Marta Cruz - La vida después

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Victoria lleva en Nueva York la que parece una vida envidiable: da clase en la universidad, tiene un marido rico y guapo y un ático en el Upper East Side. Cuando recibe la noticia de la muerte de Jan, su mejor amigo, regresa a Madrid para asistir al funeral. Allí se encontrará con la sofisticada Chloe, antiguo amor de Jan; con su hija, la rebelde Solange; con Marga, su esposa; con su excéntrica suegra, Shirley… Un giro de los acontecimientos obligará a Victoria a permanecer en Madrid, donde tendrá que enfrentarse a la desconfianza de cuatro mujeres que nunca creyeron que su amistad con Jan fuese del todo sincera. La vida después es una novela sobre los amigos y el afecto, y también sobre las relaciones entre mujeres. Una historia en torno al complicado mapa de los sentimientos donde hay lugar para los conflictos, los celos y la envidia, pero también para el cariño, la lealtad y la entrega. En estas páginas, Marta Rivera de la Cruz -la novelista de las cosas pequeñas- vuelve a traernos una historia de ternura sobre la que gravita una pregunta fundamental: ¿es posible que dos personas de distinto sexo se quieran sin amarse? ¿Pueden un hombre y una mujer ser nada más que amigos?

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En ese sentido, Marga le vino como anillo al dedo. Empezó a corregir las compras, a hacer adquisiciones sensatas, a proveerse de todo lo que necesitaban realmente para dar rienda suelta al hedonismo de Jan, a quien hacía feliz la visión de una mesa bien puesta como anticipo al placer de la comida. Marga colocaba los salvamanteles de pizarra, llenaba de flores frescas las jarras de plata, encontraba un primoroso pañuelo de encaje para la panera, un extraño juego de pinzas para el marisco, una salsera de porcelana para la mayonesa… Victoria suponía que también de esa forma había conquistado a Jan: rodeando su vida de exquisiteces tan gratas como prescindibles, y se preguntaba si Marga era también así, si realmente valoraba los manteles bordados y las copas de cristal checo, o participaba en el juego sólo para complacer a Jan. A veces tenía la sensación de que aquella mujercita hubiese sido igualmente feliz con un mantel de hule y un juego de vasos de Duralex, y sólo por Jan había aprendido a convertir su comedor en una pieza digna de cualquier novela de Henry James. Victoria miró con nostalgia el primoroso servicio para la sal y la pimienta -dos guerreros orientales con los escudos invertidos-, las blancas servilletas almidonadas y los bajoplatos rematados en oro y se dijo que Jan hubiese aprobado todo aquel despliegue de buen gusto, aunque estuviese destinado a tres mujeres tristes.

Como se temía Victoria, Marga había preparado un pequeño festín: primero, un aperitivo de bruschetta -de ahí el olor a mantequilla frita- y anchoas en salmuera. Luego, una sopera de ajoblanco. El plato fuerte era un salmón relleno de marisco y hecho en el horno bajo una costrada crujiente de hojaldre tostado. Victoria miró con desmayo la empanada de salmón y a la anfitriona. Para ella, la bruschetta y la sopa constituían ya una cena contundente.

– Te has pasado, Marga… No era necesario este despliegue…

– Claro que sí. Hay que celebrar que estés con nosotras, ¿verdad, Solange?

Solange contestó con una media sonrisa y un gruñido que podría querer decir cualquier cosa.

– … además, tampoco es para tanto. Tenía el pescado en el congelador, así que sólo tuve que ponerlo a calentar con el hojaldre. Y el ajoblanco es muy fácil de hacer.

– Tendremos comida para varios días -dijo Solange, y Victoria no supo precisar si aquella frase escondía alguna crítica o era sólo una forma de encontrar ventajas a la laboriosidad de Marga. Decidió no darle más vueltas, tenía que relajarse un poco. Después de todo, para ser el primer día, no había ido tan mal.

La cena fue tranquila, y la conversación insustancial, lo mejor que podría pasar dadas las circunstancias. Eran las once cuando Solange dijo que estaba cansada y se fue a su habitación, aunque a buen seguro no tenía ninguna intención de acostarse; tal vez encendería el ordenador para conectarse a alguna de esas redes sociales que hacen furor entre los adolescentes. Cuando oía hablar de ellas, Victoria se alegraba de no tener hijos por los que angustiarse ante los múltiples peligros de Facebook, Tuenti y demás inventos 2.0. Los chicos y las chicas competían por el número de amigos que lograban incluir en sus listas de contactos, sin sospechar que aquellos perfiles inocentes podían ocultar a desaprensivos, estafadores y delincuentes sexuales. Y a ver cómo se para eso, se decía. A ver cómo le explicas a tu hijo de dieciséis años que no puede tener una cuenta en Twitter o comoquiera que se llame esa mandanga que sustituye a la plaza del pueblo o al patio del recreo en el inmenso páramo del tiempo libre de los jóvenes del siglo XXI. Ella y Jan habían hablado de eso la última vez, pues su amigo acababa de claudicar en su campaña en contra de las redes. Así que, después de muchos ruegos y muchas súplicas, Solange se había salido con la suya y tenía su hermoso perfil a merced del mundo entero.

