El día 30 salieron ya menos angustiados. Se pasearon, un poco al azar, por la ciudad. ¡Cuántos cambios! Multitud de detalles, a los que sus esposas y los gerundenses en general se habían habituado, les herían la retina. ¡Qué cantidad de letreros, de carteles, de consignas! No quedaba libre un palmo de pared… Algunas de aquellas consignas los sobrecogían. "La finalidad del Frente de Juventudes es el Imperio". "Cada niño que muere es un ciudadano que se pierde para la Patria". "¡Gerundenses! Dios te está mirando…" Y aquellos retratos a la trepa, silueteados en negro, de Franco y de José Antonio.
También les sorprendió la riada humana que entraba y salía de las iglesias. De repente, al reconocer a determinada persona con el misal debajo del brazo, los hermanos Costa se miraban: "¿Ése también…?".
Se detenían ante las librerías. Aparte de los libros infantiles, propios de aquellas fechas, gran predominio de devocionarios, de catecismos, de vidas de santos, el Kempis… Un solo libro de historia: "El general Sanjurjo, su vida y su obra", por el Caballero Audaz. ¿Dónde estaban Baroja y aquellos folletos de Gorki sobre "los milagritos" de Lourdes?
En la Dehesa se emocionaron. "Esto siempre está igual. Esto es eterno…" Recordaron el día en que, desde allí, partieron en abigarrados camiones los voluntarios para el frente de Aragón. "¿Te acuerdas de Porvenir, con la bocina? Estaba chiflado…" "¿Te acuerdas de Santi, con la pancarta que decía somos la rehostia?". Sus esposas les dijeron.
– Mejor que no habléis de eso. Vosotros les hacíais el caldo gordo.
Todo les parecía destartalado: la huella de la guerra. Llevaban impresa en la memoria la imagen de la floreciente Francia, de la Francia de antes de la invasión alemana; Marsella, la Costa Azul… Ahora, en Gerona, además de la Fundición Costa, que se vino abajo cuando la inundación, solares sin edificar; construcciones cuyas obras se habían paralizado; restos de refugios antiaéreos; una especie de monotonía, de expresión única, en los semblantes. "¿A qué se deberá?".
¡El Estadio de Vista Alegre! ¡Su amado campo de fútbol! Aquello les gustó… El verde césped, rectangular y perfecto, y aquel pasillo subterráneo para los jugadores… "¿Ese Pachín… será tan bueno como dicen?". Los hermanos Costa de pronto se entristecieron en el Estadio. No les importaba no poder salir de Gerona y saberse constantemente vigilados. Pero no poder formar parte de la junta del Gerona Club de Fútbol…
¡Ah, claro! Pese a sus proyectos, y a su talonario de cheques, debería pasar algún tiempo antes de adaptarse a su nueva situación. Entonces pensaron que la idea de la revisión médica era conveniente. Fueron a la Clínica Chaos y el doctor los atendió con solicitud. Análisis de sangre, de orina, radiografías, auscultaciones…
– Un poco anémicos. ¿Quién lo diría? Bueno, con vitaminas y un régimen alimenticio racional, todo arreglado.
Sus esposas los llevaron también al sastre. A un sastre recién llegado de un pueblo, pero que había aprendido el oficio en Lyon.
– ¿Qué se les ofrece?
– Los señores desearían unos cuantos trajes…
– ¿Unos cuantos? Un momento, por favor… Siéntense, por favor…
El día uno de enero se atrevieron a entrar en el Café Nacional para zamparse una copa de coñac. Y allí recibieron la primera prueba de adhesión espontánea. Ramón, el camarero, al verlos salió a su encuentro y les dijo en voz baja: "¡Viva la República!".
Aquello los estimuló. Al día siguiente subieron a la Barbería Dámaso, cuya instalación los dejó asombrados. Desde sus respectivos sillones descubrieron la presencia de Silvia, la manicura, y los dos hermanos se guiñaron el ojo. "Por favor, las uñas…" Al terminar, cada uno de ellos le dio cinco duros de propina. Silvia se azoró tanto que, contra su costumbre, por un momento separó un poco las piernas.
