– Bueno, bueno, no te creas… En aquella época, el mercado de ropa interior había evolucionado en Inglaterra mucho más que en España.
– Ya. Pues, de todas formas, lo que lleva Solange no es ropa interior, ¿estamos?
«Oh, por Dios, otra bronca madre-hija no. ¿De verdad piensan pelearse cada dos por tres?» Victoria decidió intervenir para cambiar de tema.
– ¿Sabéis lo que han traído hoy a la librería? Unas latas de película. Jan las había comprado para adornar la sección de cine, pero resulta que una de las cajas contenía una cinta. Nos hemos quedado de piedra.
– ¿Por qué?
Como siempre, Shirley la miraba con muy poca simpatía. Victoria hubiese querido no despertar sentimientos tan poco agradables en aquella mujer, pero estaba harta de intentarlo, así que ni siquiera la miró para responder, aunque se aseguró de imprimir a su voz un tono pausado que dijese: «Shirley, tu sarcasmo me importa una mierda.»
– Porque no es una cinta virgen. Tiene algo filmado.
– Pues sólo faltaría que fuese una película porno. -Shirley se levantó bruscamente y abrió la puerta del horno para sacar la empanada de salmón, que dejó sobre la mesa con muy poco cuidado.
– Sería estupendo si se tratase de una de las de Alfonso XIII.
– ¿Cómo? -Solange parecía interesada.
– Bueno, al parecer el hombre era aficionado a la pornografía, y se llegaron a filmar algunas cintas especialmente para él -explicó Victoria.
– Me parece algo de muy mal gusto -apostilló Shirley.
– A mí también. -Esta vez, la mirada fulminante partió de la propia Victoria-. No me interesa ese tipo de cine. Pero es historia.
Marga, que no había abierto la boca salvo para dar mordisquitos ridículos a la costrada de pescado, tomó aire y miró a Shirley.
– Mamá… ¿Querrías venir conmigo al salón para ayudarme?
Shirley enarcó las cejas perfectamente delineadas.
– Pero…
– Ahora. Por favor.
Solange miró a Victoria como diciendo «se va a armar». Parecía divertida. Las dos mujeres salieron de la cocina, Marga marcando el paso, Shirley insistiendo en que no veía la necesidad de levantarse de la mesa cuando estaban empezando a comer. Se perdieron por algún rincón de la casa. Afortunadamente, Jan había tenido el buen juicio de comprar un piso grande. Las discusiones en los apartamentos modernos suelen ser menos discretas. Victoria y Solange siguieron comiendo en silencio. Victoria porque no tenía ganas de hablar, Solange con la esperanza evidente de oír algo de la conversación que tenía lugar en el otro extremo de la casa. La entrevista no duró demasiado. Marga volvió a entrar en la cocina seguida por su madre que, con las mejillas enrojecidas y la cabeza gacha, parecía haber perdido buena parte de su aplomo.
– Victoria… Solange… Os pido perdón a ambas si de verdad he estado tan impertinente como dice mi hija. En mi descargo, tened en cuenta que todo esto también es muy difícil para mí. -Parpadeó, y sus espesas pestañas evidenciaron la presencia de un rímel cuidadosamente aplicado-. Y que, a mi manera por supuesto, también estoy sufriendo.
Victoria estaba a punto de soltar una carcajada. Tuvo que vencer los deseos de dar un abrazo a Shirley. Aquella mujer era formidable, incluso en su exhibición de caradura. La miró sonriendo, como quien no quiere dar mucha importancia a lo que acaba de oír. En cuanto a Solange, se encogió de hombros.
– No sé de qué va esto, pero a mí no me has molestado para nada.
– Muy buena la empanada, Marga. -Victoria no quería volver al punto de partida-. En serio, me recordó a una que probé una vez en un restaurante ruso.
El semblante de Marga pareció animarse levemente.
– Gracias… Es la primera vez que la hago.
– Mi hija es una gran cocinera -remachó Shirley, sin dirigirse a nadie en particular.
Marga sirvió algo de fruta y recogió la mesa.