– ¿No estás cansada? -la voz de Marga la devolvió al mundo. Había estado ayudándola a recoger los restos de la cena y a poner a buen recaudo lo que había sobrado.

– Un poco… ¿Y tú?

– Agotada… Pero no tengo sueño. Me siento como si me hubiesen dado una paliza, pero no soy capaz de dormir. Y eso me da pánico, ¿sabes? Meterme en la cama y quedarme despierta durante horas mirando al techo.

Se le saltaron las lágrimas.

– Es normal. Deberías tomar algo que te ayudara…

– Eso dicen todos. Pero las pastillas no me sientan bien. Parece que tengo la cabeza llena de corcho. -Se secó las lágrimas con un trozo de papel de cocina y metió en un recipiente los restos del ajoblanco-. Acuéstate si quieres, Victoria… Ya acabo yo con esto.

Qué tentación. Estar sola un rato. Pensar en lo que le apeteciese sin interrumpir sus divagaciones. Llorar por Jan, si le apetecía. Añorar su casa, su ciudad. El tráfico de Nueva York. La vista sobre el parque. Su vida, tal como era hasta que una llamada en plena noche había interrumpido la placidez de su rutina. Oh, sí, la suya podía ser una existencia mediocre, pero era la que ella había elegido.

– No. Prefiero esperar un poco. Si me duermo ahora, estaré despierta a las seis de la mañana. Deja eso, ¿quieres? -Detestaba el trabajo doméstico, por nimio que fuera, pero no hubiera estado bien escaquearse si Marga seguía de fregoteo-. Charlemos un poco. Voy a preparar unas infusiones.

– ¿Qué crees que tengo que hacer?

Marga sorbía sin ganas su menta con limón.

– ¿A qué te refieres?

– A todo, Victoria. A esta casa. Al negocio… Sin Javier estoy completamente perdida.

Al referirse a Jan, Marga siempre le llamaba por su nombre de pila. Victoria entendía el gesto como una modesta claudicación: no aspiraba a formar parte de esa vida en la que Jan era Jan, ni tampoco pedía un lugar en ese particular universo. Aunque también podría verse de otro modo. Quizá el renunciar voluntariamente al nombre que Victoria le daba era para Marga una forma de marcar distancias: puedes quedarte con Jan. Es Javier quien me interesa.

– Necesitas unos días para aterrizar… En cualquier caso, lo mejor es que no tomes ninguna decisión hasta que haya pasado algo de tiempo. ¿Qué tal va la librería?

– Como siempre. Aguantando el tirón. Pero no me quejo. Hay negocios que marchan peor. Tengo mi clientela fija. Y septiembre es una buena época. Los libros de texto y eso…

– Estupendo. -Victoria dio a Marga un pellizco que quería ser amistoso, pero el gesto le salió algo torpe y le pareció que pegaba un respingo. Se dio cuenta de que, a diferencia de Marga, que estaba siempre toqueteando, dando palmaditas, achuchones y caricias breves, ella solía eludir cualquier contacto físico. Quiso desviar la atención-. ¿Cómo te has apañado estos días? ¿Tienes a alguien en la tienda o…?

– No. Hace tiempo que estoy sola. Para reducir gastos. Javier me ayudaba a veces -la voz se le quebró un poco, pero se rehízo-. Ahora había cerrado hasta finales de agosto. El barrio está desierto, así que…

– Ya.

– ¿Sabes qué? Me angustia la idea de abrir otra vez. De que la librería se llene de gente que quiera darme el pésame, o me pregunte por Javier… No sé cómo voy a soportarlo.

Victoria no dijo nada, pero pensó que esas cosas -las condolencias, todas las meteduras de pata de aquellos que entrarían en la tienda creyendo que Jan aún estaba vivo- eran sólo un mísero atrezo de la verdadera tragedia. «Lo malo, Marga, es que Jan está muerto, no que un cliente te pregunte por él.»

– Bueno, en eso puedo echarte una mano. Sí… si quieres, iré contigo el día que abras. Tú te quedas en la trastienda organizando cosas, y yo atenderé a la gente y daré todas las explicaciones que haga falta.

– Ya veremos. En cualquier caso, y aunque no abra al público, tengo que ir por allí cuanto antes. La sección de cine va a darme mucho trabajo.

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