Maruja Torres - Mientras Vivimos

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Premio Planeta 2000
Es una novela sobre mujeres de varias generaciones, sobre sus pasiones y sus dudas, sobre su forma de vivir y su lugar en el mundo. Premio Planeta 2000.
Es una gran historia de admiración y celos, de mentira y verdad, de odio y amor, de pérdidas y encuentros. Judit tiene veinte años y quiere ser como Regina Dalmau, novelista consagrada y próxima a la cincuentena, por la que siente una obsesión casi enfermiza. El día de Todos los Santos se dirige a su encuentro, convencida de que la escritora sabrá ver su talento para la literatura y la ayudará a abandonar el barrio proletario en el que ha crecido y del que reniega. Judit ignora que Regina, sumida en una grave crisis creativa, y víctima de un profundo desasosiego moral, no puede ni siquiera ayudarse a sí misma. La irrupción de la joven en la casa de la famosa novelista hará que ésta se enfrente a las verdaderas raíces de su doble crisis, y a su relación con Teresa, la mujer nunca olvidada que iluminó su pasado. La última lección de Teresa se prolongará más allá de su muerte, porque esta gran novela trata de la herencia que se transmiten las mujeres cuando se eligen unas a otras para tejer entre sí un vínculo más fuerte que la sangre.

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– Déjalo, Flora las meterá mañana en el trastero.

– Puedo hacerlo yo. Con la manía que me tiene, sólo falta que le dé trabajo extra. ¿Dónde está la llave del trastero?

– ¿Qué llave? -preguntó Regina, intrigada.

– La de ese cuarto que siempre está cerrado. Supongo que ahí es donde metéis lo que no tiene utilidad a medio plazo. Y estas cajas -sonrió con picardía-, no las vas a necesitar mientras yo siga aquí.

– Te equivocas -Regina esgrimió una sonrisa similar-. En ese cuarto guardo libros, papeles inservibles que me resisto a tirar, y está cerrado porque perdí la llave. El trastero ya lo conoces, se encuentra en la parte de la cocina.

Judit hizo el gesto de coger las cajas.

– Déjalo de una vez, no seas tozuda. Ven y siéntate.

La chica obedeció.

– Puede que te extrañe lo que voy a pedirte -dijo-, pero necesito que leas las galeradas de mi libro y que apuntes en los márgenes todo lo que no te parezca bien. Gramaticalmente, ya las he corregido yo, así que eso no debe preocuparte. Lo que quiero es que leas cada texto como si no me conocieras, desde tu punto de vista. Algunos artículos fueron publicados hace mucho tiempo y puede que hayan quedado algo anticuados. Yo estoy tan metida dentro, que ni me entero. Me interesa que me señales cuanto te huela, cómo te lo diría, a viejo, a carca.

Había esperado una ardiente protesta por parte de Judit («Tú no serías carca ni aunque te lo propusieras, y lo que escribes nunca pasará de moda», por ejemplo), pero la chica se limitó a tomar entre los brazos el mazacote de pruebas y a apretarlo contra el pecho, con el mismo gesto emocionado con que, aquella primera mañana, abrazaba la carpeta llena de recortes suyos.

– Te juro que lo haré tan bien como sepa -se limitó a decir.

Era evidente que, entre el traslado y el encargo, había entrado en éxtasis, aunque Regina, que era muy suspicaz cuando se trataba de su obra, se preguntó si tanta beatitud no respondería al deseo de hincar sus colmillos en el libro. No seas absurda, se amonestó, es lógico que la pobre esté emocionada ante la idea de que va a leer el libro antes que nadie.

Judit no podía saber hasta qué punto Regina se sentía indefensa, desnuda, en aquellas galeradas que contenían algunas de sus mejores virtudes literarias pero también sus peores defectos. Si ella, al leerse, dudaba acerca del valor real de su talento, ¿qué no podría llegar a pensar una extraña? Porque, pese a sus ataques de aguda autocrítica, Regina también era condescendiente. Inexorable con la gramática, indulgente con el sentido. De otra forma, ¿cómo podría seguir viviendo?

¿No había sido indulgente, también, con el sentido que había otorgado a su existencia, si es que le había dado alguno? ¿Acaso no creía detectar, en el origen de su reciente período de esterilidad creativa, el resultado de una larguísima sucesión de erróneas decisiones personales? Y, sin embargo, no había hecho nada para retroceder en el tiempo y analizarse. Todo lo que esperaba era sumergirse en la redacción de una nueva novela para seguir adelante sin hacerse preguntas.

