Encerrado todo el día en la habitación que usaba como taller, dejaba que Regina vagara por la casa y se las arreglara para escabullirse del peso de las exigencias maternas, o más bien debería decir de las exigencias del peso materno: aquella mujer monstruosa, de pechos escasos pero inmensamente gorda de cintura para abajo, que pasaba su vida en la cama, siempre con un bastón al alcance de la mano para llamar a la chica de servicio que la atendía, o para reclamar la presencia de los otros, de su padre, de la misma Regina o de la buena de Santeta, que era quien llevaba la casa y se encargaba de darle a la niña algo de afecto. Aún hoy, Regina no podía ver un bastón con empuñadura de plata en el escaparate de un anticuario sin estremecerse al recordar el instrumento de tortura sicológica que María tenía junto a su cama, apoyado en la mesilla de noche, y con el que golpeaba impacientemente el suelo a cada momento.
Más adelante, cuando ya era una novelista famosa y sus padres se encontraban bajo tierra, leyó en alguna parte que Lillian Hellman, en su vejez, también usaba un bastón, y que en las fiestas a las que acudía solía sentarse en el mejor lugar y reclamar desde allí, a bastonazo limpio contra el suelo, la atención de los otros invitados.
Pobre María, pensó con desapego, recluida desde que ella podía recordar en aquel cuerpo deforme, negándose a ver a médicos, rodeada siempre por un enjambre de curanderos y embaucadores, sitiada y a la vez investida por la enfermedad, cuyo nombre nadie le supo dar y tuvo que averiguar por su cuenta, una hidropesía que no era mortal (podía atestiguarlo: había vivido cinco años más que su estilizado marido, fallecido en el 86 mientras dormía, apenas cumplida la setentena), pero que había ahogado todo lo bueno que pudo existir en ella.
Pobre Albert, asido a su mesa de joyero, con las gafas para ver de cerca, aunque muy a menudo usaba la lupa binocular, cubierto por el guardapolvo gris que usaba para el trabajo. Quién sabe qué corrosivas partículas cubrían su corazón. Regina estaba convencida de que su rectitud no lo inmunizó contra los sentimientos. Quién sabe si alguna vez, pese a su fe católica, en la soledad de su cuarto, no dirigió más de una mirada anhelante al frasco de ácido sulfúrico que guardaba en lo alto del armario de las herramientas más grandes. Blanquímento, pronunció Regina, saboreando la poética palabra que define la disolución, nueve partes de agua y una de sulfúrico, que su padre utilizaba para blanquear metales. Sin mezclar habría resultado un veneno estupendo, para él o para la mole conyugal que lo tenía sometido.
No, el verdadero sulfúrico, o al menos su equivalente humano, se encontraba en el otro extremo del odioso piso del Eixample, en el dormitorio de la madre, junto a la galería abierta que daba a un patio interior que olía a excrementos de gatos. «Ven aquí, medio hombre, mequetrefe», gritaba María, golpeando el suelo con el bastón. Y esas frases hirientes llegaban a Albert y a la niña, que huían de su presencia.
El banco de joyero tenía una historia pero Regina no quería contársela ni a sí misma. Mucho menos, a Judit. Se limitó a mostrarle las particularidades del mueble, el tablero para dibujar que se deslizaba entre los dos cajones, la plancha de acero colocada en el centro de la medialuna, la cuña de madera situada debajo.
– Puedes dejar tus cosas en el recibidor -dijo en tono cortante, para evitar que le hiciera más preguntas-. Luego te digo qué tienes que hacer con el material que hay en esas cajas.
Nada es como parece. Y todo es mucho más de lo que parece, se dijo Judit, empujando con energía la recargada puerta de madera de la delicatessen de la calle Muntaner, la misma donde había realizado modestas compras en su vida anterior, antes de que Regina Dalmau despertara a la Bella Durmiente.
– Puedes llamarlos por teléfono -le había dicho la escritora-. Es lo que hago siempre.
