Victoria se fue a Nueva York tres meses más tarde, dos días después de la boda de Jan. Habían fijado la fecha de la ceremonia en función de la de su partida -lo cual fue el germen de la feroz antipatía de la madre de la novia hacia la amiga de su yerno, que no pudo entender a qué venían tantas consideraciones -, y, como si se tratara de una broma, Jan partió de viaje de novios el mismo día que Vic volaba hacia Manhattan. Hablaron por teléfono aquella misma mañana. Victoria no le dijo que le entristecía la idea de emprender sola la aventura imaginada para ambos. Simplemente se mofó sin disimulo del destino elegido para la luna de miel, un resort de lujo en la Riviera Maya, que por supuesto era una concesión a los gustos pequeñoburgueses de la bobalicona de Marga. Luego hablaron de cosas prácticas, del apartamento que Victoria había alquilado, de su horario de trabajo y de la generosidad del patrocinador del proyecto, que le había enviado un billete en primera clase. Ninguno de los dos se puso sentimental. Se despidieron como si fuesen a encontrarse en un par de días. Sólo que aquella vez las cosas eran distintas. Por primera vez en casi veinte años, Jan y Victoria no tenían la menor idea de cuándo iban a volver a verse.
Aquella mañana de 2001, rodeada de maletas y con el pasaporte sobre la mesa, Victoria se dio cuenta de que Marga había cambiado para siempre la vida de Jan. No se trataba sólo de renunciar a la etapa neoyorquina y a un trabajo fabuloso, sino que su presencia condenaba a Jan a tener un futuro bien distinto al que él había soñado. Aquella chica destilaba mediocridad por todos sus poros. Y, por mucho que le doliera pensarlo, su mediocridad terminaría por alcanzar a Jan. Se habían acabado los viajes intempestivos, los proyectos delirantes que trazaban juntos aun sabiendo que no podían llevarse a cabo. Jan se había casado y su matrimonio con alguien tan dolorosamente vulgar como Marga iba a llevarlo de la mano por una carretera distinta. En aquel momento, sin ser del todo consciente, en un rincón del alma de Victoria nació algo parecido a una sorda declaración de guerra hacia quien ya era la esposa de su mejor amigo. Pero iniciar abiertamente las hostilidades justo cuando él acababa de morirse era una repugnante forma de mezquindad.
– ¿Puedo pasar?
Abrió la puerta sin esperar su contestación. Marga estaba sentada en una esquina de la cama -al menos no se la había encontrado llorando con la cabeza bajo la almohada- y no la miró cuando entró. Victoria se dio cuenta de que no tenía ninguna intención de allanarle el camino. Me lo tengo merecido, se dijo.
Sin decir nada, paseó la mirada por la habitación: era el dormitorio de Jan, pero no recordaba haber estado allí más de media docena de veces, aunque hubiera jurado que al principio la decoración era otra. A buen seguro Marga había tenido mucho que ver en la elección del estampado toile de Jouy para el papel de la pared, las pesadas cortinas de brocado azul y aquel precioso escritorio antiguo, por no hablar del aguamanil colocado junto a la cama. A Jan no se le hubiese ocurrido comprar una cosa así ni en un millón de años, y a Victoria se le escapó una sonrisa al imaginar la cara de su amigo cuando Marga instaló en el cuarto de ambos una jarra con una palangana de loza incrustada en un armazón de madera oscura.
– Oye… No sé qué es lo que te ha molestado exactamente, pero…
Marga se volvió hacia ella y la miró con una dureza que le era impropia.
– ¿No sabes lo que me ha molestado? ¿De verdad, Victoria? Pues eres menos lista de lo que yo pensaba. O a lo mejor es que yo no soy tan tonta como tú te crees. Llevo años tragando sapos contigo… Sí, Victoria, no pongas esa cara. Sapos enormes, ya ves. Y en cantidades industriales. Ya sé, ya, que tú y Javier erais los mejores amigos del mundo, que os queríais mucho, que jamás os fallasteis el uno al otro. Sé que fuiste muy buena para él. Que siempre estuviste a su lado, igual que él siempre estuvo al tuyo. Que os ayudabais, que os lo contabais todo…
– Si te refieres a lo del dinero, yo…
– No, Vic, no me refiero a lo del maldito dinero. Pero no te voy a negar que ha sido la gota que ha llenado el vaso… no, el cubo… de todos estos años de hacerme la sueca ante vuestra relación.
Victoria sintió que ahora era ella quien tenía derecho a indignarse, y tuvo ganas de gritar: «¿Tú también, Marga? ¿Tú también desconfiabas de Jan, desconfiabas de mí? ¿Creías de verdad que te engañábamos, que había algo sucio entre tú marido y yo?» La idea de que Marga, la bondadosa, la apocada, la conciliadora, perteneciese al grupo de personas que emponzoñaban mentalmente su relación con Jan resultaba especialmente dolorosa. «¿Tú también? ¿Tú también?»
Pero la cosa no iba por ahí. Volvió a apartar la mirada, pero siguió hablando.
