Teresa no hablaba mucho de su pasado. Dejaba caer hoy una frase, mañana otra, y así fue como Regina se enteró de que era viuda. Más adelante supo que se había casado a los diecisiete años con un muchacho algo mayor que ella, Mateu, hijo del chofer de su padre; que había sido repudiada por los suyos y que había huido de España al final de la guerra civil, con su marido republicano y el resto de los derrotados que buscaron refugio en Francia. Estuvieron dos años en el sur, en campos de concentración, y por fin consiguieron llegar a París, en donde un amigo de la familia de Mateu les dio cobijo. Mateu fue uno de los muchos españoles que se enrolaron en la Resistencia cuando Alemania ocupó París. Fue detenido, torturado y enviado a un nuevo campo de concentración. Cuando la guerra terminó y los rusos liberaron el campo, el hombre que volvió junto a Teresa ya no tenía alma.
«Tampoco yo era la misma. Las guerras hacen fuertes a las mujeres. Los hombres se marchan al frente, pero sobre ellas recae la tarea de mantener en pie lo poco que pueda salvarse. Yo era muy joven cuando la nuestra, y la viví de una manera romántica, emocional, fui más una carga que una ayuda. Además, estaba enamorada. Lo de Francia fue otra cosa. Qué pocas esperanzas me quedaban, Regina. Trabajé, esperé. Sobreviví. Ésa fue mi forma de resistencia, sobrevivir esperando el regreso de alguien a quien el horror convirtió en un desconocido. Y, lo que son las cosas, a los dos años lo mató un tranvía. Pero yo siempre pienso que murió mucho antes.»
Fue la vez que Teresa habló más de sí misma, y ocurrió porque Regina le había dicho que quería saber más de la guerra española. Por entonces, la chica tenía dieciséis años y Franco acababa de confirmarse en el poder mediante un plebiscito. Hacía un año que Albert no había vuelto por la casa.
Como respuesta a su petición, Teresa se puso las gafas que usaba para ver de cerca, fue a una estantería y, subiéndose a la pequeña escalera que usaba para alcanzar los anaqueles donde tenía los volúmenes que apenas consultaba, eligió dos libros escritos en castellano y publicados por una editorial francesa y se los alargó a la chica. Luego se sentó frente a ella, con la mesa del comedor de por medio, y encendió un cigarrillo. «Ahí encontrarás -dijo, señalando los libros- lo indispensable que tienes que saber. El día de mañana ya buscarás por tu cuenta.»
Fumaba Celtas cortos, recordó Regina, asombrándose de ver con tanta precisión el modo en que Teresa, con un rápido movimiento del dedo anular de la mano derecha, de cuya muñeca colgaba un fino nomeolvides, limpiaba sus labios de restos de tabaco.
«Este país no tiene pies ni cabeza. Sobre todo, no tiene cabeza. Las dictaduras piensan por nosotros. En su primera fase matan a la gente por sus ideas; en la segunda ya no tienen que asesinar a nadie, y se limitan a asegurarse de que no surjan ideas. Nos llevará décadas recuperar el saber que nos arrebataron, si es que alguna vez podemos.»
Cómo le debió de costar a aquella mujer avanzada, libre, adaptarse al país pacato al que regresó para no enfermar de añoranza. «El exilio se te come por dentro, pero no era sólo eso: mi lengua es mi única patria. Un día comprendí que, si seguía en París, tenía que elegir entre el francés y el castellano. Y no tuve dudas», decía Teresa.
A medida que acumulamos experiencias para el recuerdo, ¿construimos también la forma en que se manifestará la memoria?, se preguntó Regina. Quizá la memoria trabaja como un novelista escondido en nuestro inconsciente, un artífice dotado de inteligencia propia, sabio como la eternidad, que no crea la vida sino que la modela eligiendo materiales, recuerdos que va entregándonos según le conviene para condicionar nuestra conducta. En esto consistiría la predestinación, pues lo único que nadie puede controlar es la memoria del individuo. Un déspota puede aplastar la memoria colectiva. Una sociedad sobrealimentada y complaciente puede asentar las posaderas en su historia como si fuera la taza del water. Pero la memoria personal es un partisano incansable que, un día u otro, se queda a solas con cada uno de nosotros y nos arrincona.
