El problema era arduo. El fundador de Sarró y Compañía se quedó desconcertado. Se había acostumbrado tanto a creer que el dinero y el poder eran la clave de la existencia, que no comprendía que alguien, y menos su propia hija, pudiera sostener otro criterio. "¡No busco el dinero sino la felicidad!". ¿A qué venía esa monserga? Con dinero él había conseguido recuperar por completo su salud, algo mermada a raíz de su estancia en la Cárcel Modelo. Con dinero había sepultado la personalidad de su esposa y se había agenciado un sinnúmero de amistades. A veces le parecía que con dinero había logrado incluso crecer un poco en los últimos tiempos… Sí, en Madrid, en el Hotel Palace, que era su centro de operaciones, se sentía alto, cada vez más alto, y los incontables servidores que salían a su encuentro se le antojaban pigmeos que brotaban de las alfombras. ¿Cómo podía ocurrírsele a su hija, que tenía prestancia, gracia y naturalidad, renunciar a todo esto y encandilarse por ese "tal Ignacio", que al parecer fumaba tabaco negro, que solía llevar sucios los zapatos… y que ahora se dedicaba a defender pleitos de tres al cuarto? ¡Ah, no! Si era preciso adoptaría procedimientos expeditivos.
Don Rosendo Sarró fingió no haber oído lo último que le había dicho su hija.
– Andando… -le ordenó-. Puedes preparar las maletas.
Málaga, 23 de diciembre de 1940 Querido Ignacio: Tal como te dije por teléfono, salimos anteayer de Barcelona… Y ya estamos aquí. No podremos vernos en estas fiestas como habíamos planeado, pero nos veremos a la vuelta, que calculo que será por el 10 de enero.
Me paso el día pensando en ti. Escríbeme en seguida a Lista de Correos, dándome las señas exactas de la casa en que naciste. Pienso ir allá para ver la calle, los balcones y para pasarme las horas sentada en el portal…
No te apures, Ignacio. No me echaré atrás. Te quiero. Te quiero con toda mi alma y nadie ni nada podrá oponerse a lo nuestro. Mi padre vive en el limbo, obsesionado por el dinero. No sabe hablar más que de eso; y mamá, escuchándolo… y comprándose joyas y elefantes de marfil. Parece que le va a dar por ahí, por coleccionar elefantes de marfil. ¿Te imaginas?
En cambio, lo que yo quiero es amor. Mi propio padre me sirve de ejemplo. No está tranquilo un momento, siempre pendiente de la Bolsa, de las noticias de la oficina, de los telegramas. En casa -y aquí, en el hotel, lo mismo- se pasea como un oso enjaulado. Es curioso observarlo. Se pasea con los brazos a la espalda y midiendo los mosaicos, como si continuara estando en la Cárcel Modelo.
Te quiero, Ignacio; pero has de saber que tendremos que luchar.
Por eso, escucha lo que voy a decirte: no te fíes demasiado de Gaspar Ley. Ha cambiado mucho. No es el mismo que cuando la guerra. Papá le ha dado a ganar mucho dinero, porque por lo visto se está haciendo también el amo del Banco Arús. Anoche nos dio la tabarra con eso. ¡Mi padre, el amo del Banco Arús! ¿No es gracioso? Vnos años antes, y tú hubieras sido el botones de mi padre…
En cambio, puedes fiarte de la mujer de Gaspar, de Charo. Charo está de nuestra parte. Es mujer y me comprende. Además, tiene su propia experiencia… ¡Antes era feliz con Gaspar! Y ahora viven separados, como sabes. Gaspar le dice que "no encuentra piso" en Gerona. ¿Te das cuenta?
La carta que me escribiste antes de marcharme era preciosa. ¡Cuánto me gustó que, mientras la redactabas, casi te quemaras los dedos con la colilla…! Vuelve a escribirme. ¡Todos los días! Necesito saber si tu cariño aumenta o no. El mío, sí.
Y seguirá aumentando por minutos. El mío no es anécdota; es categoría.
Te incluyo la fotografía que me pedías. ¿Te gusta…? Estoy muy fea… pero soy yo. Porque, ¿verdad que soy muy fea?
Me preguntabas si estudiaba inglés. Sí, y avanzo mucho. El día que nos casemos sabré perfectamente decir yes.
