Forzó una sonrisa, que Marga intentó devolver.
– ¿Y el seguro de vida? Javier se había hecho uno hace años. Un compañero de promoción que trabajaba en una aseguradora vino por aquí y lo convenció… Siempre protestaba cuando llegaban los recibos.
Otra vez la vista en la libreta.
– Marga… Precisamente de eso quería hablarte. Verás, hace un par de años Jan rescató la póliza.
– ¿Cómo?
– Este seguro permitía recuperar una parte de lo invertido. No es nada raro. Es una forma de incentivar a los reticentes a este tipo de productos. Se les explica que el seguro se convierte en una forma de ahorro, y que, en caso de necesitar liquidez, se asume una penalización y se retira lo ingresado.
– ¿Y Javier hizo eso?
– Me temo que sí.
Marga se quedó callada. Cogió una pasta y la mordisqueó, con la intención evidente de ganar un poco de tiempo. Por su parte, Victoria habría deseado comerse de una sentada todas las galletitas de almendra, emprenderla con los bombones y no dejar ni uno. Cualquier cosa para aplacar aquella ansiedad, aquella sensación de que el desastre era inminente.
– ¿Entonces…?
– Entonces, Marga, tu situación es…, digamos que un poco complicada. Sin los ingresos de Jan, lo único que te queda es una pensión que no llega a los seiscientos euros, y los ingresos de la librería. Hay… hay una cuenta con diez mil euros… y unas acciones que Jan compró hace tiempo… pero que no valen gran cosa. Dejó las inversiones en Bolsa hace tiempo y…
– Sé que dejó lo de la Bolsa, gracias… Y también el dinero que hay en la cuenta. Sé que Javier no tenía una nómina, y lo que es un contrato de obra. ¿Qué es lo que te crees, Santiago? ¿Qué soy una mema que está en la inopia? ¿Me consideras una inútil?
Santiago y Victoria intercambiaron una mirada de sorpresa. Lo último que esperaban era una reacción así de la dulce y dócil Marga.
– No, claro que no…
– Pues no es lo que parece… ¿Sabes lo único que no entiendo? Lo de la cancelación de la póliza del seguro. ¿En qué estaba pensando Javier? ¿Por qué no me lo dijo?
Ahora parecía estar enfadándose con Jan. Victoria se vio obligada a intervenir.
– Marga… tal vez necesitaba el dinero para algo en concreto… Algún gasto inesperado al que no pudieseis hacer frente. Tal vez Jan no quería preocuparte…
Marga se volvió hacia Victoria con los ojos vidriosos y una indefinible expresión en la boca. No hacía falta ser muy listo para adivinar que estaba hecha una furia, que la olla a presión que llevaba días calentándose estaba a punto de estallar.
– Oh, bueno, lo que faltaba… Victoria, la defensora de causas perdidas. ¿No puedes escuchar una crítica a Javier sin sacar la cara por él? ¿Qué demonios sabes tú de nuestras finanzas, o de qué narices hizo mi marido con el dinero del seguro?
Victoria bajó la cabeza. En realidad, sí lo sabía. En ese momento debería haberse callado. Quizá encogerse de hombros, quizá marcharse de la sala haciéndose la ofendida, segura de lo que ocurriría a continuación: Marga saldría trotando tras ella para implorar clemencia. Pero la espita de su propia olla exprés también necesitaba aligerarse. Victoria había perdido a su mejor amigo, y además estaba renunciando voluntariamente a su casa y a su vida para meterse en un poco apetecible berenjenal. Por eso fue incapaz de cerrar el pico. Porque tras lidiar con Solange y con Chloe, de aguantar las impertinencias de Shirley y las llantinas de Marga, había llegado al límite de su buena voluntad.
– Pues resulta que lo sé todo, Marga. Jan me lo contó en su momento. ¿Recuerdas el viaje alrededor del mundo que querías hacer para celebrar vuestro aniversario de bodas? Un mes y medio dando saltos por ocho países distintos. Jan esperaba un anticipo por su nuevo libro, y a última hora los editores lo redujeron a la mitad. El viaje iba a pagarse con ese adelanto y él no quiso decepcionarte suspendiéndolo, así que echó mano del seguro.
