Marta Cruz - La vida después

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Victoria lleva en Nueva York la que parece una vida envidiable: da clase en la universidad, tiene un marido rico y guapo y un ático en el Upper East Side. Cuando recibe la noticia de la muerte de Jan, su mejor amigo, regresa a Madrid para asistir al funeral. Allí se encontrará con la sofisticada Chloe, antiguo amor de Jan; con su hija, la rebelde Solange; con Marga, su esposa; con su excéntrica suegra, Shirley… Un giro de los acontecimientos obligará a Victoria a permanecer en Madrid, donde tendrá que enfrentarse a la desconfianza de cuatro mujeres que nunca creyeron que su amistad con Jan fuese del todo sincera. La vida después es una novela sobre los amigos y el afecto, y también sobre las relaciones entre mujeres. Una historia en torno al complicado mapa de los sentimientos donde hay lugar para los conflictos, los celos y la envidia, pero también para el cariño, la lealtad y la entrega. En estas páginas, Marta Rivera de la Cruz -la novelista de las cosas pequeñas- vuelve a traernos una historia de ternura sobre la que gravita una pregunta fundamental: ¿es posible que dos personas de distinto sexo se quieran sin amarse? ¿Pueden un hombre y una mujer ser nada más que amigos?

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Intentó no pensar en ello cuando la verja que protegía el escaparate se abrió con un chirrido ingrato. Marga y Victoria entraron sin hablar y tragando saliva. Había algo de polvo en el ambiente, y Vic sintió ganas de estornudar. Se preguntó quién diría la primera palabra, y miró a Marga, que paseaba por entre las mesas de libros mirándolo todo como si fuese la primera vez que estaba allí. Y así era, después de todo. Nunca antes se había adentrado en la librería sabiendo que Jan había muerto, y esa certeza convertía el mundo en un lugar inhóspito. Aquella tienda de libros, aquellas estanterías cuidadosamente organizadas, la enorme escalera para llegar a las baldas más altas, el mostrador, la caja registradora -un modelo antiguo comprado en un anticuario-, los expositores de material de oficina y artículos de escritorio eran sólo una pequeña parte de la vida después de Jan. Marga dirigió su mirada hacia una esquina: dos estanterías metalizadas -bien distintas del resto, que estaban hechas de madera oscura- parecían definir la frontera hacia otro espacio. Del techo, armados en un cartón pluma, pendían un cartel de Metrópolis y otro de Greta Garbo convertida en Ninotchka. En la pared, un enorme fotograma de Testigo de cargo con los ojos velados de Marlene Dietrich compartía espacio con la silueta inconfundible de Alfred Hitchcock rodeado por media docena de pájaros amenazantes. Sobre la estantería descansaban algunas figuras de papel maché que representaban a Humphrey Bogart en El sueño eterno, La Reina de Africa y Casablanca, y una colección de troquelados de Grace Kelly vestida con trajes largos y vaporosos. Un Fellini de cartón a tamaño natural lo miraba todo desde el suelo. Aunque era lo último que deseaba, Victoria imaginó a Jan colocando aquellas figuritas, haciendo descender desde el techo los carteles de las películas, intentando prestar equilibrio a un director de cine gordo y genial. Tenía que decir algo inmediatamente. Algo que normalizase aquella escena, que ayudase a desvanecer el recuerdo de Jan, que por primera vez en aquellos días se le antojaba palpable y presente. Notó que la garganta se le atenazaba, pero hizo un esfuerzo sobrehumano para que su voz sonara cordial y tranquila.

– Vaya… Pues ha quedado muy bien… ¿De dónde habéis sacado esa figura, la de Fellini? Hace siglos quise comprar una igual -mintió- y no hubo forma de encontrarla…

Marga quiso contestar, pero las palabras se le quebraron en un sollozo. Victoria pensó que nunca había sentido tanta piedad por nadie, y se acercó a ella.

– Vamos, Marga… Marga, por favor…

La abrazó, y no pudo evitar que se le escaparan las lágrimas a ella también. De pronto se dio cuenta de que por primera vez desde que recibiera aquella llamada en mitad de la noche no estaba llorando por Jan, ni siquiera por sí misma.

Estaba llorando por Marga.

Hubiesen estado así mucho tiempo de no haber notado la campanilla de la entrada. Victoria estuvo a punto de aullar «¡está cerrado!», pero se dio cuenta de que no era un cliente quien esperaba en la puerta sino un hombrecillo vestido con el mono de una empresa de transportes que llevaba en la mano un paquete casi más grande que él.

– Perdonen -la voz hacía juego con su aspecto esmirriado-, es que tengo una entrega… Y es la tercera vez que vengo… ¿Alguna de ustedes es la dueña?

