Maruja Torres - Mientras Vivimos

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Premio Planeta 2000
Es una novela sobre mujeres de varias generaciones, sobre sus pasiones y sus dudas, sobre su forma de vivir y su lugar en el mundo. Premio Planeta 2000.
Es una gran historia de admiración y celos, de mentira y verdad, de odio y amor, de pérdidas y encuentros. Judit tiene veinte años y quiere ser como Regina Dalmau, novelista consagrada y próxima a la cincuentena, por la que siente una obsesión casi enfermiza. El día de Todos los Santos se dirige a su encuentro, convencida de que la escritora sabrá ver su talento para la literatura y la ayudará a abandonar el barrio proletario en el que ha crecido y del que reniega. Judit ignora que Regina, sumida en una grave crisis creativa, y víctima de un profundo desasosiego moral, no puede ni siquiera ayudarse a sí misma. La irrupción de la joven en la casa de la famosa novelista hará que ésta se enfrente a las verdaderas raíces de su doble crisis, y a su relación con Teresa, la mujer nunca olvidada que iluminó su pasado. La última lección de Teresa se prolongará más allá de su muerte, porque esta gran novela trata de la herencia que se transmiten las mujeres cuando se eligen unas a otras para tejer entre sí un vínculo más fuerte que la sangre.

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– Yo me volvería loca de gratitud si alguien como tú se convirtiera en mi agente.

– ¡No me digas que también escribes! Regina no me ha contado nada.

– Es que no se lo he querido decir. No soy más que una aspirante a escritora, me daría mucha vergüenza que Regina viera mis cosas, y no te digo tú, que estás acostumbrada a tratar con gente de tanto prestigio. De momento, no he escrito más que algunos cuentos cortos…

– Oye, bonita, ahora tengo que colgar porque me espera un hijoputa inglés que quiere montar una agencia aquí, y el muy capullo pretende que lo asesore. ¡Buena está la competencia! En lo que se refiere a Regina, confío en ti tanto como ella. Ayúdala en cuanto puedas, incluso con el libro. Tenemos que estar en la calle la primera semana de diciembre, como mucho. Arréglatelas, y llámame siempre que lo necesites.

– Una última cosa…

– ¿Qué?

– Me parece que le resultaría mucho más útil a Regina si me trasladara a vivir aquí. Trabajaría más horas, le haría compañía.

– ¿Estarías dispuesta? Te va a sacar las mantecas.

– Haría cualquier cosa por ella. Cualquier cosa.

– Eres una joya, Judit. Cómo me gustaría tenerte aquí, en mi despacho.

– He pensado que, si tú se lo insinuaras…

– Dalo por hecho. Y no te preocupes, que no se va a enterar de nuestro pequeño complot.

Judit apagó el móvil y se levantó de la cama. Alisó la colcha para borrar las huellas de su cuerpo. Antes de salir, echó una última ojeada a la habitación. No resistía la comparación con el dormitorio de Regina, pero era bastante amplia, contaba con todo tipo de comodidades y estaba decorada en tonos asalmonados y verdes.

Pronto la ocuparía. Había tenido que improvisar un nuevo guión para empujar el desarrollo de los acontecimientos, pero el resultado de su encuentro con Regina sería el que había previsto desde el principio.

– Sí queréis sacar el libro, será mejor que me mandéis el proyecto de marketing y todo lo relativo a la campaña promocional hoy mismo. Y envía una copia a Blanca, quiero que lo vea antes de que tomemos la menor decisión.

Regina hablaba por teléfono con Amat, su editor, mientras se rascaba la cabeza con un bolígrafo, reclinada en el asiento contra la pared del estudio y con los pies sobre el escritorio. Odiaba que Alex profanara con sus zapatones la tapicería del sofá, pero tenía que reconocer que aquélla era una de sus posturas preferidas, y que, además, le complacía la admiración con que Judit parecía reaccionar ante su demostración de carácter. La joven se había detenido en plena labor y concentraba toda su atención en ella, dedicándole una de sus miradas especiales.

– Comprendo que no os toméis el mismo interés con este libro que el que pondríais en una novela inédita -reflejado su poderío en la expresión embelesada de Judit, Regina se crecía por momentos-, pero un poco más de entusiasmo sí que os lo agradecería. Di a tus niñas que despeguen el maldito culo de la silla.

Tapó el auricular con la mano, puso los ojos en blanco y murmuró, sacudiendo la cabeza:

– ¡Editores!

Judit la premió con una sonrisa de complicidad.