Justo cuando acabó de hablar, Victoria hubiese dado un par de años de vida por poder manejar el tiempo y retrasar un miserable minuto las manecillas del reloj. Con eso habría bastado para no compartir con Marga aquel secreto absurdo. ¿Qué más daba que pensase que Jan había usado aquel dinero para… para jugar en un casino… o para comprar un quintal de pastillas de turrón? ¿Por qué tenía que haberle referido con pelos y señales lo que era algo privado que Jan había querido confiarle a ella? En ese instante se sintió obligada a mirar dentro de sí misma: muy en el fondo, le había contado la verdad a Marga porque necesitaba subrayar su lealtad hacia Jan… y también dejar patente que éste le contaba absolutamente todo. Eso era lo que había hecho, recordar a la viuda de su amigo -o más bien restregarle por las narices- el grado de confianza que había habido entre ellos dos.
– Así que te lo contó -la voz de Marga sonaba muy rara, como un poco más grave de lo habitual-. Cogió un dinero que estaba guardado para otra cosa y te lo contó a ti y no a mí.
«¿Era esto lo que querías, pedazo de bruja? Pues nada, ahí lo tienes. Disfruta del desastre. Eres un bicho, Victoria Suárez.»
– Bueno, no tiene tanta importancia -Victoria intentó, sin ningún éxito, que su voz sonase incluso cordial, como si estuviese ventilando asuntos sin trascendencia-. Mira, yo creo que Jan se dio cuenta de que había hecho una tontería, y me lo contó a mí para… para que lo animara. Ya sabes que siempre he sido una cabeza de chorlito en lo que se refiere al dinero. Seguro que necesitaba que alguien como yo le dijese que un viaje maravilloso merecía mucho más la pena que un seguro de vida. Y, por cierto, eso fue lo que hice. (Mentira cochina. Pese a su tendencia manirrota y su nulo sentido del ahorro, Victoria le había dicho a Jan que consideraba una majadería rescatar una póliza para comprar dos billetes de primera clase al otro extremo del mundo.)
– Ehhh… Marga, Vic… Eso son cosas vuestras… -Sin saberlo, Santiago acababa de remachar el clavo: cosas vuestras. A ver qué tal le sentaba a Marga eso de que Jan fuese cosa de alguien más que de ella-. Tenemos que hablar de asuntos prácticos.
– A mí no me queda nada de qué hablar. Creo que por hoy he tenido bastante pragmatismo.
Y salió de la habitación, blanca como el papel y extrañamente erguida, como si se hubiese propuesto mantener cierta apostura digna frente a lo que consideraba una humillación en toda regla. La puerta se cerró tras ella -suavemente, por supuesto: Marga no era de las que dan portazos-, y el ruido leve de sus pasos se perdió por la casa.
Victoria volvió a sentir la pulsión de meterse en la boca a puñados todo el plato de chocolatinas que, por cierto, nadie había tocado, pero hasta ella se daba cuenta de que no era el mejor momento para comer bombones.
– Vaya por Dios -dijo al fin.
– Sí, eso. La verdad es que no has tenido mucho tacto…
Victoria pensó que quizá había llegado el momento de que todas las personas de aquella casa tuviesen ocasión de reventar. ¿La estaba pinchando Santiago para producir otro estallido?
– ¿A qué venía decirle en qué se había gastado Jan el dinero del seguro?
– Pues porque de no saber la verdad, nuestra amiga iba a pensar cosas muy raras. Treinta mil euros no se evaporan así como así… Tú deja la cuestión en el aire, y verás como en menos que canta un gallo Marga empieza a sospechar que Jan usó el dinero para ponerle un piso a algún ligue. Al menos lo utilizó para una buena causa.
– Vic… Tú y yo sabemos perfectamente que lo que hizo Jan fue una estupidez. Y Marga también lo sabe. La idea de que él compartiese contigo su falta de sesera no va a ayudarla a sentirse mejor.
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