El día cinco presenciaron la Cabalgata de los Reyes Magos. El espectáculo los fascinó. Pensaron que era doloroso no haber tenido hijos. Ahora los hubieran visto desfilar, con el farolillo… "Desde luego -comentaron- esas tradiciones son bonitas. La guerra se perdió por eso, porque Cosme Villa y demás no respetaron esas costumbres".
Cosme Vila y demás… Este pensamiento los obsesionaba. ¿Qué habría sido de los exiliados? ¿De los hombres con los que hicieron causa común durante la República y al inicio de la guerra civil? Ahora, con los alemanes en Francia…
El administrador de la Constructora Gerundense, S. A., les dio información cumplida del paradero de cada cual -excepto de Antonio Casal, que se había quedado en París-, añadiendo una noticia que los dejó desolados: en octubre, o sea, hacía de ello tres meses, Companys, el ex presidente de la Generalidad de Cataluña, había sido entregado por los alemanes a las autoridades españolas. "Lo juzgaron en Barcelona y lo fusilaron en el acto, en Montjuich".
– Pero ¿es posible? ¿Es posible que el Gobierno de Vichy lo entregara?
– Así fue. Pero hay más: Companys, antes de morir, y al igual que Azaña, pidió un cura y se confesó…
– ¿Un cura? Pero ¡si Companys era espiritista!
– Precisamente por eso: creía en el más allá…
Los Costa movieron simultáneamente la cabeza.
– Hay que ver, hay que ver…
Entonces se interesaron por los "vencidos" que andaban por Gerona, y fueron también detalladamente informados por el Administrador. Por supuesto, entraba en sus planes dar trabajo a todos los reclusos que habían salido de la cárcel el mismo día que ellos. Así se lo habían prometido y así lo harían.
Los desazonó especialmente enterarse de la suerte que había corrido Alfonso Reyes, el ex cajero del Banco Arús, que había sido siempre, dentro de Izquierda Republicana, hombre adicto, honrado, leal. "Conque… redimiendo penas a doce grados bajo cero, ¿verdad?".
Se sintieron culpables. Los invadió un sentimiento de culpabilidad. "Él allí, y nosotros haciéndonos la manicura…" Imposibilitados para ayudar a Reyes, volcaron su atención hacia su hijo, Félix. Lo mandaron llamar y el muchacho se presentó, un poco intimidado:
– ¿Tú qué querrías hacer?
– Dibujar.
El chico los impresionó. Estaba muy delgado, pero había en su interior algo que era de fuego. Después de una breve charla convinieron en que le pagarían los estudios y en que ayudarían a él y a su madre con una cantidad mensual.
– Y cuando quieras ir a Bellas Artes, ya sabes…
– ¡Muchas gracias! ¡Muchas gracias!
Félix salió de allí convencido de que los hermanos Costa no eran dos sino tres: Gaspar, Melchor y Baltasar.
Los interesados en las actividades de la Constructora Gerundense, S. A., no acertaban a explicarse que los hermanos Costa, quince días después de haber salido de la cárcel, no se hubieran dignado pisar todavía las oficinas de la Sociedad, instaladas en la calle Platería. Habían supuesto que les faltaría tiempo para tomar posesión del despacho cuya placa decía Dirección y que convocarían una reunión general. En vez de eso, los hermanos Costa continuaban deambulando románticamente y tomándoselo todo con una parsimonia que crispaba los nervios. Sobre todo el coronel Triguero, desde que había recibido la visita de Gaspar Ley con la oferta de ponerlos en contacto con la sociedad barcelonesa Sarró y Compañía, no vivía. "Pero ¿a qué esperar? Han sido indultados. No pueden ocupar cargos públicos. Pero ¿quién les impide dedicarse a los negocios?".
Los Costa procuraban calmar los ánimos de sus colaboradores: "Paciencia… Todo se andará". Sabían que el Gobernador había dicho: "Que se anden con cuidado. Prefiero uno de la FAI a esos arribistas que salen siempre a flote". Sabían también que la Fiscalía de Tasas tenía atribuciones para enviar a los infractores incluso a batallones disciplinarios… "Por favor, no os impacientéis. Dejadnos actuar a nuestro modo. Además, ¡no perdemos el tiempo! De momento, lo importante es observar el panorama".
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