Una noche, viendo El crepúsculo de los dioses (tuvieron que usar la copia en video porque la publicación de clásicos en DVD todavía dejaba mucho que desear), Judit pulsó el botón de pausa en el mando a distancia y congeló la imagen al principio de la película.
– Es imposible -dijo, arrogante-. ¡Un muerto que habla!
– No me digas que no lo sabías -replicó Regina, extrañada-. Esta película es todo un clásico. Por primera vez era un muerto quien ponía la voz en off, lo que provocó mucha polémica en su momento. Ya verás como en seguida te deja de chirriar.
La otra quería seguir discutiendo.
– Es inadmisible, desde el punto de vista estricto de la narración -continuó, con cierto tonillo pedante-, que un cadáver cuente lo que ha ocurrido antes de su muerte.
Regina sonrió.
– Si te fijas bien, Judit, sólo un muerto puede saber todo cuanto ocurrió, incluso cuando él no estaba presente. Ése es el talento de Billy Wilder, recordarnos una de nuestras más arraigadas e inconscientes creencias: que la gente, cuando se muere, alcanza un grado de conocimiento que ningún ser viviente posee. Y a partir de ahí, te tragas todo lo que viene.
– Sí, pero eso es hacer trampa.
– Cualquier audacia resulta admisible en el arte, si el argumento respeta su propia lógica. Hacer trampa sería, por ejemplo, que al final de la película resultara que el muerto estaba vivo y hubiera estado fingiendo todo el rato.
Judit se quedó pensativa.
– Entonces -reflexionó-, cuando un escritor, en una novela, cuenta la historia como si estuviera dentro de todos los personajes, es como si fuera un muerto.
– No lo podrías haber expresado mejor -Regina volvió a sonreír-. Es lo que llamamos el narrador omnisciente, el narrador-dios. ¿Y quién está más muerto que Dios?
En esas ocasiones, cada vez más frecuentes, en que Judit se quedaba hasta muy tarde, Regina le daba dinero extra para que regresara a su domicilio en taxi. Pensó que, a la larga, quizá le compensaría comprarle un coche de segunda mano, en el caso de que supiera conducir. De todas maneras, la chica pasaba las horas encerrada en el piso y cuando salía a hacer gestiones no se alejaba del vecindario. ¿No sería mucho más práctico que le propusiera que se trasladara a vivir allí? Incluso contando con la inminente llegada de Alex, dispondría de una habitación de más.
Noche tras noche, Regina le sonsacaba información acerca de sus costumbres. Resultaba curioso que, a su edad, Judit careciera, no ya de amigos, sino de simples conocidos con quienes salir, ¿cómo se decía, de marcha?
– Siempre he preferido la compañía de las personas mayores -decía, mirándola con el repertorio completo de su veneración-. Sobre todo, si son inteligentes.
La chica no tenía empacho en hablarle de su familia y de su vida, pero siempre se las ingeniaba para que, al final, fuera Regina quien acabara contándole cosas. A la escritora le resultaba imposible resistirse al encanto de aquella mente ansiosa por acrecentar sus conocimientos sobre ella. Conocimientos halagadores en extremo: Judit recordaba observaciones que ella había hecho, viajes que había realizado, hasta se sabía de memoria los trajes que había lucido para tal o cual ocasión. Los artículos que había escrito, sus intervenciones en televisión. Y sus novelas. Le citaba párrafos enteros de memoria. ¿Era posible que una muchacha que pensaba tanto en ella y para ella, no resultara al mismo tiempo rastrera?
Judit conseguía semejante prodigio. Sabía subirla en un pedestal sin rebajarse. Al hablarle tanto y tan bien a Regina de Regina, con tanto tino, le devolvía su seguridad maltrecha. El efecto duraba sólo unas horas. Pero qué horas. Sólo por eso, pensaba la novelista, valía la pena tener a Judit en casa.
