá tengas razón, Cacerola. Algún día saldremos… Sí, algún día te llamaré.
– No te olvides, Ignacio. Llámame a Fiscalía. A primera hora de la mañana me encuentras allí seguro.
¡Uf, qué días había pasado! Pero por fin regresó Ana María. El doce de enero, dos días más tarde de lo previsto. Y los dos enamorados se vieron, como siempre, en el café del Frontón Chiqui y los embargó la dicha más completa. "Es bonito luchar ¿no te parece?". "Sí, de este modo las cosas se saborean más". Al fondo del café habían puesto un billar y las bolas se deslizaban por el tapete verde como en Málaga la mirada de Ana María se había deslizado por la fachada de la casa en que Ignacio nació.
Luego fueron a visitar a Charo. La mujer los recibió con todo cariño. Pero desde el primer momento les previno que la lucha que deberían sostener sería realmente dura.
– Creo que no te haces cargo, Ana María, de quién es tu padre. Mientras seas menor de edad puede hacer contigo lo que quiera. Mandarte al extranjero, a algún colegio… ¡Quién sabe! -Charo marcó una pausa-. Don Rosendo Sarró… ¿Quién pudo imaginarlo? ¿Sabes lo que dicen de él en Barcelona, en los medios financieros? Que es una potencia…
Ignacio soltó una carcajada. Precisamente en aquellos días el muchacho había leído, en su remozado dormitorio con librería, el capítulo que Freud dedicaba a "los que fracasan al triunfar". Según Freud, muchos hombres enfermaban, perdían el equilibrio cuando habían conseguido su deseo más arraigado, más largamente acariciado. "Como si estos sujetos no pudieran entonces soportar su victoria". Caían en la angustia, angustia relacionada a menudo con un sentimiento de culpabilidad escondido en el Yo. A Ignacio no le cupo la menor duda de que el padre de Ana María -y tal vez también Gaspar Ley, el marido de Charo- desembocaría un día u otro en esa situación.
Por otra parte, Charo había pronunciado la frase clave: "Mientras seas menor de edad…" Pero ¿y cuando ya no lo fuera? Entonces Ana María sería libre para decidir. Y le faltaba sólo un año para ello.
– Nada, Charo, que no nos asustas. El amor lo puede todo.
– Sí, ya sé. De todos modos…
Ana María intervino.
– Además, tú nos ayudarás ¿no es cierto? Tú tienes influencia sobre mi padre.
– ¿Yo? -Ahora quien se rió fue Charo-. ¿Es que hay alguien que pueda influir sobre don Rosendo Sarró? -La mujer se dirigió a Ignacio-. Nada, Ignacio. Eres tú quien debe ganarse a pulso el premio. ¡Adelante en ese bufete en que trabajas! A ver si pronto intervienes en la Audiencia. Al fin y al cabo, ¡un buen abogado no es un peón albañil!
Ignacio asintió con la cabeza.
– Eso digo yo…
Continuaron bromeando, si bien Ignacio debía ahora esforzarse, por cuanto sabía que, por culpa de las andanzas de la Constructora Gerundense, S. A., podía muy bien darse el caso de que si debutaba en la Audiencia lo hiciera precisamente en contra de los intereses de Sarró y Compañía.
Ana María se dio cuenta de que algo le preocupaba y le pellizcó en la mejilla.
– ¿En qué estás pensando, di?
Ignacio parpadeó y consiguió disimular.
– Estaba pensando… en las palabras de Charo. ¡Efectivamente, ser un buen abogado no es ser peón albañil!
Ana María le miró con fijeza.
– No vas a decirme que eso te asusta…
El muchacho reaccionó.
– ¿Asustarme? ¡Habla con mi jefe! Su opinión es que, antes de diez años, seré nombrado, por unanimidad, Ministro de Justicia.
– ¡No me digas! Tanta humildad me confunde…
Ignacio se rió de buena gana y ensanchó el tórax al modo de los atletas.
