Maruja Torres - Mientras Vivimos

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Premio Planeta 2000
Es una novela sobre mujeres de varias generaciones, sobre sus pasiones y sus dudas, sobre su forma de vivir y su lugar en el mundo. Premio Planeta 2000.
Es una gran historia de admiración y celos, de mentira y verdad, de odio y amor, de pérdidas y encuentros. Judit tiene veinte años y quiere ser como Regina Dalmau, novelista consagrada y próxima a la cincuentena, por la que siente una obsesión casi enfermiza. El día de Todos los Santos se dirige a su encuentro, convencida de que la escritora sabrá ver su talento para la literatura y la ayudará a abandonar el barrio proletario en el que ha crecido y del que reniega. Judit ignora que Regina, sumida en una grave crisis creativa, y víctima de un profundo desasosiego moral, no puede ni siquiera ayudarse a sí misma. La irrupción de la joven en la casa de la famosa novelista hará que ésta se enfrente a las verdaderas raíces de su doble crisis, y a su relación con Teresa, la mujer nunca olvidada que iluminó su pasado. La última lección de Teresa se prolongará más allá de su muerte, porque esta gran novela trata de la herencia que se transmiten las mujeres cuando se eligen unas a otras para tejer entre sí un vínculo más fuerte que la sangre.

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En pocas horas, Judit tuvo el libro listo para mandarlo al editor.

A través de la cristalera entreabierta le llegaban retazos de la conversación que los jóvenes mantenían en el jardín.

– Ya sabes, el clásico soplapollas que te mira por encima del hombro y te trata como si fueras basura sólo porque tú estás empezando y él tiene pedazo de cargo y se levanta un montón de pasta por el morro, sin clavarla -estaba diciendo Alex.

Regina había conseguido acomodar a Alex en una empresa que se dedicaba a producir espectáculos. Más adelante, según respirara Jordi y si al propio chico le seguía interesando, lo mandaría a Londres a estudiar. Entretanto, aquel empleo lo mantendría ocupado y le facilitaría nuevos contactos.

– Le pegarías un buen corte, ¿no? -aventuró Judit.

– ¿Y darle una excusa para que me ponga en la calle? Ése va de boss, se la suda Regina Dalmau, ¿vale? Me tiene manía desde que entré.

Desde su observatorio, la escritora asintió con aprobación. No estaba nada mal que Alex empezara a enterarse de cómo funcionaba el mundo real.

Se levantó y salió al jardín, desperezándose.

– ¿Qué? ¿A vegetar como nosotros? -sonrió Judit.

– Imposible. Eso que me espera ahí -movió la cabeza para señalar el estudio- no puede hacerlo nadie más que yo. Alex, ¿has hablado con tu padre?

– Sí, me llamó al móvil desde la piscina de su hotel. Creo que el muy cabrón removía expresamente el agua con la mano para que me enterara de lo bien que vive.

– La próxima vez, dile que me telefonee. O me lo pasas, si te pilla aquí.

– Dice que Miami es ideal. Tienen hasta centros de budismo para meditar.

– No me cabe la menor duda.

– Alex y yo vamos a ver la última de Bruce Willis. ¿Te vienes?

– ¡Antes muerta! -rió Regina-. ¿Vais a comer aquí?

– No, éste tiene un plan total. Primero hamburguesas y luego cine y palomitas.

Nunca hubiera dicho que Judit, tan madura para su edad, podría divertirse con tonterías semejantes. Qué muchacha tan sorprendente había resultado. Ignoraba cómo, pero se había ganado a Flora, y había conseguido que aceptara que Regina le comprara un diminuto aparato para la sordera; la mujer parecía más feliz y había dejado de llamarla los domingos para contarle sus cuitas. Judit hacía todo eso por ella. Y también cuidaba de Alex: para que la dejara en paz. Al chico, Judit le gustaba mucho, eso se notaba. Apartó los papeles y se quedó mirándolos. Alex le decía algo al oído a la muchacha, y ella reía con ganas. Qué guapos y jóvenes le parecían. La angustia le oprimió el corazón. No estaban a salvo. Nadie lo está. Habría dado cualquier cosa por evitarles las penas que les quedaban por vivir.

Le resultaba imposible concentrarse en el plan de promoción. Abrió el cajón en donde tenía sus blocs de anotaciones para la novela que Blanca quería: los personajes que había inventado; el esbozo de la trama; los posibles títulos, Prisa por vivir, jóvenes al límite… ¿De verdad había tenido alguna vez la menor intención de escribir ese libro?

Cuando los chicos se marcharon, se sintió más sola que nunca.