Nunca más podría encerrarse en el cuarto secreto con la impunidad con que lo había hecho en otro tiempo.
Si Regina fuera una calle, al levantar su empedrado no encontrarían el mar, sino a Teresa.
Faltaban pocos días para que Regina se montara en el tiovivo de la campaña de difusión de su libro, pero no sentía nada al respecto. Sólo flojera. Los cabos sin atar del pasado ocupaban su mente por completo. Como un patinador que merodea en torno a un lago helado, postergando el momento en que deberá adentrarse y exponerse al riesgo de que el hielo ceda bajo sus pies en su punto más vulnerable, así Regina daba vueltas en torno a la determinación que debía tomar. Hacía días que se había calzado los patines, pero aún no había reunido el valor necesario para emplearse a fondo. Retirar desechos nunca había sido su ocupación favorita. Sabía que éste era el procedimiento de trabajo de muchos autores, ponerse a escribir como quien se introduce en un almacén repleto de objetos inútiles, consciente de que en algún rincón, entre los escombros, lo aguarda el gran descubrimiento, la clave que lo guiará, ya sin estorbos, sin adherencias innecesarias, hasta la culminación de su obra; era un método que ella odiaba. Regina no podía iniciar la redacción de una novela si antes no se rodeaba de artefactos protectores: un sólido esquema, gráficos, genealogías de los personajes; fichas y más fichas con las que se protegía de la angustia de escribir. Aplicaba el mismo sistema a su vida. Era evidente que se había equivocado.
Date un respiro, se exhortó, es domingo. Hasta el clima predisponía a la pereza. El frío había retrocedido y la ciudad, tan poco proclive a cualquier tipo de exceso, había recuperado la comedida gentileza de la estación preferida de Regina, el otoño. Alex y Judit, aprovechando la tibieza del sol de mediodía, se habían instalado en el jardín con refrescos y revistas.
Regina estaba sentada ante su escritorio, estudiando el plan de entrevistas, tachando los programas de televisión decididamente horteras a los que siempre se negaba a acudir y que el departamento de promoción siempre trataba de colarle. De vez en cuando levantaba la vista y sonreía, mirando a los jóvenes.
Dos días antes, la muchacha le había entregado las pruebas corregidas, ahora sí. Judit había hecho un gran trabajo. No se había limitado a señalarle lo que le parecía obsoleto o incongruente, sino que había aportado soluciones concretas, recuadrando con lápiz rojo los párrafos que debían desaparecer y escribiendo en folios aparte, a mano, aquellos que podían sustituirlos, en caso de que Regina diera su aprobación.
– Me he atrevido a ofrecerte un par de ideas muy simples, sólo por si te sirven para estimular las tuyas -le había dicho la joven, al entregarle las galeradas revisadas en un tiempo récord.
Ni eran simples ni se trataba de sólo un par. Regina había examinado con detenimiento las aportaciones de Judit. Aquella chica tenía talento.
– Yo no lo hubiera hecho mejor. Ignoraba que escribieras tan bien.
– Por Dios, Regina, eso no es escribir, sino redactar. Lo sabes mejor que nadie. Me he limitado a desarrollar temas dispersos que están en el libro y de cuya importancia ni te has dado cuenta.
Regina había pensado entonces que Judit se tenía en muy poca estima, y eso que desde que disponía de un vestuario renovado se paseaba por la casa como la ratita presumida. Pobre chica, qué mala suerte ha tenido, privada de alguien capaz de estimar su valía, de infundirle seguridad, de darle consejos acertados.
– Vamos a hacer una cosa. Ahí dentro hay un ordenador portátil -había decidido, señalando la parte inferior de la librería-. ¿Te ves con ánimos para encargarte de pasar las correcciones a limpio? Lo que has escrito está muy bien. Ten más confianza. Yo no podría mejorarlo.
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