Maruja Torres - Mientras Vivimos

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Premio Planeta 2000
Es una novela sobre mujeres de varias generaciones, sobre sus pasiones y sus dudas, sobre su forma de vivir y su lugar en el mundo. Premio Planeta 2000.
Es una gran historia de admiración y celos, de mentira y verdad, de odio y amor, de pérdidas y encuentros. Judit tiene veinte años y quiere ser como Regina Dalmau, novelista consagrada y próxima a la cincuentena, por la que siente una obsesión casi enfermiza. El día de Todos los Santos se dirige a su encuentro, convencida de que la escritora sabrá ver su talento para la literatura y la ayudará a abandonar el barrio proletario en el que ha crecido y del que reniega. Judit ignora que Regina, sumida en una grave crisis creativa, y víctima de un profundo desasosiego moral, no puede ni siquiera ayudarse a sí misma. La irrupción de la joven en la casa de la famosa novelista hará que ésta se enfrente a las verdaderas raíces de su doble crisis, y a su relación con Teresa, la mujer nunca olvidada que iluminó su pasado. La última lección de Teresa se prolongará más allá de su muerte, porque esta gran novela trata de la herencia que se transmiten las mujeres cuando se eligen unas a otras para tejer entre sí un vínculo más fuerte que la sangre.

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– A mí me gusta mucho Pertegaz -replicó Judit, para su sorpresa.

– Nena, me caes bien, pero no tanto como para llevarte al atelier de Manolo -observó la escritora, más divertida que alarmada por su audacia.

La transformación había empezado a última hora de la tarde anterior, en su peluquería, en donde Regina se había limitado a señalarle su pelo a Kimo, con cierto aire entre condescendiente y exasperado:

– Ya ves. Tú sabrás cómo lo arreglas.

– Llevas un corte fatal -dijo el estilista.

– Me lo hago yo misma.

Kimo, encantador:

– A tu edad, cualquier cosa os sienta bien. Pero una vez que te corte yo el pelo no podrás regresar a las malas costumbres. Tienes la cabeza pequeña, necesitas algo de volumen.

– Ten cuidado -advirtió Regina-. No quiero pasar del hijo menor de los Adams a la novia de Frankenstein.

– ¿La maquillo también?

Regina titubeó un momento. Al final se decidió:

– No, eso quiero hacerlo yo. Limítate a una exfoliación, cremas… Con que le prepares el cutis, tengo suficiente. Y haz lo posible por quitarle esos barrillos de la nariz. ¿Es que nunca te has limpiado la cara a fondo?

– ¡Eres la mejor! ¡Regina, eres la más! -aplaudió Kimo.

Esa noche, ante el regocijo de Alex, que se preparaba para salir porque había localizado a un antiguo amigo, las dos mujeres se encerraron en el baño de Regina, después de que el chico hubo transportado allí la silla anatómica del estudio, que serviría para que, Judit estuviera cómoda durante la larga sesión que tenían por delante.

– Parece que estáis jugando a las muñecas -se burló Alex.

– Las mujeres nunca dejamos de hacerlo -le cortó Regina-. Y tú, no me hagas hablar. No sé en qué consiste tu idea de arreglarse para salir. ¿Te has pulverizado camembert en los zapatones?

Puso el Violin concerto in G de Mozart en la minicadena del baño. Aquella energía juvenil era el mejor acompañamiento musical para lo que se disponía a hacer.

– Esto es… esto es… -por una vez, Judit no encontraba palabras-. Emocionante.

– ¿Te gusta Mozart? -preguntó Regina, mientras le disponía una toalla en torno al cuello.

Se miraron en el espejo. El rostro de Judit también era un espejo en donde Regina renacía.

– Me gusta la música clásica, en general. Lo que pasa es que no entiendo mucho.

– Ni falta que hace. Fíjate bien en mi técnica, porque no pienso volverte a maquillar nunca más. Te voy a poner primero este aceite mágico… Si no tuviéramos tanto trabajo, te llevaría al Auditori. Es una lástima que todavía no hayan acabado de reconstruir el Liceu. Seguro que me invitan a la inauguración, espero que sea el año que viene. Si te portas bien, me acompañarás.

Trabajó en silencio, concentrada, dejando que la música se adueñara del espacio. Eligió una gama de tonos suaves, la que ella solía emplear por las mañanas. Libre de fijador, el pelo de Judit se había revelado más castaño que negro. Le iban bien los anaranjados poco estridentes.

Cuando terminó, las notas del concierto para violín y orquesta en sol mayor hacía tiempo que se habían extinguido, a pesar de que lo habían puesto dos veces.

– Estás preciosa -exclamó Regina, apoyando las manos en los hombros de la muchacha.

Su obra la adoró desde el espejo.

– Qué pena que tenga que desmaquillarme para irme a la cama, Regina -dijo-. Me has corregido el labio superior, que es demasiado delgado. Gracias a eso, mi boca parece igual que la tuya.

