Shirley Saunders observaba a las tres mujeres desde el quicio de la puerta con una media sonrisa, evidentemente satisfecha del efecto que había provocado su llegada. Era una persona de tendencias teatrales, y le encantaba sentirse protagonista de cada pequeño acontecimiento. Paseó su mirada de una a otra con un aleteo de pestañas, preparada para recibir el aplauso final. De pronto, como si hubiese recordado bruscamente para qué estaba allí, su sonrisa se convirtió en una mueca contrita y se lanzó a los brazos de Marga.
– Mi niña… Mi pequeña… Tendría que haber llegado antes para poder despedir a Javier… Tendría que haber estado contigo, querida mía.
Victoria y Solange se miraron incómodas. Hubiesen preferido ahorrarse la condición de testigos de aquella escandalosa exhibición de afecto materno, pero Marga y Shirley bloqueaban la puerta de la cocina y el único recurso habría sido salir al descansillo de la escalera, lo cual tampoco tenía demasiado sentido. Así que se quedaron allí, de pie, fingiendo que no estaban enterándose de nada mientras Shirley besuqueaba a su hija.
– Mama. -A Vic le pareció que Marga estaba deseando desasirse del abrazo materno-. ¿Qué estás haciendo aquí?
– ¿Que qué estoy haciendo aquí? ¿Te parece una buena pregunta? ¿Tienes una ligera idea de lo que me ha costado subirme a ese avión? Y, además, permite que te diga que sólo quedaban billetes en primera clase. He pagado setecientas libras por el pasaje. Ochocientos euros por un gin-tonic con cacahuetes. Es un escándalo, pero ¿qué voy a hacer si mi hija me necesita?
Imprimió a la pregunta un dramatismo innecesario, pero nadie se sorprendió porque Shirley adoraba el drama, y qué mejor circunstancia que aquélla para dar rienda suelta a sus instintos. Victoria se dijo que había sido una tonta pensando que Shirley iba a renunciar a la fastuosa oportunidad que se le presentaba, pero -igual que su propia hija- creyó que su fobia a volar y el hecho de que viviera en una isla era suficiente para ponerlas a salvo de su presencia.
– Quería venir desde el primer momento, querida, y espero que lo sepas. Pero no ha sido fácil, no señor. Por eso he tardado tanto. Tuve que hacer un trabajo intensivo con mi terapeuta, y convencer al psiquiatra para que me diera una receta de sus pildoras mágicas… que, dicho sea de paso, son una verdadera maravilla. Lo importante es que ya estoy aquí contigo, para cuidarte y ocuparme de todo.
– Mamá… -Marga se pasó una mano por la cabeza en un gesto que cualquiera menos Shirley hubiese identificado con la desesperación en estado puro-. Te agradezco mucho tu esfuerzo y todo eso, pero no era necesario que te sometieses a… a tanta presión… Lo de tu miedo a volar y tal. Estoy perfectamente, de verdad… Solange y Victoria me ayudan en todo. Y, para ser sincera, no hay mucho que nadie pueda hacer con respecto a lo que realmente me tiene hecha polvo. Javier está muerto y eso no hay quien lo arregle.
Victoria pensó que iba a añadir «y mucho menos tú», pero no lo hizo. Shirley la miró de arriba abajo con los brazos en jarras.
– Bueno, éste sí que es un gran recibimiento para una neurótica que se ha pasado dos horas y media en una verdadera celda de tortura empastillada hasta las cejas. He venido para ocuparme de ti, y voy a hacerlo tanto si te gusta como si no.
La frase no sonó a oferta generosa, sino a amenaza en toda regla. Al verla allí plantada, con aquel ademán tan poco amistoso, Victoria pensó -y no era la primera vez- que Shirley era un verdadero personaje de película. La había visto en tres o cuatro ocasiones, y siempre se le había antojado una mujer maravillosamente rara. Se preguntó qué edad tendría, pero estaba segura de que no mucho más de sesenta y cinco años: Jan le había dicho que Marga había nacido cuando su madre era muy joven. Trató de imaginar a Shirley con cuarenta años menos, pero desistió. Imposible concebir semejante caudal de energía multiplicado por la propia de la juventud. En aquella época, Shirley hubiera podido encender bombillas a su paso. Es posible que fuese eso lo que enamorara al padre de Marga, que a decir de Jan era muy parecido a su hija: reposado, taciturno incluso, discreto y nada vehemente. Lo más emocionante que había hecho en la vida era casarse con una inglesita chiflada a la que había conocido en un verano mientras ella hacía un curso de español.
