El piso era más oscuro que el suyo, pero a Regina nunca se lo pareció, entre otras cosas porque disponía de un amplio patio posterior con una gran mesa redonda y sillas de hierro, maceteros llenos de plantas y una fuente semicircular adosada a la pared de cerámica del fondo y culminada por un amorcillo de bronce, de cuyos labios burlones brotaba un chorro de agua. El piso olía a sábanas limpias y a mar, y gran parte de las paredes estaban forradas de estanterías donde los libros se comprimían y amontonaban en un desorden fantástico, como si estuvieran vivos y se ganaran su sitio empujándose unos a otros. Era un piso más añejo que el de los Dalmau pero, al contrario que sus padres, Teresa no lo había abandonado a la desidia. En casa de Regina nada de lo que se desgastaba era reemplazado, de modo que la niña, a medida que creció, fue testigo de cómo huía de entre aquellas paredes cualquier resto de vigor, y de cómo la relación de sus padres parecía pender de una cuerda como la que Santeta usaba para asegurar los grifos rotos. Visitando a la mujer, con Albert o sola, aprendió que el proceso opuesto, el de mantener el aliento de aquello que se ama, ayuda a resistir ante las derrotas. «Las casas también tienen su dignidad, Judit -decía-. Nos guardan y defienden, cargan con nuestro mal humor, reciben nuestras alegrías. Tenemos el deber de protegerlas de la desidia, de embellecer su vejez.» Así era la mujer que en algún momento de su relación, sin que Regina se diera cuenta, empezó a hacerle de madre y depositó en su interior las nociones de una ética tan diáfana como sus ojos, un sentido moral que ahora se volvía contra ella.
La calle de Teresa era angosta y el sol nunca se quedaba demasiado rato en ella. Nacía en una plaza y desembocaba en otra más grande, que a su vez daba al paseo, con sus palmeras, sus edificios oficiales y establecimientos de aduanas. El mar estaba al otro lado, oculto tras los tinglados del muelle. Desde la casa no se veía; sin embargo, el mar era un inquilino más, con su sosegado mugido de sirenas colándose por los balcones y su aroma a salitre y alquitrán que lo impregnaba todo.
Durante años, al abrir cualquiera de los libros del cuarto secreto, Regina sentía que el olor a mar se desgajaba de entre sus páginas como un mensaje distante.
Padre e hija visitaban a Teresa todos los sábados por la tarde. Regina se acostumbró a hablar con ella del colegio, de los deberes, de qué quería ser el día de mañana. «Esa educación que te dan las monjas no me parece la más conveniente -comentaba-. Cuanto menos te la creas, mejor. Tienes que leer, leer mucho. No entiendo que tu padre, con lo inteligente que es, sea tan religioso y confíe en esa gente. -Le dejaba explorar las distintas habitaciones, y le prestaba libros-. No te canses nunca de leer.» Cuando llegaba el fin de curso, Albert y Regina comparecían, orgullosos de las notas, y se las entregaban a Teresa como una ofrenda. «Esta niña tiene madera de escritora -le decía la mujer a Albert, complacida-. Más te vale que el bachillerato lo haga en un colegio decente.» Como los Dalmau no veraneaban y ni siquiera iban a bañarse a la Barceloneta para no afrentar a la madre entregándose a placeres de los que María no podía disfrutar, Teresa ofreció su patio para que, en vacaciones, Regina tomara el sol y el aire. Fue el inicio de una costumbre que aún unió más a la adulta y la niña.