Pasó por delante del cuarto cerrado, vaciló, apoyó la mano en el pomo de la puerta. Pensó en ir a por la llave, que guardaba en uno de los cajones del vestidor, escondida bajo la lencería. Flora tenía prohibido meter las manos allí. Se limitaba a dejarle la ropa interior ordenada encima de la cama, y Regina, personalmente, la colocaba en sus compartimentos. De pequeña, odiaba ver los calzones y sostenes de su madre, sus horribles fajas ortopédicas, toda aquella parafernalia enfermiza, desperdigada sin ningún pudor por el piso. Santeta y la chica de turno que cuidaba de la enferma hacían bromas al respecto: el ajuar de la ballena, lo llamaban.

Recordaba el pudor con que Teresa recogía sus prendas íntimas del tendedero instalado en un rincón del patio. Pudor era la palabra que la definía, y en eso se parecía a su padre, en la digna mesura con que ambos evitaban aludir a sus apuros económicos e incluso a las crueles facturas que les pasaba el destino. El decoro era su defensa y había acabado por recluirlos en un círculo del que no podían moverse y cuyo trazo invisible sólo ellos conocían. La maldita decencia, unida a la falta de agallas para ponerse al mundo por montera en una época y un país nauseabundos. Al menos, Teresa sabía que las oportunidades pasan, que hay que agarrarse a la dicha fugaz que raramente nos bendice.

No, ahora no, se dijo, apartándose de la puerta. Lo único que deseaba era tumbarse en el sofá y dejar pasar el tiempo. Ni siquiera tenía hambre. Encendió la televisión. Pensó en poner un video, ya que no sabía manejar el DVD, eso lo hacían siempre los chicos, pero ya estaba medio amodorrada y tenía demasiada galbana para levantarse. Buscaría en Canal Satélite una buena película y se quedaría dormida como una reina. Al coger el mando a distancia se dio cuenta de que Alex o Judit habían olvidado su móvil encima de la mesa. Regina era incapaz de distinguir un teléfono portátil de otro. Está conectado, gastando batería, se dijo. Ya se las arreglará quien sea cuando vuelva, decidió.

En Cineclassics pasaban El puente de Waterloo. La había visto un montón de veces y seguía llorando con el final. Qué bien. Agarró la manta ligera que tenía a los pies del sofá y se cubrió a medias. Se quedó dormida cuando Robert Taylor le proponía matrimonio a Vivien Leigh.

Soñó que Albert Dalmau, vestido con uniforme de alto oficial del ejército británico, la llevaba a un salón de té en donde una orquesta tocaba canciones antiguas y varias parejas bailaban. «Tenemos que hablar», le decía. La música cambió de pronto a una cantinela estúpida. Abrió los ojos. En la pantalla, vio a Paul Newman jugando al billar, y la musiquilla no procedía de la película, sino del móvil que estaba sobre la mesa. ¿Por qué no se conformarán con ponerles un timbre normal? En aquel instante, el molesto soniquete se detuvo. Daba igual. Poco después, chirrió en sus oídos un aviso de mensaje. Si el teléfono pertenecía a Alex, podía ser su padre, que lo llamaba desde Miami. Mejor, que se gaste un dinero inútilmente, pensó. Parece que no lo conozcas, rectificó. Seguro que llamaba a cargo de la empresa.

Su reloj de pulsera marcaba las nueve. Tenía hambre. En la nevera había rosbif. Cortó un par de rodajas y las dispuso en un plato, con unos pepinillos y una rebanada de pan integral. Se sirvió un vaso de agua. Quería irse pronto a la cama. Seguía soñolienta, y sabía muy bien por qué. Dormir era una forma de aplazar lo inevitable. Mañana me despertaré muy temprano y acabaré de revisar el plan de promoción, se prometió. Luego lo discutiría con Blanca. Hacía varios días que su agente no le telefoneaba, y ella tampoco lo había hecho. Desde que tenía a Judit en casa, se comunicaban menos. Al fin y al cabo, la chica resultaba tan buena consejera como su agente.

Desde la cocina, oyó el ruido de la puerta al cerrarse, seguido de las voces y risas de Alex y Judit.

– Menos mal que no has venido -dijo Judit, a modo de saludo-, menudo coñazo de película. ¿Estás cenando?

– Hemos traído una pizza -anunció Alex, innecesariamente, porque llevaba el paquete en brazos.

– Uno de vosotros ha olvidado el teléfono en el salón.

Judit salió precipitadamente de la cocina, gritando que era el suyo.

– Pensé que era el tuyo, y que te llamaba tu padre -comentó Regina, mirando al muchacho.

Judit regresó cinco o seis minutos después.

– ¿Algo importante? -preguntó Regina.

– No. Deja que te ayude a cortar la pizza, que eres un manazas -Judit bromeó con Alex. Sin mirar a Regina, añadió-: Era el pesado de mi hermano, no tengo ganas de hablar con él.

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