– Sé que tuvisteis una relación perfecta. Una relación envidiable, sin malas historias, sin malos recuerdos. Una delicia. Pero lo vuestro fue muy fácil, Victoria. Lo difícil fue lo mío.
Era lo último que Victoria esperaba escuchar. Se sentó en una butaca de cuero marrón, sin poder apartar los ojos de Marga, que había abierto de una patada la caja de los truenos y no parecía dispuesta a cerrarla. Es muy sencillo llevarse bien con alguien que puede coger la puerta y marcharse en cualquier momento, le dijo. Lo complicado son las relaciones a tiempo completo. La convivencia, en una palabra. ¿Cuántas parejas resistirían el espionaje permanente de una cámara instalada en alguno de los núcleos del hogar: en el salón, en la cocina, en el dormitorio, incluso en el cuarto de baño? Quizá aquella puñetera familia de la casa de la pradera. Hacer frente a la intimidad con mayúsculas… ése es el verdadero reto. Esquivar a diario las trampas de la convivencia y la rutina. Ah, claro, Victoria y Javier nunca se habían peleado… ni siquiera habían cruzado una palabra más alta que la otra. Pero es que ellos dos no habían compartido el inmenso montón de miserias cotidianas a las que tiene que enfrentarse a diario cualquier matrimonio.
Es fácil no discutir cuando no hay ropa sucia en el cesto, platos en el fregadero, luces encendidas a deshora, colillas mal apagadas, tubos abiertos de pasta de dientes o tapones de champú desenroscados. Cuando no hay hijos que educar, familias políticas que presionan, deudas que asumir, futuro que encarar. ¿Cuál era el universo común de ellos dos, los perfectos amigos ? Un montón de libros, algunos viajes caros, intereses comunes, botellas de whisky o copas de dry martini, cotilleos, planes de trabajo… Las preocupaciones severas de uno jamás repercutían directamente en el otro, de forma que era muy sencillo convertirse en un hombro sólido en el que llorar cada vez que alguno de los dos lo necesitaba. Cuando a Javier lo despidieron inesperadamente del programa de radio en el que ejercía como comentarista, Victoria no tuvo que hacer equilibrios para que la pérdida de un sueldo fijo no diera al traste con la economía doméstica, así que se limitó a soltar barbaridades contra los dueños de la cadena sin angustiarse por la inminente llegada de un nuevo plazo de la derrama del edificio. Cuando la madre de Jan enfermó, Victoria mandaba flores y llamaba por teléfono al hospital dos veces por semana, mientras que ella tenía que participar de una logística demencial para que Mischa estuviese siempre acompañada. Y mientras desatendía su trabajo en la librería, ignoraba a sus amigas y dormía en un sillón para que su suegra no pasase sola las larguísimas noches de hospital, alguien decía en su presencia que había que ver qué excelente amiga era Victoria, que telefoneaba desde el otro lado del mundo y mandaba por Interflora hermosos ramos de lirios y de los tulipanes blancos que sabía que eran los favoritos de la enferma. Cuando Mischa murió, hizo un viaje de cuarenta y ocho horas para asistir al entierro y se convirtió en una especie de heroína para Jan y Solange, como si hubiese venido a nado desde la isla de Ellis. Luego, durante los días de duelo, llamaba a Javier todas las noches, y cada vez que él veía aparecer el número de Victoria en la pantalla de su móvil abandonaba el aire taciturno y el gesto contrito para sobreponerse y asegurarle que se encontraba «un poco mejor, gracias», y hablaban de nimiedades, de cine, de libros, del otoño en Nueva York y de la llegada de la nieve que tanto complicaba la vida en la ciudad, de estrenos teatrales, de amigos comunes que aparecían y desaparecían del mapa vital de ambos. Durante aquellos intercambios telefónicos, Jan hacía esfuerzos por mostrarse jovial e interesarse por algo distinto a su propio dolor. Él nunca supo hasta qué punto sus charlas con Victoria herían a su mujer en lo más hondo. Porque luego, cuando colgaba el teléfono, Jan se entregaba otra vez a su depresión y a su apatía, a la amargura y al ceño fruncido, sin dedicarle a ella la caridad de una sonrisa, o una mínima broma lejanamente parecida a las que se gastaba con su amiga adorada, que se hallaba a salvo de la desolación de la orfandad que cubría la casa como una niebla que casi podía tocarse. ¿Dónde estaba Victoria cuando Javier había sufrido aquella ciática descomunal que lo tuvo dos meses en la cama? Pues gastándole bromas por Internet o tomándose a pitorreo su invalidez forzosa. No era ella quien lo escuchaba quejarse, quien dormía en otra habitación para no perturbar el sueño del doliente, quien se acordaba del orden de las pastillas que tenía que tomar y de llamar al practicante para que viniese a poner las inyecciones intravenosas. Y luego, el día que Victoria apareció en la casa para hacerle una visita sorpresa, él se vistió por primera vez en semanas y hasta consintió en hacer el esfuerzo supremo de salir a la calle para tomar una cerveza aguantando el dolor que le martilleaba la espalda. Victoria no merecía menos, claro que no…
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