Marga se limpió las lágrimas y trató de componer una sonrisa. Evidentemente, sólo le salió una mueca más bien rara, pero al menos había dejado de llorar.

– Soy yo. Es que hemos tenido la tienda cerrada durante estos días.

– Ah. Bueno. Pues… nada, que aquí le dejo esto.

– ¿Tengo que pagar algo?

– No, no, está abonado en origen. Espere, yo la ayudo.

Dejó el bulto en el mostrador y tendió a Marga una libreta.

– Si me firma aquí… Eso es, muchas gracias… Buenos días y que lo suyo no sea nada, ¿eh?

Al escuchar aquella despedida, Victoria estuvo a punto de echarse a reír. Por fortuna, Marga no pareció darse cuenta. La puerta volvió a cerrarse.

– ¿Qué será?

– A lo mejor más libros…

– No, no lo creo. Qué raro, no viene dirección del remitente…

Era un paquete grande y compacto, de aspecto informe, cuyo interior había sido protegido por un montón de papel de embalar. Tuvieron que separar varias capas hasta que descubrieron lo que había dentro: dos latas para guardar películas, grandes y roñosas, como si quisiesen evidenciar su procedencia de otra época.

– ¿Y esto?

– Ya… ya sé. Javier dijo algo de que había encontrado en eBay unos estuches antiguos… Decía que eran perfectos para acabar de decorar la sección.

– ¿Estas dos birrias? Pues no veo yo que vayan a dar mucho ambiente. Tienen óxido como para parar un tren. El que se las vendió debía de ser un sinvergüenza o uno de esos que llama antigüedad a cualquier cosa vieja que encuentre por su casa. -Victoria toqueteaba las cajas de lata, sin dejar de pensar que a Jan le hubiesen encantado aun teniendo tan mal aspecto-. Y una pesa bastante…

Por puro instinto manipuló el cierre, evidentemente corroído, que desprendió un poco de cardenillo antes de ceder. Dentro de aquel estuche había un rollo de película.

– ¿Qué es?

– Yo creo que está claro.

Sacaron la cinta con cuidado, tocándola apenas. Intentaron volver hacia la luz el extremo de la bobina para distinguir alguna figura en los fotogramas, pero no se veía nada. Sólo el bosquejo de algunas figuras sobre el gris propio del nitrato de plata, difuminado por una pátina de polvo.

– Bueno, esto sí que tiene gracia… Resulta que la lata tenía una sorpresa.

Marga esbozó una sonrisa triste.

– Podemos colgar la cinta en trozos desde el techo… como si fueran serpentinas.

«Serpentinas. Pero mira que es cursi.»

– ¿No piensas que habría que echarle un vistazo a la película antes de hacerla trizas?

Marga la miró con el habitual aire de desamparo, ahora acentuado por la sorpresa.

– ¿Crees que puede tener algo que merezca la pena?

Victoria se encogió de hombros y cerró la caja.

– Sinceramente, no. Lo más probable es que esté completamente quemada.

El resto de la mañana transcurrió con cierta tranquilidad. Los temores de Marga resultaron infundados: nadie preguntó por Jan. En la librería entraron sólo tres o cuatro desconocidos que se limitaron a echar un vistazo, comprar lo que querían y marcharse. A las dos en punto echaron el cierre y regresaron a casa bajo la canícula del mediodía.

Shirley las recibió con la mesa puesta en la cocina. Si alguna vez supo que su hija detestaba comer allí, lo olvidó o decidió ignorarlo. Había colocado un feo mantel de hule, destinado en realidad a proteger la mesa, y servido la crema de puerros en el mismo recipiente de plástico en el que Marga lo había guardado la noche anterior. «Excelente, Shirley. Si quieres que tu hija se enfade, vas por muy buen camino.»

– Hola, hola, hola. Ya está aquí mi chica -Victoria tuvo ganas de agitar la mano para recordar su presencia-. Sentaos, ya sirvo yo. ¡Solange! A la mesa. Vamos a comer.

Solange hizo su aparición luciendo unos vaqueros desgastados y una camiseta lencera con el inequívoco aspecto de una prenda interior. Shirley la miró de arriba abajo.

– ¿Qué es eso que llevas puesto?

La sorpresa de Solange fue legítima. No sabía a qué se refería. Shirley debió de notarlo.

– Es que, nena, esa especie de… de combinación… No sé… Mi madre tenía una parecidísima… Claro que ella se la ponía por debajo del vestido.

– Mamá, la abuela Maggie pesaba casi cien kilos y no me la puedo imaginar llevando nada parecido a la blusa de Solange, entre otras cosas porque no creo que en los cincuenta fabricasen lencería fina de su talla.

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