Shirley. Se había instalado en España con su esposo, había tenido a su hija y se había consagrado a su familia -o eso aseguraba ella, aunque a Victoria le costaba imaginar a Shirley consagrada a nadie-, y luego, al morir su marido, decidió regresar a Bournemough para pasar allí su viudedad.
A Marga le pareció de perlas que su madre pusiese un mar entre ambas. Shirley era una persona tan intensa que resultaba difícil establecer con ella una convivencia en términos razonables. Cuando un buen día su madre la llamó para confesarle que, tras decenas de viajes entre varios países, había desarrollado un contumaz miedo a los aviones, se sintió en la gloria. A partir de entonces, estaría en su mano el verla. Y, para ser franca, no era algo que necesitase hacer muy a menudo. Shirley podía volver tarumba a cualquiera, pero especialmente a su única hija. Así que ésta la llamaba un par de veces por semana y tranquilizaba su conciencia escribiéndole casi a diario largos correos electrónicos. Desde el traslado de Shirley al sur de Inglaterra, sólo había ido a verla en dos ocasiones. Y había sido más que suficiente.
En una sola palabra, Shirley era demasiado. Demasiado todo. Demasiado habladora, demasiado activa, demasiado alegre, demasiado exigente, demasiado implacable.
Juzgaba sin piedad todo lo que se le ponía por delante -ya fuese la calidad de las chuletas en la carnicería o la política económica del gobierno de turno-, y, sobre todo, no daba un respiro a su hija, a la que había llegado a asfixiar a fuerza de adorarla. Creía que el mundo entero era poco para ella. Su marido, su trabajo, su casa, su rutina constituían sólo una pequeña porción de lo que Marga merecía y, aunque en los últimos años se había guardado muy mucho de gritarlo a los cuatro vientos, seguía íntimamente convencida de que su hija se había ganado mucho más que lo que la vida le había puesto en bandeja. Un marido guapo, un piso en el centro de Madrid, un pequeño negocio eran sólo una ínfima parte de lo que la niña debería haber tenido si el mundo fuese un lugar medianamente justo.
La propia Marga se preguntaba si alguna vez su madre había intentado quitarse aquella enojosa venda, aquel filtro de color de rosa que le hacía ver a su hija como no había sido nunca. Hubiese estado bien que en algún momento se enfrentase a la realidad: había engendrado a una mujer corriente y moliente, simplemente vulgar, que debería darse con un canto en los dientes por disfrutar del destino que le había tocado en suerte. Eso era lo que Marga hacía: dar gracias a diario por las cartas magistrales que le habían salido en la partida. Pero Shirley no. Estaba demasiado ocupada lamentando que su hija no llevase de mano los cuatro ases como para apreciar cualquier otra forma de triunfo.
Según el Particular Ideario de Shirley, Marga había tenido muy poca fortuna casándose con Jan, un tipo sin un trabajo estable que, encima de no tener una nómina, llevaba adosada una hija pequeña. Ahí es nada. La querida Marga unida a un padre soltero que soportaba sobre los hombros el peso invencible de una criaturita. Shirley nunca se preocupó mucho de disimular que detestaba a Jan, a quien consideraba, con toda razón, culpable último de no poder disfrutar de sus propios nietos: como ya tenía a la niña de sus ojos, para qué traer al mundo más renacuajos. Al principio, él lo intentó todo para ganarse el afecto de su suegra, pero al comprobar que Shirley era raramente invulnerable a su encanto, aprendió a ignorarla. Esa fue la única forma de llegar con ella a una entente cordiale. Si Jan no hubiese adoptado esa actitud casi zen, habría acabado por responder a alguna de sus provocaciones, y ahí se hubiese generado el verdadero conflicto. Pero incluso para Shirley resultaba difícil armar gresca con alguien que actuaba como si no existiera.
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