Regina le había rogado que se quedara a cenar, era la primera vez que lo hacía, y esta invitación, que para Judit representaba todo un acontecimiento, se veía reforzada por la posibilidad que le ofrecía de presentarse de nuevo en la refinada deficatessen, pero ahora pisando terreno firme.
– Déjalo -había respondido Judit-. Me conviene tomar un poco el aire.
– En eso tienes razón -convino Regina-. Hace más de diez horas que estás pegada a la mesa. De todas formas, que lo manden con un chico. No tienes por qué ir cargada.
La atendió el mismo dependiente de chaquetilla blanca que la vez anterior la había mirado de arriba abajo, arrugando la nariz. Inició el mismo gesto, que se convirtió en una expresión de extrañeza cuando leyó la lista que Judit le alargó con aire displicente. Comprobó el pedido y se quedó unos segundos con la boca abierta y los ojos fijos en la muchacha, como si le resultara imposible asociar a aquella joven de aspecto estrambótico con un pedido de ensalada de langostinos, jamón de jabugo y un surtido de quesos. Consciente de que no daba la talla ni de criada ni de niña bien, Judit compuso una expresión pétrea y utilizó su voz más intimidatoria para decir:
– Es para Regina Dalmau. -Mirando su reloj de pulsera, añadió-: Haga que se lo manden dentro de media hora. Ni un minuto antes, ni un minuto después.
El dependiente dobló el espinazo y se deshizo en promesas de puntualidad, pero a Judit no le gustó su media sonrisa. Le recordaba demasiado el comentario que su madre solía hacer en cada ocasión que veía una vieja película, Gilda, por la tele: «El más inteligente es el hombre de los lavabos del casino, que no se equivoca cuando juzga a la gente y pone a cada cual en su lugar.»
Cuando Regina decidió la compra, lo de] jamón la desconcertó:
– ¿No eras vegetariana? Creí…
– ¿Quién? ¿Yo? -La mujer enarcó las cejas.
– Lo ponía en una revista. En más de una. También te lo he oído decir por televisión.
– Ah, eso… -Regina se encogió de hombros-. Supongo que me dio por ahí. Si contestas siempre lo mismo acabas por aburrirte.
Salió del establecimiento con la molesta sensación de que el dependiente, para sus adentros, la había puesto en su lugar. Sin embargo, no le duró mucho. Al desembocar en la plaza sintió que no pertenecía a ninguna otra parte, que aquélla era su ciudad. Iba a cenar con Regina, en su casa, en un acto de intimidad inaudita, ya que sólo hacía tres días que trabajaba para ella. No sabía cómo calificar la relación que había empezado a establecerse entre las dos.
Había llegado a la casa tan cargada de energía, tan proyectada hacia su ídolo, que inevitablemente la vida cotidiana, tan plena de alicientes, contenía también una parte de decepción, como sí su ímpetu se estrellara contra una mampara invisible. Regina era muy amable con ella, más que eso, cariñosa. Aceptaba con satisfacción sus sugerencias para agilizar el trabajo, le agradecía su rapidez, apreciaba la puntualidad con que llegaba a la casa todas las mañanas; se notaba que disfrutaba de su compañía.
Y nada más.
La comunión que buscaba, la chispa que tenía que brotar entre las dos, aquel choque entre almas gemelas del que debía nacer una relación indestructible, todo eso no se había producido. La maestra no había reconocido a su discípula. Había algo en Regina que no cuadraba con la imagen que Judit se había creado. Algo andaba torcido en el interior de la escritora, algo que la joven olfateaba pero que no sabía definir, como si la Regina Dalmau majestuosa que había fraguado reuniendo los mensajes que la mujer había enviado al exterior a lo largo de los años fuera una ilusión óptica. La mañana de Todos los Santos, Judit no quiso reconocerlo, pero ¿no había advertido en ella, mientras la seguía por el pasillo, camino de su estudio, como si un peso invisible agobiara la línea de sus hombros?
Читать дальше