Marta Cruz - La vida después

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Victoria lleva en Nueva York la que parece una vida envidiable: da clase en la universidad, tiene un marido rico y guapo y un ático en el Upper East Side. Cuando recibe la noticia de la muerte de Jan, su mejor amigo, regresa a Madrid para asistir al funeral. Allí se encontrará con la sofisticada Chloe, antiguo amor de Jan; con su hija, la rebelde Solange; con Marga, su esposa; con su excéntrica suegra, Shirley… Un giro de los acontecimientos obligará a Victoria a permanecer en Madrid, donde tendrá que enfrentarse a la desconfianza de cuatro mujeres que nunca creyeron que su amistad con Jan fuese del todo sincera. La vida después es una novela sobre los amigos y el afecto, y también sobre las relaciones entre mujeres. Una historia en torno al complicado mapa de los sentimientos donde hay lugar para los conflictos, los celos y la envidia, pero también para el cariño, la lealtad y la entrega. En estas páginas, Marta Rivera de la Cruz -la novelista de las cosas pequeñas- vuelve a traernos una historia de ternura sobre la que gravita una pregunta fundamental: ¿es posible que dos personas de distinto sexo se quieran sin amarse? ¿Pueden un hombre y una mujer ser nada más que amigos?

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– No, Shirley, es tu hija la que lo sabe todo sobre ellos: está segura de que eran terroristas y llevaban una bomba… ¡Por favor! Desde hace diez años, el mundo entero está lleno de locos como ella que desconfían de cada desdichado con aspecto árabe que se cruza en la calle. ¿Sabes que desde hace algún tiempo los moritos, como tú los llamas, tienen más dificultades que los occidentales para encontrar un piso de alquiler? ¿Que hay gente que confiesa que no los quiere como vecinos? Y ahora me entero de que vivo con alguien a quien le asusta compartir un cochino vagón de metro con tres tipos del norte de África.

Victoria suspiró. Era la situación perfecta: Solange cargando contra Marga asistida por la piedra de toque de la corrección política. Lo cierto es que no había mucha defensa, y la chica tenía motivos para enfadarse. Cuando se tienen dieciséis años, lo último que quieres es que tu madrastra te monte un número en público, que es precisamente lo que Marga había hecho perdiendo los papeles en el tren. Buscó algo que decir, pero no fue lo suficientemente rápida y Shirley se le adelantó. Para su sorpresa, la voz le sonaba pausada y tranquila. Victoria se dijo que su tono era el mismo que debían de utilizar los celadores para comunicarse con los chiflados de un frenopático, el de un cuerdo razonando con un pobre loco.

– Solange, querida, aclaremos un par de cosas. Antes que nada, deja que te diga que no soy en absoluto racista. Nunca lo he sido. Para que lo sepas, hace años tengo una asistenta dominicana y me he hecho muy amiga de una mujer muy agradable que vive en el segundo y que es completamente mulata. El otro día le presté azúcar. Y de haber vivido en Estados Unidos hubiese votado por Obama, pese a que su mujer no me gusta lo más mínimo. No sé por qué, pero no me fío de ella, y sé que en algún momento dará problemas. Volviendo a lo nuestro, quiero aclarar que me encanta la diversidad. Es estimulante… y enriquecedora. Creo que es bonito lo de tender puentes entre las razas. La multiculturalidad y todo eso. Me encanta la palabra. Multiculturalidad. Suena a multicolor.

Llegado ese punto, las tres miraban a Shirley con la boca abierta. ¿A dónde demonios quería llegar? Ella les dirigió una amistosa y satisfecha mirada circular, como si estuviese en una tribuna de Naciones Unidas y hubiese conseguido captar la atención del auditorio con los prolegómenos del discurso.

– Pero hablemos claro -continuó-. ¿Quiénes secuestraron los aviones del once de septiembre? ¿Quiénes pusieron aquellas horribles bombas en los trenes de Atocha? Y lo de Londres, ¿quién lo hizo? A mí los árabes no me molestan lo más mínimo, pero si el World Trade Center lo hubiesen volado unos suecos, entendería que controlasen a todos los tipos llegados de Estocolmo. Y de haberlo hecho una pandilla de viejas pelirrojas, entendería que Marga se hubiese puesto tensa al ver entrar en un vagón de metro a Ginny y Ruth.

Hubo un silencio que rompió Solange.

– Shirley… ¿Quiénes son Ginny y Ruth?

Shirley sonrió con suficiencia, como si aquél fuese un detalle menor.

– Mis primas de Edimburgo. Les llamábamos las Hermanas Zanahoria. Imagínate por qué. Ahora que lo pienso, debería telefonearlas un día de éstos. Hace siglos que no tengo noticias suyas. Quizá hayan muerto, son muy mayores.