Había dos mujeres en Teresa: la que recibía a Regina y Albert y conversaba con ellos en la sala de estar que daba al patio, la única habitación dotada de luz natural, y la que compartía el verano con Regina. Las dos tenían en común un fondo de tristeza. La primera parecía caminar sobre arenas movedizas y pasaba de la locuacidad a un malhumorado silencio, de la risa a la melancolía; pero a Regina le daba la impresión de que estaba realmente allí, avanzando con ellos hacia el inevitable final de la tarde. La otra Teresa, en cambio, la que se quedaba a solas con Regina, no experimentaba altibajos y cuidaba de ella con serena atención, pero se comportaba como si estuviera ausente. Algunas monjas de su colegio actuaban así, ejecutaban sus tareas sin desmayo mientras pensaban en otra cosa, en Dios, decían, nosotras pensamos en Dios a todas horas. Regina no sabía explicarse qué clase de Dios podía absorber la mente de Teresa, que no era creyente y a menudo discutía sobre religión con su padre. Para ella, no había otro paraíso ni otro infierno que los que encontramos en este mundo.
«Los días de dicha que nos son concedidos, cuando los rechazamos, se vuelven contra nosotros convertidos en años de tormento, porque así es como se venga la felicidad cuando se ve defraudada», dijo en cierta ocasión, y pasarían varios años antes de que Regina comprendiera que lo que entonces tomó por una cita de un libro, por un comentario que abarcaba al género humano, no fue más que una advertencia, no demasiado críptica, que dirigió a Albert Dalmau mirándolo a los ojos. Regina también habría de interpretar más adelante la respuesta de su padre, que entonces le sonó a galimatías: «Piénsalo bien, Teresa, piénsalo muy bien.» Aquélla fue la última vez que el hombre puso los pies en la casa, y Regina lo atribuyó a que quizá a Teresa ya no le quedaban joyas por vender.
Aunque no volvió, Albert siguió animando a su hija para que visitara a la mujer. «En esta casa todo se pudre, y no quiero que también tú te marchites -decía-. Anda, ve a estudiar con Teresa, y dale saludos de mi parte.» Teresa se hizo cargo de su educación, fomentó en ella su deseo de ir a la universidad para estudiar Filosofía y Letras, y la alentó muy pronto para que se emancipara y alquilara un piso con otras compañeras de estudios. «Una mujer tiene que valerse por sí misma», le decía.
«Si quieres escribir, primero debes conquistar tu soledad, que es el lugar sin límites en donde el escritor trabaja. Si quieres escribir… -el mismo comienzo para cada recomendación, cada consejo-. Si quieres escribir, no pierdas el tiempo tonteando, prepárate para afrontar las dificultades. Sí quieres escribir, busca en el fondo de ti misma. Si quieres escribir, tienes que anteponer ese deseo a cualquier otro interés. Si quieres escribir, rompe y vuelve a romper lo escrito hasta que te hagas sangre. Si quieres escribir, huye M éxito fácil, no confíes en los halagos de la gente sin criterio, sé humilde, sé paciente, sé perseverante.»
A Regina le desgarraba el corazón recordar el tiempo que Teresa hurtó a su propia vida para educarla a ella. ¿Qué escribía mientras dejaba caer en su dócil pupila la semilla de su integridad? Seguía publicando libros infantiles, con la misma discreta acogida por parte del mercado. De vez en cuando recibía la visita de un especialista que apreciaba su trabajo, o le pedían que diera una conferencia en una ciudad de provincias. Eso era todo.
Una vez la oyó comentar, como para sí misma: «No soy una autora, soy una costumbre.» Pero había algo más, montañas de folios mecanografiados que guardaba en carpetas y que nunca le permitió leer. «Son pruebas, ideas, capítulos sueltos, cosas que en estos tiempos no se podrían publicar -decía-. Nada definitivo, no vale la pena que te entretengas leyéndome a mí. -Y rápidamente cambiaba de tema-: ¿Has terminado ya Pepita Jiménez? ¿Qué te ha parecido? Nadie habla ya de Juan Valera, pero tiene un castellano magnífico, te conviene leerlo en voz alta.» La regenta, La colmena… Otros muchos libros de la biblioteca de Teresa estaban en inglés y francés, idiomas que Regina estudiaba por recomendación suya, sirviéndose de su diccionario y de sus volúmenes de consulta. Entretanto, le hacía leer traducciones de Stendhal, de Flaubert. También poseía ediciones sudamericanas que le mandaba a casa un librero que las importaba clandestinamente.
Читать дальше