– ¿Hago café?
– No… Espera un poco. Va a venir Santiago a tomarlo con nosotros y prefiero prepararlo cuando esté aquí.
Santiago. Otra vez. Victoria se dio cuenta de que su expresión se había ensombrecido, y se enfadó consigo misma por seguir sintiéndose incómoda nada más oír aquel nombre. Hacía muchísimo tiempo que ella había pasado página sobre lo que quiera que hubiese ocurrido entre Santi y ella. Entonces, ¿por qué reaccionaba tan mal? ¿Por qué torcía al gesto cuando alguien mencionaba a un hombre al que estaba más que segura de haber olvidado? ¿Era rencor, torpeza, vulnerabilidad en estado puro? Fuese lo que fuese, no le gustaba. No le gustaba nada. Porque la señalaba a ella como la persona débil que se preciaba de no ser. De todas formas, ¿por qué demonios había tenido Marga que invitar a Santi sin decírselo primero?
La ecuación se despejó en unos minutos, justo cuando llegó Santiago llevando dos carpetas enormes y una expresión de disgusto que Victoria no tardó en reconocer. Así que aquélla no era una visita social. Santiago se sorprendió al verla allí. Estaba convencido de que había vuelto a Nueva York.
– Al final me quedo unos días -explicó, adelantándose a cualquier pregunta.
– Eso pensé cuando te vi…
«¿Quiere hacerse el gracioso o es que simplemente es más idiota de lo que yo recuerdo?»
– Vamos al salón, ¿te parece? Así podemos hablar de negocios.
Era evidente que Solange, no digamos ya Shirley, estaban tácitamente excluidas de aquella entrevista. Victoria tampoco hizo ademán de seguirles: aquello no era asunto suyo. Desafortunadamente, Marga pensaba de otro modo.
– Vic, ven con nosotros.
– Esto… Marga… No creo que…
– Por favor…
Se rindió, por supuesto. Total, poco importaba ya un engorro más o menos. Estaba viviendo en una casa que no era la suya con una adolescente desbocada, una viuda reciente y su madre histérica, ejerciendo de dependienta a tiempo parcial en un negocio que no le pertenecía y ahora además tenía que hacer tertulia con el tipo que le había destrozado el corazón hacía un cuarto de siglo. Una delicia…
Se instalaron en el salón, y Marga trajo café en un precioso juego de tazas de porcelana. Colocó las servilletas de lino, un plato con tejas de almendra («¿Ahora también hace tejas? Increíble»), otro con bombones, la jarrita con leche tibia, azúcar, sacarina… Victoria se sentía vagamente desbordada ante aquella exhibición -tan natural en Marga, por otra parte- de la perfecta ama de casa. Se preguntó cuánto iba a durar aquello ahora que Jan ya no estaba.
– Bueno, vamos a ver… Llevo un par de días mirando papeles. Había que estudiarlo todo, claro.
O Santiago había cambiado mucho o estaba dando rodeos para llegar a un sitio al que no quería ir. Victoria notó cómo se le tensaba la mandíbula. En cuanto a Marga, se había sentado en la punta de la silla, con las manos en el regazo y los pies muy juntos, como intentando aparentar tranquilidad.
– Ya sabes que la casa no tiene hipoteca. Jan la compró prácticamente al contado. Eso es bueno. Pero, claro, hay otros gastos. La comunidad… el préstamo del coche… el de la librería… -Volvió a mirar en su libreta, pero Victoria tuvo la impresión de que en realidad no estaba buscando ningún dato, sino que pretendía escapar de la mirada de Marga-. El problema, Marga, es que Javier no tenía una nómina. Ni siquiera un contrato de trabajo. Ya sabes que las tertulias de la radio y las colaboraciones en la televisión están reguladas por contratos de obra. Cobras por lo que trabajas. Me temo que Javier sólo tenía su seguro de autónomos. Te quedará una pensión, claro, aunque nada del otro mundo. También Solange percibirá una cantidad. No es mucho, pero menos da una piedra, ¿no?
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