Maruja Torres - Mientras Vivimos

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Premio Planeta 2000
Es una novela sobre mujeres de varias generaciones, sobre sus pasiones y sus dudas, sobre su forma de vivir y su lugar en el mundo. Premio Planeta 2000.
Es una gran historia de admiración y celos, de mentira y verdad, de odio y amor, de pérdidas y encuentros. Judit tiene veinte años y quiere ser como Regina Dalmau, novelista consagrada y próxima a la cincuentena, por la que siente una obsesión casi enfermiza. El día de Todos los Santos se dirige a su encuentro, convencida de que la escritora sabrá ver su talento para la literatura y la ayudará a abandonar el barrio proletario en el que ha crecido y del que reniega. Judit ignora que Regina, sumida en una grave crisis creativa, y víctima de un profundo desasosiego moral, no puede ni siquiera ayudarse a sí misma. La irrupción de la joven en la casa de la famosa novelista hará que ésta se enfrente a las verdaderas raíces de su doble crisis, y a su relación con Teresa, la mujer nunca olvidada que iluminó su pasado. La última lección de Teresa se prolongará más allá de su muerte, porque esta gran novela trata de la herencia que se transmiten las mujeres cuando se eligen unas a otras para tejer entre sí un vínculo más fuerte que la sangre.

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– Si quieres quedarte a vivir en esta casa, antes tendrás que contarme con todo detalle, para que lo entienda, por qué has dejado los estudios.

Fue entonces cuando Judit, que había presenciado la escena en silencio, intervino. Tendió su mano, y no sólo físicamente, al recién llegado:

– Hola, soy Judit, encantada. Qué casualidad. Yo tampoco he estudiado gran cosa -explicó alegremente-, y ya ves, Regina me ha dado trabajo. Mujer, si tú misma has escrito que el mundo está lleno de asnos licenciados. Ven, Alex, te acompañaré a tu habitación. Creo que es la que ocupabas antes.

Los vio alejarse por el pasillo, cuchicheando entre risas.

Regresó a su estudio, Judit se reunió con ella poco después:

– A mí me parece muy simpático -comentó.

Regina hizo como que no la oía. Aquella tarde trabajaron en silencio. Poco a poco, recuperó la tranquilidad. Todo estaba bajo control, se dijo. No iba a permitir que, con Alex, la sombra de Jordi se proyectara de nuevo en su vida. Tenía planes. Mientras fingía repasar las galeradas, realizaba anotaciones relacionadas con Judit en una de las pequeñas libretas que descansaban sobre la mesa.

Al final de la tarde, Judit había dado cuenta del contenido de una nueva caja de cartón, colocando cada papel en su archivador correspondiente. Si seguía a aquel ritmo, pronto se le acabaría a Regina la excusa para tenerla cerca. Tenía que combinar esa tarea con algo más, algo que la retuviera en la casa, incluso por las noches.

– Lista, por hoy -dijo Judit, contemplando, satisfecha, la mesa vacía.

Regina se echó hacia atrás, apoyándose en el respaldo anatómico de su silla.

– ¿De qué hablabais Alex y tú cuando lo has acompañado a su cuarto?

– De música. ¿Sabías que quiere ser iluminador teatral? Por eso colgó los estudios.

– ¿Me estás diciendo que quiere ser electricista?

– No, mujer. Iluminador. Según me ha dicho, eso también es una carrera. Yo no he ido mucho al teatro, pero por lo poco que he visto, los que ponen las luces tienen también mucho arte. Tanto como los pintores. O como los escritores.

– A propósito, Judit -Regina no quería pasarle aquello por alto-. Nunca he escrito esa necedad acerca de asnos licenciados. Si me preguntaran, diría que tener estudios es importante tanto para los asnos como para los sabios.

– Si yo fuera tú -la joven clavó en ella su mirada perspicaz-, no me preocuparía por Alex. Que no lo entiendas no significa que no podáis convivir con armonía.

– Va como un cerdo. -Regina no quería dar su brazo a torcer, aunque se preguntaba si no había sido demasiado severa con él.

– No es verdad. Va como cualquier chico de su edad. Por chocante que te parezca, así es como grita a los demás que él también existe. Todos lo hacemos, cada cual a nuestra manera. Mírame a mí. Puede que, como dice mi madre, me vista de cenizo, pero ella y el resto del mundo no tienen más remedio que aguantarme. Como yo la aguanto a ella, y al resto del mundo.

– Ya que lo dices -comentó-, un poco rarita sí que te ves.

– El día que te atrevas, me enseñas una foto de cuando tenías mi edad y veremos cuál de las dos resulta más estrafalaria -replicó Judit.

Regina soltó su primera carcajada sincera de las últimas semanas.