– No, ni hablar. No pienso mandaros las pruebas corregidas mientras no tenga todo lo demás delante de mis narices. Y nada de reproches por el retraso, guapo, ya querrías que todos tus autores te cumplieran como yo. Quiero también los carteles y los expositores para las mesas de las librerías. Y la maqueta de la portada definitiva, desde luego. No, de ninguna manera, me niego. El texto de solapa lo escribiré yo, al fin y al cabo siempre tengo que reescribirlo porque no se os ocurren más que disparates. Os lo mandaré junto con las pruebas, cuando las tenga. Diles a los de la imprenta que se vayan preparando unas tilas, porque voy a hacer muchas modificaciones en los textos. Haber corrido más, qué quieres que te diga.

Colgó dando un golpe seco, pero no estaba de mal humor; al contrario, se sentía eufórica.

Apenas habían transcurrido dos semanas desde su primer encuentro en el ateneo, y la joven ya se había trasladado al cuarto de invitados. Hizo la mudanza la tarde anterior.

– Es una tontería que, saliendo tan tarde todas las noches, no te instales aquí -le había dicho Regina-. Tengo nuevas tareas que encomendarte. Mi editorial se está poniendo pesada, no paran de llamarme, y queda un montón de trabajo por hacer. Me agobio, y creo que puedes ayudarme mucho. Tómalo como algo provisional; si te gusta, bien, y si no, puedes volver a dormir a tu casa en cuanto quieras. Si lo consideras necesario, puedo hablar con tu madre. Supongo que necesitará que la tranquilice.

– No te preocupes por eso. En casa siempre he hecho lo que he querido -respondió Judit, radiante-. Mi madre tiene mucha confianza en mí.

– Pues esta misma tarde te tomas un par de horas y te traes tus cosas. Que te acompañe Alex, si te hace falta. No estará mal que arrime un poco el hombro, que le va a entrar artritis en los dedos de tanto darle al mando a distancia.

– No creo que sea necesario -dijo Judit-. Para lo que tengo que transportar…

– Ni se te ocurra decorarme la casa con esos pingos negros que tanto te gustan. -Era una ocasión inmejorable para que Regina impusiera condiciones-. No llegaré al extremo de decirte que pareces un cenizo, como hace tu madre, pero ha llegado el momento de que cambies tu línea de vestuario. Y no te preocupes por el dinero, que la casa invita.

Erudita la miró con tal calidez y gratitud que Regina estuvo a punto de acariciarle el pelo. Se detuvo a tiempo: también tendría que acompañarla a la peluquería. Su fiel Kimo sabría qué hacer con aquella melenilla sometida al fijador.

Aunque la iniciativa de que Erudita se instalara en el cuarto de invitados surgió de Regina, que llevaba dándole vueltas desde el principio, había sido Blanca quien le había dado el empujón definitivo, en el transcurso de una de sus habituales conversaciones nocturnas.

– Una cosa es ir con retraso -había dicho-, y otra, no llegar. Por lista que seas, no podrás tú sola con todo. Y menos, teniendo que atender al hijo de¡ zángano. Esa chica que te ayuda parece de confianza. ¿Por qué no la metes en tu casa y la usas a tiempo completo? A esa edad, no necesitan dormir mucho, y podrás obtener de ella mayor rendimiento.

Una vez más, su agente tenía razón. El problema era que, después de corregir las pruebas de los textos que formaban su próximo libro, Regina no estaba satisfecha con el resultado.

– Si no lo tuviera comprometido, me negaría a publicarlo -le confesó a Blanca, No tiene ni pies ni cabeza.

– Fuiste tú quien se empeñó en asaltar cada año las listas de éxitos, con un libro u otro -le recordó la agente-. ¿Por qué no le pides a Judit que le eche un vistazo? Según parece, tiene mucho criterio.

Llevaba semanas cantándole a Blanca las excelencias de Judit y, aunque seguía sin confiarle que la tenía bajo observación literaria, sus alabanzas giraban siempre en torno a su frescura juvenil, su juvenil vitalidad y su insólita y juvenil sensatez. Era inevitable que la otra, al aconsejarle que sometiera las galeradas a su juicio, remachara:

– No te iría mal que alguien de su edad pusiera tus textos al día.

De modo que, la víspera, después de que Judit colocara en su cuarto las cuatro cosas que había traído consigo en una bolsa de viaje que hasta a Regina le pareció excesivamente pequeña (como si la joven pensara instalarse sólo un fin de semana… o quisiera dejar atrás cuanto le recordaba a su vida anterior), la escritora se sentó en el sofá del estudio y, tal corno había hecho durante el día de Todos los Santos, invitó a Judit a sentarse a su lado.

– Primero guardaré todo eso, es un estorbo -Judit señaló las cajas que habían servido para guardar los documentos.

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