Se miraron unos a otros con la boca abierta.
No había ninguna duda: la joven de la cinta, la muchacha dulce y triste, era Greta Garbo.
– No es posible…
Llevaban una hora en la sala de proyección. La cinta duraba doce minutos, pero la habían visto tres veces, la primera con la respiración contenida, luego con una particular mezcla de inquietud y euforia.
– ¿De dónde ha sacado esto?
– No estoy segura -Marga tenía sólo un hilo de voz-. Mi marido la encontró en eBay…
– Pues llámelo ahora mismo para darle la enhorabuena. A menos que haya pagado una fortuna, ha hecho el negocio del siglo.
Marga miró a Victoria y bajó la cabeza.
– Esto… Roberto… Jan, el marido de Marga, murió hace dos semanas. Ella ni siquiera sabía que había comprado la cinta.
– Lo único que sé es que no le costó gran cosa -Marga intervino con una sonrisa breve-. No estamos en condiciones de comprar artículos de museo.
Roberto Vidal se pasó la mano por la cara. Aquello era lo más extraordinario que le había ocurrido en su vida profesional… No, se corrigió: era lo más extraordinario que le había ocurrido en toda su vida.
– A ver… ¿Sabéis lo que hay aquí? -Ninguna de las dos contestó-. Pues doce minutos de una película inédita protagonizada por Greta Garbo…
– ¿Inédita? -Marga, por no variar, parecía muerta de miedo. Victoria no, sólo estaba excitada. Había dado por supuesto que aquella cinta era el fragmento de cualquier película rodada por la Garbo en el año catapún, pero lo que no se le había pasado por la cabeza es que pudiera tratarse de material desconocido.
– ¿Cómo estás tan seguro?
– Porque he visto hasta la última de las películas en las que salió la Garbo… Todas, ¿entiendes? Desde un anuncio que rodó cuando era una adolescente, hasta otras en las que sólo aparece de refilón y ni siquiera la nombran en los créditos… Y no es ninguna de ellas. Estoy completamente seguro. Esta cinta no está catalogada. A efectos prácticos, es como si no existiera. Sólo me gustaría saber dónde demonios ha estado escondida durante los últimos noventa años.
– Pero ¿por qué sólo hay unos minutos?
– ¡Y yo qué sé! Seguramente se les acabó el dinero cuando estaban empezando el montaje… -Se volvió hacia Victoria y le plantó dos sonoros besos-. Qué momento más maravilloso. No se me ocurre una forma mejor de terminar mi carrera en la Filmoteca… Soy una de las primeras personas que ve una película perdida protagonizada por Greta Garbo… Ahora sí que puedo jubilarme, no, espera, ¡incluso puedo morirme tranquilo! Gracias, gracias a las dos por…
Roberto seguía desgranando agradecimientos, pero Victoria ya no le escuchaba. Estaba enviando un mensaje a Santiago. «Consigue urgentemente una caja de seguridad. Tenemos algo que poner a salvo. Y deja de preocuparte por Marga. Creo que va a convertirse en una viuda muy rica.»
– ¿Y de qué va?
– Qué sé yo… Un rollo lacrimógeno de un tipo rico que no permite a su hijo casarse con su novia pobre o algo así… Sin sonido, y en doce minutos, no se me ocurre mucho más…
Victoria intentaba compartir con Solange y Shirley todos los detalles de la aventura. Junto a ella, Marga parecía en estado de shock. Antes de volver a casa, habían pasado por el despacho de Santiago para dejar la película en la caja fuerte del bufete. El abogado había escuchado la historia con la boca abierta y el temor a que Marga y Victoria se hubiesen vuelto locas al mismo tiempo. Luego abrazó a la primera: «Querida, tus problemas materiales van a resolverse de un plumazo -le dijo-. No te lo tomes a mal, pero eres una chica con suerte.»