«Una novela es como una pasión -recordó, repitiendo la lección que había recibido de Teresa-. Si después de escribirla, de vivirla, no hay nada en ti que haya sido alterado, si puedes explicar a los extraños qué te ocurrió durante el proceso y el cómo y el porqué de cuanto hiciste, es que nada surgió verdaderamente de ti y nada te puso a prueba. Porque el proceso de creación de una novela que compromete tu alma no se puede describir.»

Qué insensato, recordar estas palabras, después de tanto camino recorrido. Era preferible no mirar atrás.

– Espera -recuperó las galeradas, tirando de ellas-. Hoy, no. Te voy a llevar a la peluquería. Y mañana nos tomaremos las dos el día libre. Iremos de compras, comeremos fuera, nos divertiremos. Si no hago un descanso, me pondré histérica.

La idea de que, Judit se pusiera a leer su libro allí mismo se le hacía, de repente, insoportable.

Uno de los secretos mejor guardados de Regina Dalmau era que no tenía amigas y que nunca las había tenido. Tuvo una maestra, Teresa, en una etapa anterior de su vida, cuando no era nadie. Luego tuvo compañeras de juergas, muchas de las cuales habían acabado fatal: colgadas del esoterismo o convertidas en orondas amas de casa cuya pista no tenía el menor interés en seguir. Más adelante, durante los primeros años de ebullición de su fama, la rodearon no pocas discípulas. Con la maestra pasó lo que pasó y, aunque la cuenta todavía estaba abierta, pendiente, no era su intención recordar; no ahora.

En cuanto a las discípulas, acabó cansándose de dar más de lo que recibía, de que se le pidieran esfuerzos que no quería realizar, y detestaba la molesta costumbre de la época, consistente en que todas las mujeres se amaran las unas a las otras sin el menor resquicio para la crítica, cuestión ésta que a menudo la dejaba a merced de un hatajo de cretinas. Regina descubrió muy pronto que demasiadas mujeres egoístas, insolidarias y poco concienciadas observan hacia el feminismo la misma actitud que los fascistas mantienen en democracia: aprovecharse de sus ventajas para conseguir sus propios fines. Se había hartado de servir de paño de lágrimas a lagartonas que achacaban las infidelidades de sus maridos a la intrínseca maldad machista, pero que cuando eran ellas quienes les ponían cuernos lo consideraban una muestra de emancipación. Sólo con el tiempo se dio cuenta de que sus libros y el personaje público que había asumido eran responsables, en gran parte, de que se le acercaran las más garrapatas del género. Por supuesto, había meres valiosas, honestas, fuertes, sencillas: pero ésas no perdían el tiempo zascandileando a su alrededor.

Judit era otra cosa.

Sentada en el saloncito privado de una exclusiva boutique del Turó Park, rodeada de ninfas anoréxicas que se desvivían por servirle café y refrescos mientras Judit permanecía en el probador, pensó que no le importaría nada salir corriendo. No podía. Quién sabe cuántas de aquellas muchachas compraban sus libros por Sant Jordi.

Cómo le habría gustado pertenecer al grupo de escritoras de la posguerra, aquellas cuyo prestigio no se basaba en la solidaridad de género ni en las exigencias del mercado. Sufrieron más, qué duda cabe, pero también gozaron más de sus triunfos. No los debían a nadie.

No seas hipócrita. Si fueras una escritora minoritaria, ¿te darías el gusto de ir de tiendas con tu secretaria para convertirla en una ciudadana presentable? Hablando de disfrutar (y de contradicciones), ¿por qué le producía una punzada en el corazón ver lo bien que le sentaban a Judit las diferentes prendas que iba probándose a lo largo de la mañana? Porque vas a cumplir cincuenta años y no soportas salir de la subasta, se dijo. Porque en la tienda donde habéis comprado ropa interior la has visto cambiarse de bragas y sostenes y has sentido el deseo de llorar por tus oportunidades perdidas. Porque ninguno de tus éxitos puede devolverte la ilusión de tus veinte años, que se pareció tanto a la que hoy brilla en sus ojos, ni el rosado fulgor de tus pezones, ni la confianza que dormía entre tus piernas en los tiempos en que creías que todas las pollas y todos los libros se hallaban a tu alcance.

– ¿Qué te parece? ¿No me hace demasiado mayor?

Judit salió radiante del probador, ceñido el busto por un corpiño color caldera del que surgía el vuelo de seda de la falda combinada en rosa y anaranjado. Se dio la vuelta. Era un modelo atrevido, que le dejaba la espalda al descubierto. La muchacha elegía siguiendo los consejos de Regina.

– Olvídate de vestidos minimalistas y colores siniestros -le había advertido la escritora al salir de casa-. Voy a llevarte a sitios en donde te vestirán de mujer, no de monja.

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