¡Claro que me hubiera gustado asistir a la boda de Pilar! Y espero como tú que sean felices… a pesar de la política. Entre tú y yo no existirá ese problema, ¿verdad?
Me encanta que le dedicaras un disco a tu padre… Por cierto ¿le has dicho algo? Supongo que en tu casa no ocurrirá lo que ha ocurrido en la mía…
Pero te repito que no te preocupes. Todo se arreglará.
A mi regreso, pide permiso y vente a Barcelona… ¡El café del Frontón nos está esperando!
Entretanto, recibe un beso muy fuerte. Un beso de esos que le obligan a una a ir luego a confesarse…
Tuya, CASCABEL Ignacio contestó inmediatamente a Ana María, a Lista de Correos. Sin embargo, estaba irritado. ¡Por los clavos de Cristo! ¿Por qué había de ocurrirle siempre lo mismo? ¿Por qué no conseguiría sostener un noviazgo normal?
Su primer impulso le aconsejó ir al Banco Arús y cantarle las cuarenta a ese Gaspar Ley, que por lo visto jugaba con dos barajas, pues siempre que se encontraba con él se mostraba de lo más amable. Pero desistió. ¿Qué adelantaría con ello? Gaspar Ley estaba a sueldo del importante señor Sarró.
Ahora bien, no dejó de hacerse mientras las consabidas reflexiones. Pese a los juramentos de Ana María, ¿no surgirían luego dificultades ¿Se avendría Ana María a vivir en Gerona, modestamente? ¿Y si le salía de la entraña -Freud diría, del "inconsciente"- el espíritu de casta de que él había hablado con Esther? Recordó las palabras de Pilar: "Una monada barcelonesa de la buena sociedad… ¡Ah, claro, el muchacho tiene aspiraciones!".
Ignacio, de pronto, se horrorizó. Le horrorizó su posible papel de "pariente pobre". Pariente sin balandro, sin coche, sin elefantes de marfil…
El muchacho, mientras esperaba el regreso de Ana María, pasó unos días que no se los deseaba a nadie. Por si fuera poco había visto varias veces a Marta en compañía del alférez Montero, el de los tiros de gracia. ¿Por qué había sentido… celos? ¿Por qué? La última vez los estuvo espiando porque le pareció que Montero la cogía del brazo, lo que no resultó cierto. ¿Qué podía importarle? He ahí un fenómeno declaradamente idiota.
Como siempre que sufría una crisis. Ignacio pensó en Adela… Adela, pasión y carne, palabras susurrantes al oído. Experimentó la imperiosa necesidad de verla, de desahogarse con ella sin pérdida de tiempo. Pero resultó que cuando la llamó por teléfono… recibió otro mazazo. Adela le dijo que no podía recibirlo, que tenia miedo, qué se había dado cuenta de que Marcos sospechaba algo. "No precisamente de ti. Pero sospecha algo…" "Tendremos que buscar otro sitio para vernos. Aquí, en casa, no podrá ser.
Ignacio se quedó de una pieza.
– ¿Otro sitio? ¿Dónde?
Adela contestó:
– Perdona… No podemos hablar de eso en este momento. He de colgar…
Se oyó "croe" e Ignacio se quedó con el auricular en la mano, con aire estúpido.
Ahora que todo había pasado recordaba la escena como si fuera hoy. Salió de la cabina telefónica más confuso que antes. Sentóse en el Café Nacional y le pidió a Ramón, el camarero, una copa de coñac. Paseó la vista por los espejos, en el fondo de los cuales asomaba siempre el sombrerito irónico de Julio García. Y los brazaletes de doña Amparo Campo.
Le invadió un tedio mortal. Como si se le hubiera hundido el mundo. Como si todo le saliera al revés.
Entonces se abrió la puerta… y entró en el café Cacerola, su amigo. ¡El bueno de Cacerola, que bien se merecía una sonrisa y una palmada en el hombro!
Cacerola, al ver a Ignacio, elevó con júbilo las cejas y se le acercó. Le pidió permiso para sentarse a su mesa. Y apenas lo hizo miró detenidamente a Ignacio y le dijo:
– ¿Qué te ocurre, muchacho? Tienes mala cara…
– ¿Tú crees?
Cacerola se rió. Cacerola cuando se encontraba con alguien a quien quería, se reía por cualquier cosa.
Читать дальше