– ¿No te gusta que de vez en cuando me eche un farol? ¿O es que preferirías tener un marido perfecto?
– ¡Virgen Santa, perfecto! ¡No te falta nada que digamos!
Charo vio tan compenetrada a la pareja, que sus ojos se humedecieron. Ella vivió con Gaspar muchos años así. Y de repente el dinero se metió por medio y todo se esfumó. ¿No acabaría royéndole a Ignacio el mismo microbio? ¿Precisamente para demostrarle al señor Sarró que no lo necesitaba para nada?
La pareja no se dio cuenta de lo que le ocurría a Charo. Se habían embobado mirándose. Ana María le estaba diciendo a Ignacio:
– Un día de éstos me escapo y me voy a Gerona.
– No eres capaz.
– ¡Qué poco me conoces!
– Algún día te conoceré… del todo.
– No seas grosero.
– ¿Grosero yo? Nanay… En Gerona hay alguien que me da clases de buenas maneras. Alguien que ha estudiado en Oxford.
Ana María fingió enfadarse.
– Sí, lo sé. Cuidado con esa señoritinga, ¿eh?
– ¡Por favor, Ana María! Es una señora, casada como Dios manda.
– Pero se llama Esther. Y Esther, no sé por qué, es un nombre que me da miedo.
– Pues a mí me encanta.
Se rieron. Y Charo, que los quería mucho y que no conocía la doblez, acabó también riéndose.
– Anda, sí -dijo, recogiendo la idea que Ana María expuso antes-. ¡Un día de éstos nos vamos a Gerona! Yo te acompañaré.
– ¿Cuándo? ¿Cuándo será?
– Pues… un día que tu padre esté en Suiza, o en Lisboa, vendiéndoles el mismo volframio a los alemanes y a los ingleses…
– ¿Cómo?
Viendo la cara que pusieron Ana María e Ignacio, Charo exclamó:
– ¡Jesús, qué poco entendéis de negocios! ¿No sabíais que es lo que está de moda?
Fue un viaje perfecto, que terminó con el desánimo que había invadido a Ignacio mientras Ana María estuvo en Málaga. El muchacho llegó a Gerona contento como unas pascuas. Al entrar en su casa gritó: "¡Eureka!", para que su madre tuviera la impresión de que se encontraba en Bilbao. Y al entrar a la mañana siguiente en casa de Manolo le dijo a éste:
– ¿Sabes? ¡Ana María es un bombón!
Manolo se acarició la barbita.
– ¿De veras? ¡Lo celebro! -Luego agregó, inmediatamente-. De todos modos, algún día trataremos a fondo el tema de los bombones…
Ignacio miró a su "jefe" y se quedó pensativo. Y a la noche, al encerrarse en su leonera, contempló las reproducciones de Picasso y se dijo que éste tenía razón: que cada cosa podía ser vista desde ángulos muy distintos.
El doctor Andújar, con toda su sabiduría a cuestas, con toda la autoridad moral que se había ganado entre los gerundenses, conseguía no sin apuros cubrir mensualmente el presupuesto familiar.
Trabajaba mucho en el Manicomio; pero en la consulta particular, muy poco. Las previsiones del doctor Chaos se habían cumplido: la gente no estaba preparada para conceder beligerancia a un psiquiatra. La gente admitía de buen grado cualquier tipo de diagnóstico -tuberculosis, hepatitis, reúma, falta de glóbulos rojos-, pero si se le hablaba del "mecanismo nervioso y emocional", se colocaba a la defensiva. Las palabras "angustia", "ansiedad", "descompensación", "psique", provocaban reacciones verdaderamente curiosas. "Doctor, ¿me quiere usted decir de qué me está hablando? Oiga. No creerá usted que estoy loco, ¿verdad?". Mateo, en cierta ocasión, le había dicho al doctor Andújar: "A mi entender la cosa está clara: es un problema de educación". "¡Toma! -había contestado el psiquiatra-. A eso le llamo yo descubrir el Mediterráneo…"
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