Al contrario que Flora, Alex apreció a Judit desde el primer momento. Fue Regina quien, por diferentes motivos, no estuvo a la altura de las circunstancias cuando el muchacho apareció en la casa, pocos días después de que lo hizo Flora.
La novelista disfrutaba de las atenciones de Judit más de lo que había esperado. Era magnífico dejarlo todo en sus manos, le parecía que se le regeneraban las células. Se estaba eternizando en la corrección de las pruebas, pero eso tampoco importaba: nunca se ponía al teléfono cuando quien la llamaba era el pesado de Amat, y el editor tenía que conformarse con las explicaciones que le daba Blanca.
Regina volvía a levantarse a las siete, casi tan pronto como cuando escribía de verdad, y tras una ducha rápida se vestía con informales pero impecables atuendos de mañana. Había empezado a hacerlo para marcar distancias ante su subordinada, y ahora se veía eligiendo, con la mente puesta en Judit, las prendas que le sentaban mejor y que más la rejuvenecían. Y lo hacía para agradarle, no para imponerle su autoridad. Para cuando Judit aparecía, hacia las ocho, cargada con los periódicos del día (otra tarea perdida por Flora), Regina estaba lista para iniciar la jornada. Desayunaban juntas, Se habituó a compartir con Judit la lectura de diarios, a comentar las noticias con ella. En realidad, era Regina quien peroraba mientras la otra asentía; no parecían interesarle gran cosa los conflictos internacionales ni la política nacional, y sólo cuando la escritora se refería a asuntos de índole social, como la violencia doméstica contra la mujer y el trato a los inmigrantes extranjeros, abandonaba su apatía para unirse incondicionalmente a las opiniones de Regina. En cierta ocasión en que la novelista, algo exaltada, bramó contra determinados jueces que rebajaban las sentencias a los hombres que maltrataban o asesinaban mujeres, Judit hizo algo que emocionó a Regina. Sacó de sus profundidades la mirada de arrobo que reservaba para el final de la jornada y, arrastrando su cazallosa voz, le dijo:
– Deberías presentarte a las próximas elecciones. No te lo tomes a coña, eres la única persona en quien confía España entera.
– No seas exagerada -sonrió Regina.
Pero qué diantre, ¿a quién no le gustaba empezar bien la mañana?
Temía que la llegada de Alex alterara el plácido ritmo de los días que pasaba con Judit. Además, los dos tenían casi la misma edad. Sería inevitable que la chica se entendiera con él mejor que con Regina.
El muchacho compareció, sin avisar, a primera hora de la tarde, interrumpiendo la pequeña siesta con que Regina solía regalarse en el sofá del estudio. Su intempestiva llegada la puso de mal humor, pero lo que le sentó peor fue lo poco que quedaba en él, a juzgar por las apariencias, del chico alborotador que había vivido en su casa años atrás. No era tan necia como para pretender que se mantuviera igual, pero lo que menos esperaba era encontrarse con una réplica de Jordi, en joven. Por grande que fuera el afecto que sentía hacía Alex, Regina, al aceptarlo en su casa, no había actuado sólo movida por su generosidad. Lo que en el fondo quería era que el muchacho reconociera la superioridad de su actitud en comparación con la de Jordi, que se lo había quitado de encima para poder moverse a sus anchas por Miami. Alex tenía la misma sonrisa de su antiguo amante, y eso le traía demasiados recuerdos.
La vieja ira volvió a ella, puntual como las recaídas de una enfermedad crónica, dragando las miserias del pasado. Nada podría modificar el hecho de haber sido rechazada.
Iba vestido de marrón oscuro, con pantalones de pernera ancha y recta y una parka con capucha. Llevaba unas Nike amarillas de triple suela, con los cordones desatados. Dejó caer la bolsa de viaje y la mochila en el suelo, sin demasiados miramientos. Había crecido tanto que tuvo que inclinarse para besarla. Regina no sólo no le devolvió el beso, sino que puso en su bienvenida tanta acritud como le fue posible:
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