Eso había ocurrido la noche anterior. Ahora, sentada en la boutique, Regina se preguntaba si se había vuelto senil. ¿Proyectaba planes a largo plazo para compartirlos con Judit? ¿Había dicho que el año próximo irían juntas al Liceu

Y no eran sólo los labios lo que le había retocado para que la chica se asemejara a ella. También las cejas, los párpados. Se había esforzado en acercar los rasgos de Judit a los suyos.

Esa misma mañana, en una tienda de la Diagonal, ¿no habían tomado a Judit por su hija?

– Qué gozo que hace usted -había dicho la dependienta, en un castellano catalanizado-, quién lo diría, con una hija tan mayor.

No era eso. Sus sentimientos hacia Judit no eran la válvula de escape de un reprimido instinto maternal. Regina, que había abortado en Londres en su juventud sin sufrir traumas posteriores, nunca había sufrido las embestidas ciegas de la maternidad no realizada. En eso sí se parecía a las protagonistas de sus novelas. No quería reproducirse.

No era ser madre lo que quería, sino ser hija. Al tratar a Judit como si lo fuera, reconocía la fuerza de la cadena que une a las mujeres de diferentes generaciones, la cadena de la vida que recoge la herencia y prepara el relevo. Hija de madre, eso es lo que necesitaba ser. Porque hay un atavismo en la hembra de la especie, quizá más irrazonable y arrollador que el de la reproducción, y es la necesidad de certidumbre que, en las revueltas descendentes de una existencia plagada de incógnitas y de inconfesables soledades, la obliga a retroceder en busca del calor de la fogata primigenia, y también del descanso que proporciona saberse a cubierto de responsabilidad y de culpa porque los brazos que la acunan la protegen del mundo y de ella misma.

Hija de madre. Sí, pero ¿de cuál? De la mujer que la había parido, María, no conservaba Regina más recuerdo que la distante y vaga conmiseración que su monstruosidad le producía. En cuanto a la otra, la maestra de su adolescencia y primera juventud, podía recuperarla cuando quisiera. Estaba esperándola, intacta, en el cuarto cerrado, junto con el dolor de la memoria y la pena por lo no vivido.

Se concentró en Judit, en sus vestidos, en la gracia con que se movía entre espejos. Por alguna extraña razón veía en la muchacha a la hija que hoy necesitaba ser, y su afán de protegerla y tutelarla no era sino una manifestación de su duelo por los errores cometidos. Quería ser para Judit lo que Teresa había sido para ella. Y quizá deseaba que Judit le correspondiera mejor.

Sí, juego a las muñecas, reconoció. Las mujeres nunca dejamos de buscarnos y ocultarnos en nuestros disfraces, es una costumbre a la que sólo renunciamos en nuestro lecho de muerte, y a veces ni siquiera, pues algunas dejan instrucciones precisas acerca de cómo quieren aparecer en su última exhibición pública.

Condujo hasta el Port Olímpic. A su lado, una Judit vestida con pantalón y chaqueta beige sonreía al pensar en las compras que se acumulaban en el maletero del coche.

Almorzaron en la terraza cubierta del hotel Arts, junto al mar pero al resguardo del frío. Judit, exuberante, hacía planes. Regina le contestaba con monosílabos.

Teresa. No dejaba de pensar en Teresa.

Cuando Regina tenía doce años, Albert Dalmau le dijo que si levantaran los adoquines de la calle donde vivía Teresa encontrarían el mar bajo sus pies. A esa edad hizo que lo acompañara por primera vez al piso de quien Regina, por lo mucho que él le hablaba de ella, creía la más fiel clienta de su padre, aunque pronto se percató de que, si bien Albert entregaba esporádicamente a la mujer alguna alhaja envuelta en papel de seda (un pendiente cuya piedra se había desprendido y él la había engarzado de nuevo, un collar al que había cambiado el broche), lo más habitual era que la transacción se realizara en sentido contrario. Más tarde, Regina comprendió que Teresa estaba vendiendo, pieza a pieza, las joyas familiares que, junto con el piso, eran cuanto le quedaba del patrimonio heredado de su abuela materna, porque la literatura infantil que publicaba no le daba lo bastante para vivir. Dalmau actuaba como intermediario.

Aquellos libros de tapas rígidas y coloridas llegaron a Regina antes de conocerla, de manos de su padre, que ponía mucho empeño en que los leyera. A ella le gustaban. Sus protagonistas eran siempre los mismos, una reducida pandilla de chiquillos de barrio que vivían extraordinarias aventuras sin salir del solar en donde se desarrollaban sus juegos. En el grupo de amigos era una niña, Marta, la más inteligente y osada, quien tomaba la iniciativa en cada historia. Regina se quedó muy sorprendida cuando descubrió que Teresa no tenía hijos y que vivía sola en aquel piso antiguo al que se accedía subiendo una decena de peldaños. Formaba parte de un vetusto palacete de tres plantas, con un zaguán para carruajes, que había sido reconvertido en oficina de atención al público de una empresa de transportes que ocupaba la planta baja y el sótano. Al pie de la escalinata de mármol deteriorado que conservaba cierto porte señorial, se encontraba la garita del portero, en desuso.

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