No era el comentario más apropiado, pero Victoria estaba de acuerdo. Llevaban semanas temiendo por la seguridad económica de la familia de Jan, y de pronto tenían en las manos algo cien veces mejor que un billete de lotería premiado. Se avecinaban días muy intensos, pensó. Habría que poner la cinta a la venta, averiguar el modo de obtener por ella la mayor cantidad de dinero, la historia llegaría a los medios de comunicación, mil veces amplificada por Internet y sus devastadoras criaturas… Estaban en verano y no había noticias. Todo el mundo querría saber algo más de aquella cinta misteriosa. Eso está bien, se dijo. Después de todo, a Marga no le vendría mal un poco de acción. En cuanto a Solange, parecía más interesada en el descubrimiento en sí que en el rendimiento que se le pudiera sacar a aquella película caída del cielo.
– No puedo creer que apareciera Greta Garbo… Debió de daros un ataque, ¿a qué sí? ¿Qué aspecto tiene? ¿Qué edad crees que…?
– ¿Cuánto puede valer?
La pregunta, cómo no, la había hecho Shirley, que parecía muy poco interesada por el fantasma de la señorita Gustafsson. Bueno, después de todo era una cuestión que había que plantearse tarde o temprano.
– No tengo ni idea…
– Y tu amigo, ése de la filmoteca, el que os dejó el proyector… ¿no puede saberlo?
Victoria meneó la cabeza.
– No es tan fácil, Shirley… Una cinta inédita de Greta Garbo no es algo que circule por el mercado. Habrá que tomarse esto con calma, escuchar distintas ofertas… Quizá lo mejor sea sacar la película a subasta.
– Espero que la compre alguien a quien le guste el cine -dijo Marga-. A Javier no le hubiera hecho gracia que algo así fuese a parar a las manos equivocadas.
Bueno, ahí estaba Marga, en su mundo feliz de bondad e inocencia. Pensándolo bien, sus comentarios naíf tenían cierto encanto, así que ¿para qué llevarle la contraria? Victoria miró a Solange como diciendo «ni se te ocurra discutir», pero en aquel momento la chica era un alegre manojo de nervios y ni siquiera pensó en que no merecía la pena contestar.
– Oh, Marga, no me vengas con rollos sentimentales… si paga bien, por mí como si la compra un jeque árabe para enterrarla en el desierto, o un pirado como aquel japonés que quería quemar un cuadro de Van Gogh.
– Estoy de acuerdo -Shirley miraba a su hija con desdén-. ¿A ti qué más te da? Lo importante, Marga, es que el que se quede con la película pague mucho por ella, y que eso sirva para, que puedas tener una vida tranquila. Así que no empieces con esa historia de que quieres que la compre un amante del cine en blanco y negro o un carcamal enamorado de la Garbo… ¡Dinero, dinero! Dinero contante y sonante. Y cuanto más mejor. ¿A que sí, Sol, preciosa?
Y, para sorpresa de todos, la madre de Marga tomó amistosamente del brazo a la hija de su yerno difunto. A Victoria se le escapó un suspiro de satisfacción. Las piezas empezaban a encajar. Si las cosas seguían así, podría volver a Nueva York enseguida, y hacerlo con la satisfacción del deber cumplido.
Herder, que no podía entender qué pintaba Victoria consolando a la viuda de su mejor amigo, comprendió sin embargo que la aparición inesperada de una joya de cinéfilo retrasase un poco más el regreso a casa de su mujer. Para entonces -y como preveía la propia Victoria-, la noticia del hallazgo de la cinta había saltado a las páginas de los periódicos, a las ediciones digitales, a los informativos de televisión, a los blogs de cine. La película se hallaba a buen recaudo en una caja de seguridad del Banco de España. A Shirley le había parecido «un verdadero escándalo» lo que hubo que pagar para alquilarla, y, para vergüenza de Marga, así se lo dijo al funcionario de turno cuando fueron a hacer la entrega. Aparte de alguna salida de tono de ese tipo, llevaba unos días más suave que un guante. Vic no sabía si la conversación que habían tenido había influido en su nueva conducta, o si su buen humor era exclusivamente fruto del hallazgo del tesoro, pero le daba igual. Había paz en la casa, y eso era lo que importaba.
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