– Ni loca. Me perderías el respeto.

Pensó que algún día le resultaría divertido enseñarle sus fotos de los setenta, de cuando iba medio vestida de hippy, con el pelo rizado estilo afro y calcomanías de purpurina en los pómulos.

Judit se apartó de la mesa de joyero y caminó hacia la puerta cristalera que comunicaba con el jardín. Solía hacerlo cuando terminaba su trabajo diario.

– El jardín me gusta aún más que el DVD -decía.

Gracias a Judit, Regina recuperaba sensaciones olvidadas. La ilusión por ser rica, que tanto la había colmado en los primeros tiempos, se había desvanecido por completo. Se había acostumbrado, eso era todo. Sí, tenía un hermoso jardín, otro de los privilegios de que disfrutaba. Trató de imaginar qué sentía Judit al verlo. O, mejor dicho, qué sentiría una muchacha salida de la nada y dispuesta a cualquier cosa para realizar sus ambiciones. Es decir, alguien como la protagonista de su proyectada novela.

Judit. Su hallazgo salvador, su mina. Su diamante en bruto. Alguien, algún día, lo tendría que tallar.

Las luces instaladas en la rocalla iluminaban el jardín, transformando con delicadeza los dibujos y volúmenes de las plantas. Judit tenía razón, iluminar también es un arte, como escribir; también consiste en escoger y desechar, en ordenar el caos. Si era eso lo que Alex quería hacer, ¿quién era ella para oponerse?

Llena de optimismo, Regina preguntó:

– ¿Crees que a Alex le apetecerá una cena para tres delante de un buen fuego? Todavía no hemos encendido la chimenea, y me apetece hacerlo. Da un poco de faena, pero compensa.

– Déjalo de mi cuenta -replicó la otra, y la escritora supo que se refería tanto a convencer al muchacho como a poner el fuego a punto. Qué alivio, tenerla allí.

Mientras Judit apagaba las luces del estudio, Regina suspiró:

– Espero que, por lo menos, se haya dado una buena ducha.

Cuando Regina y Judit entraron en el salón, Alex se hallaba despatarrado en el sofá preferido de la dueña de la casa. Iba vestido con un pijama oscuro que parecía un chándal, o viceversa, y tenía en una mano el mando a distancia del televisor, por cuya pantalla desfilaban imágenes de video clips musicales. Con la otra mano sujetaba el mando del equipo de sonido, del que surgía una atronadora sarta de decibelios.

– ¿Qué es ese ruido? ¿El Apocalipsis? -Regina no pudo evitar la ironía, aunque le quedó desvirtuada porque tuvo que gritarla a voz en cuello.

– Hamlet -respondió el chico, bajando el volumen.

– Qué bien. Debe de ser el monólogo.

Judit se apresuró a intervenir:

– Es el nombre de un grupo de metal español. Parece que son muy buenos, aunque yo tampoco entiendo gran cosa -añadió.

– Esta canción se llama Insomnio -informó el muchacho.

Regina se mordió la lengua para no lanzar otra pulla. Hacía demasiado tiempo que había perdido contacto con la música moderna. Lo último que recordaba con agrado era la imagen de Police en la que Sting se quitaba la camiseta por la cabeza y se quedaba con el suculento torso desnudo. Habían pasado más de veinte años. Se dirigió a la cocina, siguiendo las instrucciones de Judit, que la había instado a que fuera organizando las bandejas mientras ellos preparaban la mesa de centro, ya que no valía la pena que se instalaran en el comedor. Colocó quesos, embutidos y yogures en la encimera, y se quedó sin saber qué hacer con todo ello. La chica tardó sólo unos minutos en entrar a ayudarla.

– No es más que un crío -dijo, encogiéndose de hombros-. Y sí, se ha duchado. Lo que pasa es que no le luce.

– Me gustaría saber en nombre de qué extraña promesa que se supone que les hemos hecho y que no hemos cumplido -resopló Regina, presa de furor generacional los jóvenes de hoy en día se creen con derecho a hacer lo que les pasa por los cojones y a plantar sus patazas en nuestra propiedad privada.

– ¿Lo dices por mí? -sonrió Judit, flemática, al tiempo que se hacía cargo de la intendencia-. Te recuerdo que sólo tengo un año más que Alex. Anda, quita, que escribiendo serás un genio, pero en la cocina eres una inútil total.

Nada complacía más a Regina que la mezcla de familiaridad y consideración con que Judit se dirigía a ella.

– Sabes perfectamente por quién lo digo. Y ni siquiera te dan las puñeteras gracias.

Con destreza, Judit distribuyó las viandas en varias bandejas.

– ¿Tomamos agua? -preguntó.

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