La imagen bosquejada por Shirley de una banda de ancianas con el pelo en llamas secuestrando un avión comercial pasó por la cabeza de las tres, y disipó por unos segundos algunos pensamientos amargos que parecían haber echado raíces en el ánimo de todas durante los últimos días. De pronto, Solange estalló en una carcajada, que contagió misteriosa y felizmente a Marga y a Vic. Shirley todavía farfullaba algo intentando subrayar su ecuanimidad racial, pero ya ninguna de las tres la escuchaba. Estaban riéndose a gritos. Victoria no era capaz de recordar la última vez que lo había hecho. Pero empezaba a necesitarlo… y le estaba sentando condenadamente bien.

Se fueron a la librería a instancias de Victoria. Hay que aprovechar la mañana, le dijo a Marga, y salieron juntas. Fue en la tienda donde Marga le contó hasta qué punto su situación económica era preocupante. Con lo que le quedaba al mes tras la muerte de Jan y los magros beneficios de la librería, apenas llegaría para cubrir los gastos corrientes de Solange y de ella. La casa tenía una comunidad disparatada. La niña iba a un colegio privado y, por lo tanto, nada barato. Las facturas se acumulaban cada mes: el gas, la luz, el agua, la calefacción, el teléfono…

– ¿Y los derechos de autor de Jan?

– Ay, Victoria… Esto es España. El año pasado le ingresaron cuatro mil euros por seis libros. Pagamos el doble de esa cantidad por el colegio de Solange.

Victoria se dijo que había llegado el momento de contar a Marga que Chloe quería colaborar en los gastos de su hija.

– Quiere pasarle mil euros al mes. Al menos será suficiente para la matrícula de la escuela.

– Javier no lo hubiese consentido.

Victoria ladeó la cabeza.

– Claro que no. Pero él ya no está. Y es justo que Chloe te ayude económicamente, ya que no se puede contar con ella para mucho más.

Era un argumento irrebatible, y Marga no se sentía con fuerzas para presentar batalla.

– Ya. Tienes razón. Y, además, no estoy en condiciones de rechazar la oferta. Si no sucede un milagro, voy a pasar verdaderos apuros a partir de ahora. Me tranquiliza saber que al menos las necesidades de Solange estarán cubiertas. En cuanto al resto… No lo sé. Tal vez podría vender la casa.

Un latigazo en la espalda de Victoria. Aquel precioso piso que habían encontrado juntos Jan y ella, dejar que otra persona pisase el pulido suelo de madera oscura, que un desconocido disfrutase del sol que entraba a raudales por los balcones del salón, que alguien encendiese la chimenea del despacho, que admirase las molduras legítimas y el ajedrezado del suelo de la entrada… Notó en el pecho una tristeza que intentó aplacar por considerarla injusta, porque, después de todo, aquél no era su hogar. La idea de deshacerse del piso debería de doler mil veces más a Solange o a Marga.

– ¿Quieres saber algo? Hasta ahora no me había parado a pensar en que el dinero podía ser un problema. -Marga apoyó la espalda en el mostrador-. Dirás que soy una inconsciente, pero ni se me había pasado por la cabeza que era Javier quien nos mantenía. Y cuando él murió, sólo pensaba en que le había perdido… Pero ahora podría tener preocupaciones incluso más graves que la de estar sola. Supongo que soy una miserable por pensar así. Mi marido lleva sólo tres días muerto, y yo ya estoy dando vueltas a mi situación material.

– Lo cual demuestra, Marga, que tienes dos dedos de frente. -Buscó un sitio a su lado e imitó su postura. Se estaba bien así, con la espalda protegida-. Ya sé que hay quien dice que el dinero es el menor de los problemas, pero eso sólo ocurre cuando se tiene. Mira, no dejes que esto te agobie más de lo necesario. -Se aclaró la voz y miró a Marga-: Sabes que puedo colaborar…

– Por favor…

– Lo digo en serio. Me casé con un multimillonario. ¿De qué serviría si no pudiese echar un cable a dos amigas en apuros?

Marga soltó una risa breve.

– Mil gracias, pero no sería capaz de aceptar tu ayuda. No quiero que te ofendas, pero el dinero del que hablas es de tu marido, no tuyo. Ya nos arreglaremos.

Transcurrió una semana más bien intensa. Morirse no es tan fácil, Jan, pensaba Victoria mientras se afanaba en ayudar a Marga en todo el papeleo indeseable que sucede a la desaparición del cabeza de familia. Había facturas que cambiar de nombre, seguros que dar de baja, certificados que solicitar, cuentas que supervisar. Mil y un detalles engorrosos a los que había que enfrentarse y para los que Vic, con su sentido práctico, suponía la mejor de las ayudas. Ella, Marga y Santiago se sentaron dos o tres veces para hacer y rehacer las cuentas, buscando soluciones que no había para evitar la inminencia de la ruina. La necesidad de vender la casa gravitaba sobre el día a día, y mientras Vic se devanaba los sesos intentando encontrar un milagro que hiciese cuadrar los números, Marga hacía lo posible por empezar a distanciarse emocionalmente del que había sido su hogar durante tantos años.

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